Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

De la Independencia al siglo XXI

.

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Septiembre 15, 2014

Desde que lo supe, siempre me llamaron la atención dos cosas sobre la Independencia: la formación humana e intelectual de quienes iniciaron y dirigieron las gestas y, además, el hecho de que prácticamente en toda la América de habla hispana las luchas por la independencia se suscitaron en el mismo año de 1810.

En los virreinatos españoles de America -Nueva España, Gran Colombia, Perú, Río de la Plata- y en las capitanías generales -Venezuela y Chile- la inquietud de quienes dirigían era la misma: Una vez que Napoleón Bonaparte ha invadido España y ha impuesto a su hermano José para que ocupe el trono de Fernando VII, rey apresado y que ha sido obligado a abdicar, ¿a quién obedecer, a quién mantenerle o darle la lealtad: al poderoso invasor o al legítimo rey?

Más artículos del autor

La convicción fundamental, sin duda, fue decantándose hacia la legitimidad: no se puede obedecer a los invasores, a los usurpadores, hay que mantener la legitimidad y, por lo tanto, mientras el rey legítimo no regrese, la soberanía regresa al pueblo, es decir, cada virreinato debe autogobernarse. Esta idea, o más bien, esta sensibilidad, cuando menos suscitó la duda de los que conducían los virreinatos. Pero, al mismo tiempo, al ver el poderío napoleónico, les hizo plegarse a las nuevas disposiciones de la Corona tomada por asalto.

Los líderes independentistas, en ese inter de duda y zozobra, aprovechando la convicción de la legitimidad, vieron la ocasión de que era el momento de que la soberanía pertenecía al pueblo, no por circunstancia política o histórica (la invasión napoleónica) sino por principio: todo pueblo merece autogobernarse, y en esa capacidad radica su legitimidad. Si bien la circunstancia parecía favorecer una declaración de independencia, la convicción de la soberanía del pueblo fue la que motivaba en el fondo y realmente el alzamiento. ¿De dónde había brotado esa convicción?

Es aquí donde, vistos los datos que ofrecen los historiadores, veo al cura Hidalgo aprendiendo filosofía y teología en el seminario de Valladolid; o a Francisco de Miranda, Simón Bolívar, José de San Martín y otros, recorrer Europa para empaparse de las ideas ilustradas de libertad y para ver la corona como una figura del viejo régimen despótico y autoritario.

En esa convicción de la independencia, sin duda, la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América y la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (las revoluciones norteamericana y francesa) terminaron por convencer a los insurgentes de que el momento había llegado y de que era propicio mantener la lucha por la independencia de la Corona española. A lo anterior, hay que añadir las ayudas financieras que prestaron, vía logias masónicas, o de sociedades de pensamiento, e incluso a través de academias, tanto el gobierno inglés como el norteamericano a los dirigentes de las luchas independentistas. Ello explica, en buena parte, por qué, una vez logradas las independencias, la mayoría de los estados nacientes emergieron en el concierto mundial endeudados y con las arcas vacías.

No fue extraño, entonces, que durante el siglo XIX, los nuevos estados vivieran la contradicción de las guerras civiles y el acecho de los gobiernos foráneos que querían cobrar los préstamos otorgados, o su equivalente. Sin embargo, la mayor contradicción no era esa, que hasta cierto punto es externa, sino la contradicción interna, la que Octavio Paz llama para los mexicanos la mentira política (Paz, 2008: 134):

“La mentira política se apoltronó en nuestra sociedad casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad. Durante más de cien años hemos sufrido regímenes de fuerza al servicio de las oligarquías feudales, pero que utilizan el lenguaje de la libertad. Esta situación se ha prolongado hasta nuestros días.”

No hace falta mayor evidencia de lo mucho que, como sociedad, hemos vivido al respecto. Eso no significa que las gestas de la Independencia, tanto en México como en todo el cono sur de América, hayan perdido significado. Por el contrario, reconocer histórica y objetivamente las circunstancias nos permitirá ver nuestros talantes y talentos como herederos de esos hombres y mujeres que se sumaron a la idea y al sentimiento de un país libre, más justo, más humano, más solidario.

El propio Octavio Paz, sin dejar de reconocer la contradicción, propone que los mexicanos nos quitemos las máscaras que ocultan nuestro verdadero ser, esa manía que tenemos de ocultar lo que vemos y lo que nos duele. “Nos aguarda una desnudez  y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres.” (Paz, 2008: 210).

Sin duda en ese reconocimiento pensaba el cura Hidalgo, y luego su discípulo Morelos, y los demás héroes, hombres y mujeres que compartieron horizonte y camino de ahí hasta la consumación de la Independencia hecha por Guerrero e Iturbide. Todo ello es motivo para agradecer, reflexionar, festejar y, sobre todo, actuar en este tiempo y en estas circunstancias. Conscientes también de que la democracia con que ahora contamos no seguirá fortaleciéndose sin la crítica y la autocrítica. Porque no hay mejor ingrediente para una democracia madura que esos dos elementos.

Referencia bibliográfica:

Paz, Octavio (2008): El laberinto de la soledad – Postada – Vuelta a El laberinto de la soledad, Fondo de Cultura Económica (Popular, 471), México, 3ª. Ed. 1999, 6ta. Reimpresión, 351pp.

Vistas: 1570
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs