“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”.
Proverbio de tribu india estadounidense.
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En las últimas semanas la llamada fiebre mundialista ha invadido los espacios en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. En paralelo, en este mismo lapso hemos recibido noticias cada vez más alarmantes sobre el incremento de casos de bullying en el entorno escolar, que han llegado incluso a causar la muerte de algún estudiante (como en el caso de la secundaria de Tamaulipas) o lesiones y humillaciones severas (como en la muy reciente agresión sufrida por un alumno con problemas de aprendizaje en una escuela pública de Tabasco).
Cada vez que escuchamos o vemos en los medios un caso de acoso o violencia escolar como los que desafortunadamente se multiplican con cada vez mayor frecuencia en las aulas y patios escolares o a través de las redes sociales (ciberbullying) nos indignamos y expresamos nuestro repudio a los agresores y nuestra enérgica condena a todo tipo de violencia y falta de respeto a la dignidad de los niños y adolescentes.
Nuestro discurso como educadores y padres de familia, el discurso oficial de los medios de comunicación y de las autoridades de la Secretaría de Educación Pública expresa la preocupación compartida por esta nueva realidad que algunos consideran una moda o una exageración argumentando que siempre ha habido peleas o burlas entre estudiantes en las escuelas, pero que jamás había adquirido las dimensiones y tenido las consecuencias que se muestran hoy en una escuela que se ha contagiado paulatinamente de la realidad de violencia y abuso que vivimos en México de unos años a la fecha.
Pero una cosa es lo que decimos y otra lo que hacemos y desgraciadamente lo que hacemos grita a un volumen que hace inaudible lo que decimos.
Jenny es una niña de segundo de primaria que asiste a la Escuela Comenio en una ciudad de nuestro país. Ella tiene apenas ocho años y vivía de una manera normal y feliz sus primeros años de trayectoria escolar. Pero algo ha cambiado a partir de la derrota de la selección mexicana ante la holandesa el domingo antepasado. A partir del día siguiente al juego, los compañeros de Jenny empezaron a hostigarla y agredirla. La llaman traidora y la han ido excluyendo de los juegos y las conversaciones cotidianas. La situación tiene a la niña muy triste y sin ganas de ir a la escuela. Su sentimiento es tan fuerte que ha pedido a su mamá que no le haga fiesta de cumpleaños, que solamente invite a comer a su casa a un par de amiguitas que no se han unido al maltrato del grupo.
¿Cuál es el delito que Jenny cometió? ¿Por qué sus compañeritos y compañeritas la consideran una traidora? Se trata de algo muy simple y fuera de la responsabilidad de la niña. La “traición” consiste en que su papá es holandés.
Lo que hacemos habla tan fuerte que nuestros niños no pueden escuchar lo que decimos.
Porque mientras nuestros discursos hablan de respeto y tolerancia, de aceptación de las diferencias y rechazo a la violencia. Mientras hacemos campañas, clases y “sermones” sobre la importancia del respeto a los demás, aceptamos, defendemos y celebramos que la gente le grite “puto” al portero –y ahora ya no solamente al portero- del equipo contrario, convertimos en viral el video de una niña que “compone una canción muy ingeniosa” en la que insulta a los holandeses, aplaudimos que un compatriota se haya acercado a Robben en la calle y lo haya agredido verbalmente por hacer lo que todos los delanteros de todo el mundo en todos los partidos hacen dentro del marco de un juego de futbol que es simplemente eso: un juego.
Lo que hacemos habla tan fuerte que nuestros niños no pueden escuchar lo que decimos.
No pueden escuchar nuestros discursos sobre valores porque estamos todo el tiempo haciendo cosas que contradicen estos discursos. Estamos metidos en la dinámica de insultar a todo el que es o piensa distinto a nosotros a pesar de que “educamos” predicando el respeto. Estamos ejerciendo nuestra práctica como padres de familia, como maestros, como comunicadores, como gobernantes, como líderes sociales, descalificando y agrediendo a quien no está de acuerdo con nosotros en lugar de tratar de entender sus puntos de vista y rebatir con argumentos y evidencias los que nos parezcan equivocados. Estamos actuando como aficionados al futbol -de manera que parece que en un partido se gana o se pierde el honor del país- fomentando el odio y la agresión a los contrarios en vez de disfrutar el momento, poner en proporción lo que el deporte significa y aprender a ganar y a perder.
Jenny no quiere ir a la escuela porque se siente agredida por algo que ni es malo, ni puede controlar o cambiar. La familia de Jenny no se atreve a ir a ver un juego de Holanda en un restaurant o lugar público porque sabe que se expone a agresiones verbales o hasta físicas. Esta es la convivencia escolar y social que estamos construyendo a partir de un simple mundial de futbol. Imaginemos cuánta agresión y violencia puede comunicarse a los niños a partir de otras cosas más relevantes de la vida.
Para combatir el bullying y educar en la tolerancia es indispensable comprender que lo que hacemos como individuos y como sociedad habla tan fuerte que seguramente hará imposible escuchar lo que decimos.
Por obvias razones el nombre de la niña y la escuela son ficticios aunque los hechos que se narran ocurrieron o están ocurriendo en la vida real.
Por motivos de trabajo y receso vacacional este artículo no aparecerá los tres lunes siguientes. Nos volveremos a encontrar en este espacio el lunes 4 de agosto.