En los días que corren en la que el país e incluso el mundo de habla castellana conmemora el centenario del gran escritor que fue José Revueltas, caigo irremisiblemente en la cuenta de que una de las figuras de la vida de México que me es acaso más entrañable, me resulta, al mismo tiempo, un profundo desconocido.
De sus relatos tan sólo he leído los cuentos que se aglutina en el título: “Dormir en tierra”, mismos que ha decir verdad no me causaron mayor mella; “México 68, juventud y Revolución” es uno de sus ensayos políticos de referencia obligada, aun cuando he de confesar que jamás he leído su clásica disertación: “El proletariado sin cabeza”.
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En alguna ocasión, el abogado y activista sindical Juan Ortega Arenas me comentó a propósito, qué él habría sido quién originalmente acuñó la expresión en una conversación en el “Palacio Negro de Lecumberri” con Siqueiros y el propio Revueltas mientras los tres compartían alguna de sus múltiples incursiones en las prisiones mexicanas; frase que daría título al consabido ensayo e inspiraría a su vez uno de los más célebres cuadros de caballete de Siqueiros.
Pese a tan profundo desconocimiento de su obra, José Revueltas me resulta entrañable como ya lo he referido, debido a la muy cuantiosa filmografía en la que participó como argumentista casi siempre haciendo mancuerna con Roberto Gavaldón.
Al adaptar la novela “La Escondida” de Miguel N. Lira, Revueltas tiraría por tierra la idea generalizada de que una producción cinematográfica descafeína cualquier argumento dotado de virulencia social, muy por el contrario, la cinta de Gavaldón alcanza niveles de transgresión ideológica que superan por mucho todos los que hubiera podida plasmar el insigne poeta de Tlaxcala.
La actuación de la “Quinta Columna Nazi” entre nosotros, queda escenificada a cabalidad en “Que Dios me perdone” protagonizada por María Félix y Julián Soler, cinta en la que los argumentistas, nada más y nada menos que don Xavier Villaurrutia haciendo mancuerna con el propio José Revuletas, incursionan, con el rigor de quién habría revisado los archivos del gran cazador de espías nazis en México, el General Adrián Castrejón, en uno de los episodios más negros y mejor resguardados de nuestra historia.
Rosaura su hermana, habría sido la primera víctima de la “cacería de brujas macarthista” por haber protagonizada la película “la sal de la tierra”, formando posteriormente una célula comunista en el seno del sindicato de actores, episodio vergonzosamente tergiversado en la cinta “Cantinflas” recientemente exhibida en cartelera; situación que viene a colación por la participación en dicha célula de la actriz Leticia Palma quién protagonizara otra trama de José Revueltas: “En la palma de tu mano”.
“En la palma de tu mano” se entrelaza la extorsión y el crimen con el mundo de la esotería tal y como lo diseccionaría décadas después con magistral ingenio el formidable escritor siciliano Leonardo Sciascia en su novela “La bruja y el capitán”; no en balde, Revueltas habría sido un destacado reportero de nota roja en cuya fuente diera plena cobertura a los asesinatos en serie de Goyo Cárdenas, maestría en la gran escuela de periodismo que es la página policial que deja de manifiesto en otro de sus extraordinarios guiones: La Otra”, película protagonizada por Dolores del Río.
José Revueltas, el “Dostoivesky mexicano” de ambientes sórdidos de barriada, comisarias policiacas y penitenciarias deja constancia acaso de su visión del mundo en su filmografía de manera tan completa y acabada como puede apreciarse en el resto de su obra; visión del mundo dotada con el anhelo inquebrantable en un mundo mejor que se abriría en el horizonte, al menos él así lo creía con la fe profunda en Dios que nunca aceptaría, así como con la enorme esperanza de redención que se alcanzaría con la Revolución de los oprimidos; José Revuletas el hombre del ateísmo religiosa según podría haber dicho Georg Lukacs en “El asalto a la razón”, cumpliría hoy 100 años, y, por ningún motivo, quise dejar de rememorar tal hecho aún siendo sabedor y consciente de la profunda ignorancia que me asiste, después de todo, es desde la ignorancia desde donde se revelan los misterios.