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OPINIÓN

Familia, famulus, famulla

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Domingo, Mayo 3, 2015

Las etimologías son fascinantes. Los usos lingüísticos desgastan las palabras como a las monedas el andar de mano en mano. La imagen inscrita en el metal va perdiendo sus contornos, se borra casi hasta confundirse con el metal plano, sin relieves; y el pragmatismo de la comunicación acaba por impone otros significados convencionales. Por eso recuperar la imagen primera, impresa en las palabras, aun cuando esta ya no sea usual ni utilizable, ensancha nuestra  visión de las cosas y estimula la imaginación. Si los límites del mundo son los límites de nuestro lenguaje, como sesudamente apuntó Wittgenstein, entonces las etimologías amplían nuestro mundo. Me propongo reflexionar un poco sobre la etimología de la palabra familia. Y me deslindo de cualquier apariencia de erudición, que no tengo, es suficiente tomar un diccionario etimológico y ahí uno encuentra siempre algún apunte de los expertos que si han rastreado con ahínco en las lenguas y en la historia para darnos el étimo, es decir el significado “verdadero, cierto, en persona” de las palabras.

“Familia” es una palabra castellana, cuya raíz se encuentra en la palabra latina “famulus”, relacionada también con “famulla” que significan siervo o servidora (la palabra usual es sirvienta). La familia antigua, no se reducía a relaciones de parentesco, padre/madre e hijos. Lo que hoy se llama familia nuclear. También eran parte de la familia los siervos o los esclavos y junto con las tierras eran el patrimonio del paterfamilias. Según se nos informa es probable que inicialmente se llamará familia al conjunto de siervos o esclavos pertenecientes a una casa y por extensión acabó designando al conjunto de libres y esclavos. Si superamos la repugnancia que a nuestra sensibilidad produce la palabra “siervo” o esclavo, que en otras épocas no provocaba, podríamos vislumbrar que la función de servir, el servicio podría haber sido la imagen original impresa en la palabra familia.

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Para nosotros la familia es una estructura más básica. Una pareja con relación (más o menos) estable y con hijos biológicos o adoptivos (aunque tal estructura se haya en “crisis” o al menos sufriendo cambios importantes, pero de eso hay que hablar en otro momento). A esta estructura se puede añadir “personal de servicio”, personas ajenas contratadas para servir, precisamente la “sirvienta”, o eufémicamente, “la muchacha”. Conocí muchos casos en los que la “sirvienta” llegó a ser como de la familia, sin perder su función propia, servir en tantos menesteres domésticos, pero se convirtió en un referente importante, afectivamente importante, para los miembros de la familia. (Quisiera omitir de la expresión “afectivamente importante”, todo enredo sentimental y sexual con el patrón, que de eso se encargan las telenovelas). Y esto nos devela algo esencial de la familia. Las diversas modalidades de servicio que implica la vida familiar: alimento, educación, cultura, cuidado, sanidad y salud se realizan dentro de un contexto único, el de los vínculos afectivos. La paternidad y la maternidad no se reducen a biología, aunque tampoco hay que trivializar lo que este dato significa en la conformación de los vínculos humanos. La dimensión biológica  -no excluida- queda incorporada a otra más grande, de acogida y dedicación  en gratuidad, a una persona (cada cual es única), el amor a su destino, a su tarea en el mundo y a la consecución de su felicidad. Una dedicación que puede estar llena de errores y de fallos, distorsionada, enferma… pero en ello mismo se pone de manifiesto su importancia.

Julián Marías afirmó en una ocasión que la crisis de la familia es la crisis del servicio, de la famulla. Las mujeres de clase baja podían encontrar un modo de subsistencia para ellas y sus familias, en el servicio doméstico, sirviendo en casas de familias pudientes o un poco mejor acomodadas económicamente.  En buena medida esto era producto del cambio en las condiciones de vida al pasar de la vida rural a la vida urbana. Por múltiples y justos motivos, la mujer se ha venido incorporando a todos o casi todos los ámbitos de la vida social, la empresa, las profesiones liberales, la política. Y aquel posible rol del servicio doméstico que se les concedía está perdiendo vigencia o al menos tiene que competir en un mercado laboral más amplio.  Se intenta, también con justicia, que a la mujer, en esta función domestica le sean reconocidos todos los derechos laborales.

Pero quiero pensar que esto de crisis del servicio, no se refiere exclusivamente a ese “servicio doméstico”. El “núcleo familiar” resiente también la “ausencia del padre”, la salida de la madre al mundo laboral y su impacto sobre la dinámica familiar que obliga a redefinir roles. Aunque el punto más sensible de este proceso, no son los roles, sino los hijos, que pueden crecer en cierto abandono. Las dificultades y los conflictos no escasean, porque más allá los roles percibimos en todo esto, los efectos de un gran cambio cultural. La guardería y la escuela básica parecen convertirse en “sustituto” del seno familiar. La tarea de “introducir en la realidad” que asumían los padres en la familia, hoy se traslada a centros expertos en estimulación temprana, en talleres y terapias de todo tipo. Algunos observadores se han planteado la posibilidad de que desaparezca la familia, si no puede adaptarse al proceso de transformación cultural y deja de ser funcional. Otros en cambio, se plantean la necesidad de buscar fórmulas de conciliación entre la familia y el trabajo. Se investiga, por ejemplo, el impacto que puede tener en la productividad de la empresa, el adoptar políticas familiares, es decir, ofrecer condiciones para que a la pareja, en situación laboral, pueda dedicarlo a su familia (parto, crianza, cuidado de los hijos); los resultados contra lo que podría esperarse son positivos a la productividad de la empresa. Y va creciendo, sin muchos aspavientos, la exigencia de políticas públicas en las que se considere el mantenimiento y fortalecimiento de la familia como generadora de bienestar social. Porque desaparecer la familia puede tener un costo demasiado alto para la sociedad. Una consulta a los sociólogos nos podría deparar una sorpresa respecto del aporte de la familia a la generación de estabilidad social y de bienestar.

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