Una de las formas en que la población salga de la pobreza es trabajando, es decir, que las personas en edad productiva tengan un empleo que les genere ingresos. Si la población económicamente activa garantiza la cobertura de sus necesidades básicas de manera constante y sostenida, la economía mexicana no sólo entraría en una etapa de dinamismo en el intercambio de bienes, incluso podría alcanzar los niveles de crecimiento que año tras año, los gobiernos proponen. Sin embargo, la realidad es desalentadora ya que miles de poblanos se encuentran desempleados y otros miles han emigrado para enviar el sustento económico a sus familias.
En ese contexto, la Población No Económicamente Activa de Puebla (PNEA) pasó de 440 mil en 2013 a 442 mil en lo que va de 2014; en contraposición de lo que el INEGI reporta en el segmento de la Población Económicamente Activa (PEA), que disminuyó en Puebla, de 2.7 millones en 2013 a 2.6 millones en 2014; sin olvidar los 800 mil poblanos que, se calcula, trabajan en la informalidad.
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Como el problema del desempleo es de alcance nacional, el Gobierno de la República ha puesto en marcha -en todos los Estados- programas de beneficio social encaminados al combate a la pobreza; paliativos que parecen caridad y no solucionan los problemas de fondo.
En contraste, en el segmento de las Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES) podemos encontrar soluciones reales para sostener el empleo a pesar de todas las imposiciones fiscales a las que están sometidas. Ante la realidad del desempleo, los empresarios merecen obtener estímulos fiscales, sólidos y solventes, a favor de la creación de nuevas fuentes de trabajo para personas que no han tenido la oportunidad de incorporarse de manera formal a la actividad económica.
En efecto, los empresarios tienen la responsabilidad de informarse sobre los programas que puedan beneficiarlos en su dura misión de sostener y crear fuentes de empleo, pero también el Estado tiene la obligación de ofrecer verdaderos alternativas para sobrellevar esta tarea.
Hemos sido testigos de las contradicciones en la visión financiera de los representantes de las instituciones económicas del país, que hace necesario escapar de la olla de presión mediática e informarnos a fondo de las alternativas empresariales que no son difundidas adecuadamente; por ello el tema del Fomento al Primer Empleo debe ser también, de beneficio para los empresarios.
En la realidad, todos sabemos que encontrar empleo para un recién egresado de una carrera profesional es complejo debido a que una de las exigencias principales a que se enfrenta es el requisito de la experiencia laboral. Y es que aquellos empleadores que requieren cubrir una vacante piden por lo menos 2 años de experiencia, cuando en lo general, los recién egresados sólo tienen un breve acercamiento ocupacional en sus prácticas profesionales.
Aunado a lo anterior, y sin lugar a dudas, el otro gran grupo de desocupados o de personas que buscan un primer empleo, lo conforman aquellos que han truncado su ciclo educativo, algunos desde la educación básica o media, o aquellos que por diversos factores no han tenido la oportunidad de estudiar absolutamente nada.
El problema del primer empleo se torna complejo para el empresario, en el momento de valorar la preparación académica del aspirante frente a la experiencia; como muestra, en el sector de la construcción, la experiencia es valorada tanto o más que un posgrado. Incluso, para muchos constructores es más valiosa la experiencia mientras que para otros el verdadero aprendizaje se da con la práctica de campo; en lo que la mayoría coincide es que contratar a personal académicamente preparado, no resulta muy rentable debido a las altas remuneraciones que representan sus honorarios.
Habría que encontrar el justo equilibrio entre experiencia y conocimiento para que, por ejemplo, el arquitecto recién egresado pueda competir con los 58 mil 33 estudiantes que actualmente cursan esta carrera y con los 253 mil 16 que ya se graduaron y que buscan insertarse en el campo laboral.
Con esos antecedentes podemos decir el dilema para todos los sectores productivos radica en equilibrar la situación del empleo de baja calificación -con paga reducida- frente al rubro de personas calificadas que están egresando de las universidades.
En ese mismo sentido, el primer empleo conlleva una importancia capital ya que representa la oportunidad que cambia el rumbo de la vida de las personas. Es el espacio y el momento para demostrar el talento, es el inicio de una carrea profesional exitosa, es la zona de confianza para emprender proyectos para independizarse de la tutela de los padres que implican la compra de bienes y servicios que agilizan la economía.
Sin embargo, implementar nuevas disposiciones fiscales que pretendan generar beneficios a los empresarios, trae como consecuencia ventajas y desventajas; se puede decir que la “ventaja” del Fomento al Primer Empleo es que el empresario se ahorra un extra por impuestos. Sin embargo un punto vulnerable es que se debe tomar en cuenta el reto de mantener al trabajador por 3 años –es decir- para crear un puesto de trabajo muy bien pensado donde el empleador esté consciente de lo necesario que será en la empresa.
La función del recién contratado es ardua. Asumir la responsabilidad y el conocimiento que se necesitan para desarrollar cualquier tarea conlleva un tiempo de aprendizaje, requiere de una curva de aprendizaje que, en términos de inversión, corre a cargo del empresario, quien además debe asumir: a) la sobre carga de los requisitos que se deben cumplir para tener derecho a la aplicación de los beneficios del programa; y b) la falta de certeza de ciertas definiciones a conceptos o situaciones que se pueden presentar, provocando inseguridad jurídica.
En conclusión, la creación de nuevas fuentes de trabajo y el fomento al primer empleo, son dos pilares fundamentales para abatir la pobreza en nuestro país ya que tienen como efecto la disminución de la economía informal, y la inclusión de jóvenes desocupados a los procesos productivos.
Los actores principales de esta tarea de salvación son los empresarios de las PYMES, quienes merecen obtener verdaderos estímulos fiscales, no sólo por la creación de nuevas fuentes de trabajo, sino por todos los empleos que generan y sostienen.
De este modo, un solo programa no es suficiente: los tres niveles de gobierno y las entidades financieras deben proponer más oportunidades para empresarios, más incentivos fiscales, más estímulos económicos además de proporcionar más información, tanto para solucionar los problemas cotidianos, como para hacer realidad los planes de crecimiento de las empresas.