Un día mientras comía me percate de una realidad muy interesante. Una de las meseras estaba discutiendo con otra sobre las decisiones que tomaba y sobre a quién debía responder por sus actos. Después de un rato de estar charlando, hizo una fuerte aseveración… “La única dueña de mis decisiones y mis actos soy yo, ya soy mayor de edad y tengo la inteligencia para saber que está bien y que está mal”, después de tal frase, yo estaba a punto de levantarme y aplaudir la claridad de su exposición cuando la otra chica le dijo… “¿Y tu marido?”, a lo que la primera bajo la mirada y respondió: “A bueno, eso es diferente”.
En los últimos años, en México nos hacemos cada vez más conscientes de una lamentable situación, el ser mexicano o mexicana aún sigue siendo distinto, pues el trato que se tiene por ser hombres o mujeres sigue mostrando claras diferencias. Sin embargo, ¿hasta dónde podemos decir que el machismo o trato desigual entre hombres y mujeres depende directa o exclusivamente del hombre?
Es reconocido el papel que desempeña la mujer en el mundo de los negocios, y cada día es más usual que en los salones de clases se encuentre una mayoría de alumnas, las cuales ya no solo estudian para ser maestras o pediatras, sino que ahora también quieren ser ingenieras, mecatrónicas y abogadas. Sin embargo, si parece que hemos avanzado tanto en la equidad de derechos, ¿por qué muchas mujeres siguen poniéndose en una posición inferior a la de sus padres, hermanos o maridos?
Por si no fuera poco lo que presencié en dicha comida, a los pocos días tuve un nuevo acercamiento a este tema. Estaban dos jóvenes universitarias charlando acerca de sus respectivas parejas cuando una claramente le dijo a la otra: “Yo aún creo que la mujer debe atender a su hombre, al final de cuentas hay que tratarlos bien para que estén felices y nos quieran más”. Este comentario alimento nuevamente mi curiosidad y me llevó a querer reflexionar sobre este tema y preguntarme, ¿Qué es lo que nos lleva a actuar de cierta manera y no de otra?, ¿Qué es aquello que nos mueve a aceptar ciertas actitudes de los otros como aceptables o reprochables?
Sin lugar a duda la primera respuesta que vino a mi mente es la educación. Generación tras generación, la mayoría de las niñas mexicanas han sido educadas a partir de ideologías patriarcales en las que el hombre siempre tiene la razón y en las que el papel que desempeñan ellas en el hogar es el del cuidado de los hijos y los bienes familiares. Nuestras madres son las cocineras, enfermeras, choferes y personal de limpieza de nuestras casas y aunque éstas trabajen y provean los recursos de sostenimiento del hogar, difícilmente pueden quitarse el estereotipo que recae en toda madre. A partir de esta idea, las niñas y jovencitas desarrollan sus creencias en torno a estos prejuicios, considerando que independientemente de su labor profesional, siempre deberán ejercer el papel que por naturaleza les corresponde, ser “guardianas del bienestar y felicidad del hogar y de sus hombres” ya sean estos sus hijos, hermanos, padres o esposos.
Cabe señalar que con este texto no quiero decir que las mujeres deberían abandonar a sus maridos o dejar a la deriva a sus hijos, sino más bien, que es necesario que ellas sean las primeras en hacerse conscientes de la igualdad que tienen con los hombres y que no es su responsabilidad ni cuidarlos, ni hacerlos felices. El bienestar de la pareja debe construirse en pareja, pues son ambas partes responsables de la felicidad, tristeza, logros y fracasos que se dan en la relación, por lo que toda mujer debe verse como madre únicamente de sus hijos y no de su marido, pues entre él y ella existe un trato diferente, es decir, una relación de igualdad sustentada en la confianza y sobre todo en el amor.