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Nadie es mi dueño… salvo mi marido | José Carlos Vázquez
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Nadie es mi dueño… salvo mi marido

Lunes, Julio 7, 2014

 

Un día mientras comía me percate de una realidad muy interesante. Una de las meseras estaba discutiendo con otra sobre las decisiones que tomaba y sobre a quién debía responder por sus actos. Después de un rato de estar charlando, hizo una fuerte aseveración… “La única dueña de mis decisiones y mis actos soy yo, ya soy mayor de edad y tengo la inteligencia para saber que está bien y que está mal”, después de tal frase, yo estaba a punto de levantarme y aplaudir la claridad de su exposición cuando la otra chica le dijo… “¿Y tu marido?”, a lo que la primera bajo la mirada y respondió: “A bueno, eso es diferente”.

En los últimos años, en México nos hacemos cada vez más conscientes de una lamentable situación, el ser mexicano o mexicana aún sigue siendo distinto, pues el trato que se tiene por ser hombres o mujeres sigue mostrando claras diferencias. Sin embargo, ¿hasta dónde podemos decir que el machismo o trato desigual entre hombres y mujeres depende directa o exclusivamente del hombre?

Es reconocido el papel que desempeña la mujer en el mundo de los negocios, y cada día es más usual que en los salones de clases se encuentre una mayoría de alumnas, las cuales ya no solo estudian para ser maestras o pediatras, sino que ahora también quieren ser ingenieras, mecatrónicas y abogadas. Sin embargo, si parece que hemos avanzado tanto en la equidad de derechos, ¿por qué muchas mujeres siguen poniéndose en una posición inferior a la de sus padres, hermanos o maridos?

Por si no fuera poco lo que presencié en dicha comida, a los pocos días tuve un nuevo acercamiento a este tema. Estaban dos jóvenes universitarias charlando acerca de sus respectivas parejas cuando una claramente le dijo a la otra: “Yo aún creo que la mujer debe atender a su hombre, al final de cuentas hay que tratarlos bien para que estén felices y nos quieran más”. Este comentario alimento nuevamente mi curiosidad y me llevó a querer reflexionar sobre este tema y preguntarme, ¿Qué es lo que nos lleva a actuar de cierta manera y no de otra?, ¿Qué es aquello que nos mueve a aceptar ciertas actitudes de los otros como aceptables o reprochables?

Sin lugar a duda la primera respuesta que vino a mi mente es la educación. Generación tras generación, la mayoría de las niñas mexicanas han sido educadas a partir de ideologías patriarcales en las que el hombre siempre tiene la razón y en las que el papel que desempeñan ellas en el hogar es el del cuidado de los hijos y los bienes familiares. Nuestras madres son las cocineras, enfermeras, choferes y personal de limpieza de nuestras casas y aunque éstas trabajen y provean los recursos de sostenimiento del hogar, difícilmente pueden quitarse el estereotipo que recae en toda madre. A partir de esta idea, las niñas y jovencitas desarrollan sus creencias en torno a estos prejuicios, considerando que independientemente de su labor profesional, siempre deberán ejercer el papel que por naturaleza les corresponde, ser “guardianas del bienestar y felicidad del hogar y de sus hombres” ya sean estos sus hijos, hermanos, padres o esposos.

Cabe señalar que con este texto no quiero decir que las mujeres deberían abandonar a sus maridos o dejar a la deriva a sus hijos, sino más bien, que es necesario que ellas sean las primeras en hacerse conscientes de la igualdad que tienen con los hombres y que no es su responsabilidad ni cuidarlos, ni hacerlos felices. El bienestar de la pareja debe construirse en pareja, pues son ambas partes responsables de la felicidad, tristeza, logros y fracasos que se dan en la relación, por lo que toda mujer debe verse como madre únicamente de sus hijos y no de su marido, pues entre él y ella existe un trato diferente, es decir, una relación de igualdad sustentada en la confianza y sobre todo en el amor.

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