Conozco el sentimiento. Puedo imaginarme el momento cuando ©lxs niñxs© entendieron que no tenían que volver ahí. Que se irían para nunca más regresar. No era sí querían o no. Así como estuvieron esclavizados, así ahora la condena es la libertad, como dice Satre. Y ninguna de las dos opciones las decidieron ©ellxs.© Pero es mejor vivir en la libertad no decidida personalmente que en la esclavitud no decidida por ©unx mismx.©
Quizá lo escucharon la primera vez y no lo creyeron. Lo escucharon una segunda y tercera vez y quizá tampoco lo creyeron. Difícil de creer algo que quizá no fueron capaces de siquiera imaginar porque la tarea cotidiana era ingeniárselas para zafarse de los castigos y vejaciones azarosas e irracionales. O quizá no lo pudieron creer porque no saben qué es ©no volver nunca más© porque nunca se habían ido, y mucho menos, habían regresado. Tampoco sabían qué es tener libertad de hacer lo que quieran porque no han tenido ninguna de las dos cosas: ni la experiencia de hacer lo que quieran ni la libertad para hacerlo.
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Puedo imaginar que después de preguntar, una y dos y tres y cuatro y cinco y mil veces, mientras corrían emocionados detrás de quienes entraron para ©sacarlxs© de ahí, que si era verdad que se acababa lo que estaban viviendo, lo creyeran y entendieran que ese lugar en el que vivieron ya no sería su hogar jamás de los jamases. ¡Ah, y poder enfrentar a las personas que tanto daño y dolor les infringieron, diciéndoles con todas sus palabras y en voz alta, lo que les habían hecho. ¡La libertad extiende sus alas donde jamás se ha ejercido!
Ese lugar escondido de la conciencia del cosmos y de la mirada del mundo, ubicado en Zamora, Michoacán, guardaba el total de sus propios secretos. Y todo secreto tiene un engaño. Y muchos secretos tienen muchos engaños. Cada secreto guardado en ese lugar se ataviaba de gala y presentaba su espejismo ante los ©notables.© Esa ilusión se tragaba, como hoyo negro, toda la luz de las miradas de ©lxs niñxs.© Y se iba al vacío porque ningún secreto salió de ese lugar que engañó durante más de seis décadas hasta a los más avezados que lo visitaron, porque nunca en realidad lo pudieron mirar.
Algunos engañan por instinto y otros son engañados por elección. El no ver lo que no queremos ver requiere del engaño como reflejo del autoengaño. ¿Es sobrevivir a lo que escondemos? ¿Qué parte de nosotros mismos ocultamos al no ser capaces de ver en ©otros© lo que éstos reflejan de nuestro interior y evidencian de forma tan grosera? El engaño es seductor y fascinante: ensambla al engañador y al engañado en un baile de acuerdos silenciosos. Es vorágine circular que no acaba. Es una prisión de perjurio por hacer de la negación una forma de vida y de entender al mundo, donde el ego se niega a reconocer el engaño que ha sucedido de una manera tan elocuentemente vil.
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