Imposible vestirse de la piel de los padres y madres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero. Escucharlos en entrevistas y audios, verlos en videos y fotografías en su espera incierta e interminable, en sus gastados pasos persiguiendo cualquier indicio de donde quiera que puedan estar sus hijos, abre una percepción más allá de la carne.
Los imagino en sus noches en vela y silencios, en sus días sin sol entre rumores, con alimentos sin comer, sus ojos sin cerrar, sus cuerpos sin descanso. Cierro mis ojos y reproduzco mentalmente sus voces quebradas, sus llantos incontenibles, sus silencios infernales, su infame soledad, su inefable presencia…
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¿Cuántos de nosotros nos metimos en su pena sólo al mirarlos y escuchar la sencillez y franqueza de sus palabras, lo directo de sus emociones; el afecto, la ternura y el apego hacia sus hijos que son lo más importante de ellos mismos?
Inevitable sentirlos cercanos, íntimos, propios. Apelan a lo más recóndito de mi ser al conocer y reconocer sus historias, sus vínculos, sus muestras ineludibles de devoción hacia la continuidad de la vida, de su vida; a lo incansable de su búsqueda y lo imperecedero de su espera.
Escucharlos narrar las historias de cómo lograron que sus hijos fueran a la Escuela Normal Rural "Raúl Isidro Burgos" De Ayotzinapa, Guerrero, por el orgullo de ser maestros y enseñar, por salir adelante y lograr otra vida; el esfuerzo y sacrificio diario para ofrecerles todo lo que tenían y lograran sus propósitos. Oírles repetir palabras que sus hijos contaban de valiosas experiencias con la gente de comunidades con la que compartían sus actividades. De su irrenunciable esperanza de encontrarlos con vida…
“¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, repetimos.
Y que tengamos vida para quererlos con más vida.
alefonse@hotmail.com