A Pablo Tomás, con gratitud…
y estima fraternal
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“Sto. Tomás, visita conocida universidad”. Podría haber sido el encabezado de una nota perdida entre las páginas interiores de uno de tantos periódicos. Lo de “conocida universidad”, ya se entiende. No se puede hacer publicidad gratuita y menos a una universidad privada como la UPAEP. Pero de esto parece que no hubo trascendidos, no hay nota periodística.
Unas cuantas personas nos enteramos y pudimos ver y tocar un pequeño relicario, una cajita metálica, de circunferencia un poco más grande que una moneda de diez pesos, y quizá un centímetro y medio de ancho; por el color un poco negruzco, podría ser de plata, pero no necesariamente. Por el frente, a través de una mica, se deja ver que en el interior hay un diminuto fragmento ligeramente amarillento; una partícula de hueso, y una pequeña leyenda que dice “S. Thoma”. La cajita se puede abrir. Con un giro se desatora la cubierta del reverso y ahí se lee una cifra que refiere al año mil trescientos y tantos, y tiene un sello de lacre. La cajita seguramente es mucho más reciente, pero la reliquia fue preparada hace casi setecientos años.
Dejemos claro que en esto, si queremos “sentire cum Ecclesia”, hemos de descartar cualquier tipo de poder mágico o gesto de adoración. Los primeros cristianos recogían los restos de sus mártires, sus huesos, y los colocaban en un lugar especial en sus sitios de reunión, donde celebraban al Señor: “Tomamos los huesos, que son más valiosos que piedras preciosas y más finos que oro refinado, y los pusimos en un lugar apropiado, donde el Señor nos permitirá reunirnos" (Se lee en la Carta de los fieles de Smirna, un documento del siglo II).
El doctor de Hipona, San Agustín, en su libro La Ciudad de Dios dice: “Está claro que quien tiene afecto por alguien venera lo que queda de ésa persona tras su muerte, no sólo su cuerpo sino partes de él e incluso cosas externas, como sus ropas. Entonces, en memoria de ellos [los santos] debemos de honrar sus reliquias, principalmente sus cuerpos, que eran templos del Espíritu Santo”.
Es algo bastante sencillo y humano como llevar la fotografía de la esposa o de los hijos en la cartera o colgar el retrato de la madre en la pared de la casa. Un signo que ayuda a la memoria, que hace presente a alguien querido. Sólo que en este caso, el objeto no es algo privado. Hay que llevar en el corazón (re-cordare, by heart) una larga historia. Una historia nacida del acontecimiento de Cristo, su Encarnación. “El verbo de Dios se hizo carne”. Hace algunos años el Papa Ratzinger expresó una idea que es como un recordatorio: “Cristo no nos salva a pesar de nuestra humanidad, sino a través de ella”.
Decir “humanidad” puede parecer algo abstracto. No lo es. Como no lo es la Encarnación. La vida nueva pasa a través de la carne y la sangre, los huesos, de una humanidad asumida por Cristo. San Pablo nos lo ha dicho: “Llevamos un tesoro en vasijas de barro”.
Santo Tomás ha sido propuesto por la Iglesia como Patrono de las Universidades. Así que el Patrono estuvo como de incognito, en una de ellas. Sin pompa ni boato. El frailecillo, mendicante de la orden de Santo Domingo (en realidad era un hombrón robusto) que prefería más entender a Aristóteles a aceptar la dignidad episcopal; se debe contar entre las 5 o 10 mentes más brillantes de la historia. Su obra no sólo acumula una vastísima información y erudición, sino que toda ella está articulada en unidad, una síntesis única, en la que la razón abierta siempre al Misterio, se mantiene erguida ante la Fe. Y la fe interpela y provoca continuamente a la razón. Sus Sumas y otras de sus obras de “discusión”, son un modelo de dialogo y apertura con todos “porque la verdad, dígala quien la diga, proviene del Espíritu Santo”.
Es conmovedor estar frente a esa partícula de quien fuera un hombre discreto y silencioso, que sus compañeros de estudios llamaron “buey mudo”; en el que la pasión por la verdad vibró con tanta fuerza que “sus mugidos se han escuchado por el mundo entero”.
Alguna vez ese pequeño fragmento fue parte de la vida y los afanes del doctor universitario, del maestro de teología, del “impugnador de murmurantes”, del predicador que habló al pueblo sencillo, del constructor de una de las síntesis católicas más logradas, del poeta de la Eucaristía (Tantum ergum sacramentum, Panis angelicus), el Pan de los pobres. (Oh, que maravilla, comen el cuerpo del Señor, los pobres y los sencillos).
El relicario nos permite colocar ese ínfimo fragmento óseo dentro de una historia, lo sitúa dentro de una memoria humana y de la gran Memoria, en la que se recoge y se narra la pasión de Dios por el hombre.
Una partícula de hueso, tan pequeña que si se extrajera de su “cajita”, si se eliminara el lacre y la fecha, si se arrojara al viento, se confundiría con el polvo. Ella seguiría siendo lo que es, una partícula de hueso de ese hombre que fue Tomás. Polvo. Mas polvo enamorado. Qué bien que escribió Quevedo, porque sólo se ve bien con el corazón…
«Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido, /Venas, que humor a tanto fuego han dado, /Médulas, que han gloriosamente ardido, /Su cuerpo dejará, no su cuidado; / Serán ceniza, mas tendrá sentido; /Polvo serán, mas polvo enamorado.»