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Padres humanos, padres imperfectos | Juan Martín López Calva
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Padres humanos, padres imperfectos

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 16, 2014

“Ajustar la propia vida a la categoría de la perfección

significa referirse a un modelo que va más allá, al menos

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en la práctica, de la propia humanidad. Pero más allá de

este límite no se encuentra la perfección, sino la propia

deshumanización”.

Ricardo Peter. Una terapia para la persona humana

El día de ayer se celebró en México y en algunos otros países el día del padre. Las redes sociales y los medios de comunicación se vieron inundados de mensajes de felicitación en los que predominaba la idea de “el mejor papá del mundo”. “Fulano de tal, Eres el mejor papá del mundo…” o bien “Ya sé que hoy todos dicen que tienen al mejor papá del mundo, pero en realidad el mejor es el mío…” decían la mayoría de los mensajes, fotografías y tarjetas de felicitación publicadas por millares.

Pero: ¿Qué es lo que hace que una persona sea “el mejor papá del mundo”? En un día creado fundamentalmente por y para el comercio, la idea central de los mensajes publicitarios se centró en destacar las cualidades que en el imaginario social tenemos sobre lo que debe ser un buen padre de familia y estas cualidades tienen sin duda su raíz en la concepción de masculinidad que impera en nuestra cultura occidental.

Resulta interesante analizar esta matriz cultural para poder revisar la imagen dominante acerca de lo que es un buen papá y poner en la balanza esta imagen para adecuarla al contexto del mundo complejo del siglo XXI en el que nos ha tocado vivir.

Un rasgo fundamental de esta cultura de occidente que hemos heredado y marca en profundidad nuestras formas de significar y valorar la vida es el perfeccionismo. Se trata de una característica muy poderosa que define nuestra forma de concebir el sentido de la vida y la forma de relacionarnos y que influye de manera definitiva en la idea de ser padre que tenemos, reproducimos, deseamos y celebramos.

Como señala Ricardo Peter, creador de la Terapia de la imperfección, la cultura occidental cristiana a lo largo de siglos de historia e influencias de diversos pueblos y corrientes de pensamiento ha venido acuñando, resignificando e introyectando el ideal de perfección como meta de la vida humana individual y colectiva.

Según esta cultura, cualquier ser humano que busque su desarrollo tendrá que buscar la perfección y, en sentido opuesto, tratar de eliminar la imperfección. Pero como señala en la cita que sirve de epígrafe a este artículo, la imperfección es una meta que está más allá de la humanidad y precisamente por no estar al alcance de las personas, se vuelve una meta deshumanizante.

El perfeccionismo deshumaniza porque la realidad fundamental del ser humano empieza por la experiencia del límite y esta experiencia conlleva la necesidad de aceptar la propia imperfección. La negación del límite y la no aceptación de la imperfección conducen a la deshumanización porque nos cierran a la compasión y la comprensión de los propios errores y de las fallas de los demás. El perfeccionista no se perdona cometer errores ni consiente los errores de los que le rodean porque vive en la eterna, aunque imposible búsqueda del deber ser sin límites.

La figura más emblemática de este ideal social de perfección es sin duda la del padre. Nuestra sociedad tiene la idea de que el mejor papá es el hombre perfecto, el que trabaja sin descanso y sin errores, el que educa en la disciplina y la inflexibilidad ante las fallas, el que da ejemplo de entereza y nunca llora, el que no desfallece ante las dificultades que presenta la vida, el que nunca se rinde, el que no se permite disfrutar de la vida porque está centrado en el cumplimiento del deber, el que es fuerte y por lo tanto no manifiesta sus sentimientos ni sus debilidades, el que nunca se equivoca aunque se equivoque.

Pero parafraseando a Kraus, tal vez a nuestra imagen de papá “para ser perfecta, le falta sólo un defecto” o aún más, le falta incluir y aceptar que todo padre tiene defectos, porque un padre perfecto no existe y un padre que pretende ser perfecto es un padre lejano e incapaz de compasión que es la base para la comprensión intersubjetiva y la posibilidad real de educación.

Frente a la imagen idealizada románticamente de la madre que es compasión pura y abnegación sin límite –otra forma de perfección en la debilidad-, nuestra sociedad venera, celebra y parece reproducir la imagen racionalizada del padre que es rigor inflexible y fuerza sin fisuras. Ambas imágenes son abstractas y responden a un ideal perfeccionista deshumanizante.

Ojalá que eduquemos a las nuevas generaciones en una imagen humana del padre asumiendo que como decía el filósofo Bertrand Russel:  “No hay motivo para que ninguno se crea perfecto, ni para molestarse demasiado por el hecho de no serlo” y que como afirma Peter: “La verdadera humanidad del hombre empieza a revelarse 

en el momento mismo en el que toma conciencia de ser imperfecto”.

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