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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La dictadura perfecta

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Viernes, Octubre 17, 2014

En 1990, en un debate organizado por Octavio Paz y transmitido por Televisa, Mario Vargas Llosa hablaba del caso mexicano, su régimen político encabezado por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, como la dictadura perfecta, es decir, aquella que, a diferencia de las dictaduras explícitas, militares en el caso de los países de América Latina, o ideológicas, como el caso de la URSS y de Fidel Castro, trataba con sutileza su manejo del poder: incorporando incluso a la intelligentsia con su crítica al sistema político.

Octavio Paz, decía Vargas Llosa al hablar sobre las transiciones hacia sociedades abiertas en Latinoamérica, ha exonerado el caso de México de la tradición dictatorial latinoamericana. Pero no es así, señalaba el peruano; México, como el resto de los países latinoamericanos no sólo llevaba en la vena esa tradición, sino que, además, la tenía depurada: “Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas, creo que el caso de México, cuya democratización actual soy el primero en celebrar y en aplaudir como todos los que creemos en la democracia, encaja dentro de esa tradición con un matiz que es más bien un agravante; yo recuerdo haber pensado muchas veces sobre el caso mexicano con esta forma: México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la URSS, no es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México.”

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Y luego trataba de mostrar cómo, al igual que en el resto de los países latinoamericanos, México había hecho de la desigualdad social y de la corrupción e impunidad en los asuntos públicos un tren de inercia de su régimen político, con un plus, el de haberlo hecho con sutileza, con una falsificación rayana en la genialidad que no había habido en otras latitudes de América Latina. Por su parte, Octavio Paz, mientras hablaba Vargas Llosa, movía la cabeza, se acomodaba el cuello de la camisa y bebía agua, sobre todo cuando el peruano señalaba cómo el régimen mexicano había cooptado a los intelectuales y a los creadores dándoles trabajo y cargos en la función pública. Y el Nobel mexicano, replicó: su distinción era sobre un régimen hegemónico y una dictadura militar; lo segundo no se dio en México como sí se dio en otras latitudes latinoamericanas.

Los argumentos del Nobel peruano no tenían desperdicio, máxime tratándose de esos años todavía convulsos y efervescentes: una dictadura busca y tiene su permanencia, en el caso mexicano no de una persona sino de un partido, que además pretende ser inamovible; que cuando no le gusta la crítica o le estorba, elimina a los críticos a veces de las peores formas; y, en el caso particular de México, que ha creado una retórica de izquierda que la justifica.

Al día siguiente, o a los pocos días, Vargas Llosa tuvo que abandonar el país. Estamos hablando de hace veinticuatro años. Yo me encontraba haciendo mi tesis de licenciatura, un trabajo sobre el poder en el pensamiento de John Locke y sobre su fundamento epistemológico. Y una de las convicciones que entonces adquirí es que el poder, si no se ejerce de manera racional, termina por estallar tarde o temprano. Más aun: si el poder no se ejerce tomando en cuenta, más allá de lo racional, el factor humano y de dignidad humana, termina por corromper todo, inclusive a la razón.

Veinticuatro años después, el cineasta Luis Estrada dirige la película La dictadura perfecta en donde presenta la dinámica del poder en México. Si bien no destaca, como Vargas Llosa, las características conceptuales de una dictadura que falsifica la dinámica democrática, sí lo hace respecto de la corrupción y de la impunidad que, con carretadas de dinero, nutre la vida política de nuestro país. Y la conclusión parece ser esta: con un buen guión para la televisión y bastante dinero se puede hacer una carrera política exitosa que incluye no sólo un estado que gobernar sino la misma presidencia de la república.

La película por momentos genera risa por las actitudes y desplantes de actores políticos y de los poderes fácticos, pero por momentos, y creo que esto es lo relevante, logra introducir puntos de reflexión y de cuestionamiento. El sabor que queda, desde luego, es que la corrupción y los crímenes cometidos desde los gobiernos quedan impunes; y no sólo eso, sino que todo se disfraza y se confecciona, con ayuda de la televisión mexicana (así se llama la televisora en la película), para generar la imagen bonita de los más astutos y los acontecimientos más espectaculares de las acciones de gobierno. Y, más relevante aun: para distraer la atención de las pifias de quienes gobiernan, se puede montar todo un espectáculo para formar una cortina de humo.

En los años cuarentas, Octavio Paz escribía:

La mentira inunda la vida mexicana: ficción en nuestra política electoral; engaño en nuestra economía, que sólo produce billetes de banco; mentira en los sistemas educativos; farsa en el movimiento obrero (que todavía no ha logrado vivir sin ayuda del Estado); mentira otra vez en la política agraria; mentira en las relaciones amorosas, mentira en el pensamiento y en el arte; mentira en todas partes y en todas las almas. Mienten los reaccionarios tanto como nuestros revolucionarios; somos gesto y apariencia y nada, ni siquiera el arte se enfrenta a su verdad. (Krauze, 2014: 107).

Setenta y cuatro años después de esa escritura, ¿han cambiado las cosas? ¿Qué ha cambiado y qué no hemos logrado resolver? ¿Qué problemáticas nuevas han surgido en la vida nacional que, luego de ver un filme, nos hace pensar en lo que hay detrás de lo que vemos? ¿En qué y en quién se puede confiar? ¿Basta sólo confiar? ¿Es suficiente una imagen para confiar, sobre todo en asunto públicos? Por lo pronto, amable lector, lectora, vale la pena acudir al cine, no para cerrar los ojos a la realidad, sino para imaginar lo que hay detrás de ella.

Nota bibliográfica:

Krauze, Enrique (2014): Octavio Paz. El poeta y la revolución, De bolsillo (Ensayo), México, 302pp.

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