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Paz, Revueltas, Marías, Pèguy: Centenarios | Fidencio Aguilar Víquez
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Paz, Revueltas, Marías, Pèguy: Centenarios

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Jueves, Julio 31, 2014

Cuando la noche.

  Cuando la angustia.

Más artículos del autor

Cuando las lágrimas.

“Nocturno de la noche” (1937)

José Revueltas

Estos cuatro nombres están siendo relevantes este año 2014 por sus sendos centenarios, a los tres primeros los recordamos por sus nacimientos, al cuarto, Pèguy, por su muerte en la primera guerra mundial. Los cuatro, hombres de su tiempo, reflejo de la época, conciencia de la condición moderna del ser humano y de sus graves carencias. Dos poetas, Paz y Pèguy, un novelista que retrata fielmente las circunstancias al narrar los tonos, Revueltas, y un filósofo, Marías, que hace del pensar la principal pasión humana.

El centenario del nacimiento de Paz, nuestro Nobel de literatura, ha opacado un poco a los demás, quizá nos es más cercano por los destellos propios de todo un personaje que, siendo propiamente poeta, influyó en la comprensión de nuestro tiempo y del México contemporáneo de manera muy polimórfica; pero no se queda atrás José Revueltas que, con todo y que captó la oscuridad de nuestra época, inyectó de esperanza la lucha social, mejor dicho, la necesidad de edificar una sociedad más humana: vía la crítica social y, más, la crítica de las pasiones humanas.

Julián Marías en su libro La estructura social, más allá del análisis de las generaciones y de las tensiones, presiones y pretensiones que subyacen en todo ente social, pone como eje central de la convivencia social un lugar para la felicidad humana; a final de cuentas, una sociedad se humaniza en la medida en que ofrece a sus individuos una idea, una convicción, una sensibilidad para decirle: tu existencia nos es valiosa, tu vida tiene sentido, tu quehacer nos beneficia. Si una sociedad no es capaz de brindar esto a sus integrantes, pierde su sentido humano, se vuelve una máquina, no un espacio para vivir dignamente.

Charles Pèguy, por su parte, socialista y cristiano convertido, no deja de mirar la ciudad terrestre al mirar la ciudad celeste; más aun, no se puede alcanzar la ciudad de arriba si no está bien establecida la de aquí abajo, no se puede pensar en la justicia divina si no se busca, también, la justicia humana. Y su esperanza es que, al final, la ciudad que los hombres se han planteado establecer no esté regida por el dinero. El gran obstáculo para la humanización de la sociedad es que todo se ha metalizado y eso se ha vuelto un culto y una religión: el templo del dinero se ha establecido para todo, hasta para las causas supuestamente nobles. Pero el dinero mata el espíritu que, soberbio y satisfecho de sí, creyendo que no necesita nada ni a nadie es incapaz de solidarizarse, de fraternizar, de tender la mano. Esa es la gran desgracia humana de los tiempos modernos, escribe el poeta. Desde luego, lo más relevante del poeta francés es la esperanza, esa virtud tan frágil y, sin embargo, la que mueve todos los días el corazón humano para levantarse y querer vivir, a la manera como un padre se levanta a trabajar por sus hijos.

Cada uno, desde luego, merece estudio aparte, cada uno aporta sin duda claridad con su poesía, su narrativa, su escritura, su análisis. Mi encuentro con Paz ha sido en sus Obras completas, la edición de quince volúmenes que publicó y reeditó el Fondo de Cultura Económica (este año comenzó otra edición, la de ocho volúmenes, pero no han aparecido sino solamente los tres primeros). No es posible, me dije, que no haya yo leído al Nobel mexicano, y me arranqué con los dos clásicos, El laberinto de la soledad y El arco y la lira. Primero fue reto, luego gusto, seducción, encanto. Me interesó el tema del lenguaje y cómo, mediante él, es posible el paso entre la realidad y la ficción, lo tocado y lo figurado, lo comprendido y lo creado. De esto hará un par de años, acaso un poco más.

A José Revueltas no lo conocía, lo hice hace un año aproximadamente al leer sus novelas Los muros de agua, El luto humano, Los días terrenales y El apando, además de la biografía que de él publica Álvaro Ruiz Abreu. Me llamó poderosamente la atención esa como muestra latente de la noción de oscuridad que encontré en esas novelas, como si el sujeto humano (o la época misma en que vivió y en la que vivimos) se enfrentara irremediablemente a la noche y en ella, a tientas, intentara caminar sin saber hacia dónde, por dónde. Será interesante, desde luego, poder desmenuzar esos vericuetos.

A Julián Marías ya lo conocía, su estilo tan vital de escribir filosofía y de reflexionar sobre la vida y la existencia me atrapó desde hace ya varios años, no sólo su lectura sino incluso la orientación para algunos cursos sobre filosofía social y política que por años había venido impartiendo, en particular La estructura social y La justicia social y otras justicias. Me llamaron la atención el tema de las generaciones, que había lanzado previamente Ortega y Gasset pero que Marías retoma con mayor enfoque, y el de la felicidad. Igualmente, el filósofo español merece un estudio aparte, meditado, cuidadoso.

Igualmente, a Pèguy ya no había disfrutado. El pórtico del misterio de la segunda virtud, El misterio de la caridad de Juana de Arco y El misterio de los santos inocentes fueron las puertas de entrada para degustar la poesía y encender el corazón de esperanza. Realmente Pèguy hace hablar a Dios como un padre, y a partir de allí uno no vuelve a rezar el padrenuestro de la misma manera. A veces me pregunto por qué en los centros universitarios se estudia poco a escritores como Pèguy que, sin embargo, pueden dar mucho, sobre todo para comprender que, más allá de las habilidades y los saberes, lo que necesitamos es tener esperanza en un mundo mejor, en un ser humano mejor, en una casa mejor, en una calle mejor, una escuela mejor, un espacio laboral mejor, una sociedad mejor. Todo ello no es posible sin esperanza.

En los cuatro, Paz, Revueltas, Marías y Pèguy, también se encuentra el sentido común y la crítica al status quo, al mundo moderno deshumanizado y a las fantasías y desvaríos del poder. En ello, también ellos brindan luces, si queremos ver bien.

Por cierto, la autoridad que investigó y/o investiga el caso del adolescente Tehuatlie ha determinado que éste murió por la onda expansiva de un cohetón. Luego de las diversas pruebas que llevó a cabo, esa fue la conclusión a la que llegó. Prácticamente no cambia la versión que desde hace poco más de una semana había planteado. En otras palabras, dijo lo que ya había dicho. Yo me acordé de las palabras del mayordomo de Sancho Panza cuando éste ejercía el gobierno de la isla Barataria:

“Cada día se ven cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.” (Cervantes, Don Quijote de la Mancha, segunda parte, capítulo XLIX, edición del IV Centenario, México, 2004, p. 919).

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