Con el pretexto de la globalización, el mundo viene sufriendo un acelerado proceso de colonización de las conciencias, lo que implica, a su vez, el atropello constante de los diversos derechos sociales y humanos, tan necesarios para lograr una vida digna. Se abaten también los valiosos patrimonios históricos y culturales de las diferentes naciones y regiones de un mundo que, precisamente, centraba su valor en su diversidad, en su rica y fecunda, variación de identidades.
Hoy, precisamente, el proceso de la identidad nacional y cultural sufre un apresurado deterioro, y se homogeniza al globo, convirtiéndolo en algo indiferenciado y sometido al modelo manipulador de las metrópolis, generalmente deshumanizada o grotesca, donde la globalización se muestra como la moderna droga de poder, que todo lo pervierte.
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La vida cotidiana se convierte en una lotería de la desfortuna, donde el mundo de los desvalores se impone, porque es el que medra en el epicentro de este orbe mal llamado globalizado, y que, en realidad, es degradado y repleto de un sinsentido que se aprecia en la nuevas formas culturales y políticas que le rinden pleitesía a un mercado, que tiende a ridiculizar y barbarizar a la civilización humana, dando como consecuencia que se imita al colonizador, se entretiene a la razón con esta deformación de mundo que nos impone el terrorismo mediático, y, al final, el sabor de la nada es el que, como un aura fétida, está presente en la vida entera.
De ahí que los valiosos aspectos culturales que, poco a poco, se han ido dejando de lado generen una sociedad del desconocimiento, es decir, una sociedad que es cada vez más consciente de su no saber y que progresa, más que aumentando sus conocimientos, aprendiendo a gestionar el desconocimiento en sus diversas manifestaciones: miedo, inseguridad, verosimilitud, riesgo e incertidumbre. Y esto no es casual, pues son las formas que determinan a la cultura de la globalización.
El problema fundamental es que la conciencia o conciencias del orbe se hallan sometidas al universo de los desvalores y de la miseria que caracteriza a la sociedad del riesgo, donde el miedo es el nuevo poder que se impone para controlar y mediatizar a los seres humanos.
De lo que trata es que en el fondo y en la forma la cultura de la impunidad y de la ambición desmedida se propaguen para que mediante la dominación de las conciencias se siga destruyendo la especie humana, a través de la agresión de la industria al medio ambiente, a la cual solo le interesan sus ganancias, del divorcio de las instituciones de un Estado erosionado y anacrónico donde se sigue el lineamiento del uso de la ley para tratar de poner orden en una sociedad desigual que se ahoga en una ficticia democracia, donde el poder político y de las nuevas castas mediáticas y académicas han sido sometidas a la nueva religión del dinero, imponiendo practicas inquisitoriales en una época llamada de libre mercado.