“Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.
... Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre”.
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El jueves pasado se conmemoraron cuarenta y seis años de la represión del gobierno de Díaz Ordaz al movimiento estudiantil representado por el llamado Consejo Nacional de Huelga (CNH), un hecho traumático que marcó de muchas maneras las formas de participación de la juventud mexicana y el imaginario colectivo respecto a la protesta social y a la actuación gubernamental frente a ella.
Dos de octubre no se olvida, dice la consigna que se repite año con año desde aquél trágico día de mil novecientos sesenta y ocho. No se olvida y no debe olvidarse porque esa fecha representa la forma inaceptable en que el poder incapaz de procesar las manifestaciones de reclamo social, enfrenta con violencia excesiva e injustificada la rebeldía de la juventud, matando simbólicamente las posibilidades de emergencia del porvenir.
Muchas cosas han pasado desde aquél acontecimiento y la sociedad en que vivimos hoy es sin duda muy distinta a la del sesenta y ocho, en buena parte gracias a lo que el movimiento estudiantil y otros muchos procesos y manifestaciones sociales han ido aportando a la construcción de una sociedad mucho más consciente y participativa, al menos en los sectores con mayor acceso a la educación y a los medios de comunicación, especialmente hoy a las redes sociales.
El camino hacia la democratización del país ha sido tortuoso y lento y sin duda todavía faltan muchos pasos por avanzar y existen en la actualidad muchos riesgos de retroceso. Es por ello y por lo que vivimos en el país en los días que rodearon a este dos de octubre que habría que hacer un alto y reflexionar seriamente sobre ese porvenir que deseamos construir.
En el ángulo positivo de este camino hacia formas más civilizadas y democráticas de convivencia la semana pasada aportó el caso del movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional.
Podemos estar o no de acuerdo con las razones que originaron esta protesta que fue escalando hasta hacer salir a la calle a varios miles de jóvenes estudiantes acompañados por docentes y un buen número de padres de familia pero resulta muy destacable en un escenario en el que la sociedad se encuentra harta de las marchas y plantones que responden a intereses políticos no muy claros y que generan basura, deterioro de la infraestructura urbana y en muchos casos violencia y destrucción deliberada, la aparición de un movimiento que hasta el momento se ha conducido de manera civilizada y ordenada, planteando un pliego petitorio concreto y claro –con el que se puede acordar o discrepar- y aceptando el diálogo con la autoridad que mostró también apertura y sensibilidad.
Sin embargo encontramos también desafortunadamente un lado oscuro y muy preocupante. La agresión armada a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa en Guerrero que ocasionó seis muertos –tres estudiantes, un joven futbolista y el chofer del autobús donde viajaba este equipo y una ama de casa que viajaba en un taxi que nada tenían que ver en los acontecimientos- y la desaparición y probable asesinato –la aparición de una fosa con cadáveres calcinados en Iguala podría ser la terrible conclusión de este reprobable caso- de cuarenta y tres normalistas más, que se dice fueron entregados por la policía municipal al crimen organizado es un acto terrible que refleja la barbarie de un país que parece no haber aprendido la lección de Tlatelolco.
Este dos de octubre nos trajo entonces señales contradictorias: por un lado, signos de un porvenir más democrático y civilizado en la forma en que la sociedad y la autoridad tratan a su juventud, pero por otra parte, hechos marcados por una violencia salvaje que nos hablan de un porvenir agazapado no se sabe dónde, de un porvenir que parece no llegar nunca.