“En Lima, ser y no ser es lo mismo”.
Arq. Héctor Velarde.
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(Citado por Alfredo Bryce Echenique en: Permiso para sentir).
Es domingo por la tarde. Mi esposa y yo pasamos a una farmacia para comprar unos medicamentos. Ella estaciona en uno de los cajones que dan a la catorce sur en San Manuel. Mientras yo entro a comprar, sucede un incidente que sirve para ilustrar la reflexión de hoy.
En el cajón de junto a nosotros, un auto de lujo de color blanco enciende el motor e intenta salir de reversa sin ver el espejo retrovisor, el conductor, un hombre de entre cuarenta y cinco y cincuenta años parece tener prisa o ser de esas personas que manejan por las calles de Puebla y de muchas ciudades del país con la actitud de ser el centro del universo y la pretensión de que todos tienen que hacerse a un lado y permitirles el paso.
Por la avenida circula lentamente un viejo aunque bien cuidado Datsun ocupado por una pareja de personas de la tercera edad. Al salir descuidadamente de reversa el auto blanco golpea levemente al Datsun. Antes de que el anciano alcance a reaccionar, el individuo que evidentemente tuvo la culpa del percance se baja y empieza a gritarle toda clase de insultos y a hacer ostentación de que es “abogado penalista” y que tiene poder. El señor que conduce el auto viejo le responde entonces que va a llamar a la policía, siguen por un rato intercambiando gritos. El Datsun se queda parado bloqueando la salida del auto que lo golpeó por unos diez minutos. Al final, dándose cuenta de que no tiene daños visibles su auto, la pareja de ancianos retoma su camino. El supuesto abogado sale a toda velocidad por la catorce sur y en la esquina de Avenida San Francisco se coloca en un carril central pretendiendo dar vuelta a la izquierda mientras todos hacemos fila en el carril adecuado. Todavía le grita algo más al anciano que le responde y finalmente se da la vuelta a la izquierda pasándose el alto.
El incidente del que fuimos testigos me hace recordar la frase que cita varias veces el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en la segunda parte de sus “antimemorias” para narrar y reflexionar su retorno al Perú, su tierra natal, después de vivir treinta años en Europa: “en Lima, ser y no ser es lo mismo”.
En México, en Puebla hoy, también es cierto que “ser y no ser es lo mismo”. Ser el que tiene la culpa en un choque y no serlo es lo mismo cuando se tiene la prepotencia y el auto lujoso para evadir la responsabilidad. Ser abogado penalista y no serlo es lo mismo mientras se tenga el cinismo suficiente para ostentarse como tal o el dinero para comprar un título –pasando por alguna universidad “patito” sin estudiar o de plano adquiriendo uno falso-, ser decente o no serlo es lo mismo mientras se tenga un nivel económico, una marca de coche y de ropa, una casa, un celular que manden el mensaje de que se ha tenido “éxito” en la vida.
Muy probablemente el Perú de 1999 –el de la plena decadencia y corrupción cultural del fujimorismo- sea distinto al de hoy en que se pone de ejemplo a ese país por su despegue económico y su proceso de transformación. Tal vez Bryce ya no aplicaría esta frase a la Lima de 2014. Pero en el México de hoy la realidad nos dice a gritos que aquí ser y no ser es lo mismo.
Ser un empresario honesto y justo es lo mismo que ganar dinero explotando a los trabajadores y dando un pésimo servicio a los clientes porque en la escala social lo que importa es la ganancia que se obtiene y el fin justifica los medios. Ser un profesionista preparado es o no serlo es lo mismo porque lo importante es el tamaño de la casa y del auto que se tenga o las veces que se publique nuestra foto en la revista de sociales de moda. Ser un político corrupto o no serlo es exactamente lo mismo porque lo importante es el dinero y el poder que se tenga que es proporcional al grado de impunidad que se consigue. Ser un educador comprometido y profesional o no serlo es lo mismo porque lo importante es la relación con la cúpula sindical o la influencia que se tenga en la SEP para obtener beneficios, dobles plazas, comisiones y prebendas.
Aberración o distorsión de la cultura, le llama Lonergan a esta realidad en la que ser y no ser es lo mismo, en la que las apariencias predominan sobre el contenido, en la que resulta cada vez más difícil distinguir el bien del mal o incluso se comienza socialmente a ver el mal como bien y el bien como mal.
El mal como aberración cultural es el más difícil de revertir porque ha penetrado hasta lo más profundo de la conciencia colectiva apoderándose de nuestra forma de significar y valorar la realidad y determinando así nuestra forma de vivir. Esta distorsión cultural se va transmitiendo de generación en generación de manera que los niños aprehenden del ambiente esta forma errónea de significar y valorar, esta manera deshumanizante de vivir.
El hijo de ese “abogado penalista” aprenderá sin duda a gritar e insultar para “resolver” los problemas, a no asumir la propia responsabilidad cuando cometa un error, a ver como tontos a los que intentan ser justos y razonables. El hijo del empresario explotador, del profesional fraudulento, del político corrupto, del narco o el tratante de personas aprenderá que el ser humano no vale, que es un medio más para ganar dinero y tener poder.
En México hoy, ser y no ser es lo mismo. Tenemos una sociedad enferma y no nos damos cuenta de que es urgente hacer algo por sanarla antes de que acabemos viviendo en la ley de la selva.