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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Juan XXIII

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José Alarcón Hernández

Lic. en economía, con mención honorífica. Diputado Local dos veces y diputado federal dos ocasiones. Subsecretario de Educación Superior de la Entidad y Subsecretario de gobernación del Estado. Autor de 8 libros publicados por la Editorial Porrúa. Delegado de la SEP Federal en el Estado. Actualmente Presidente del Colegio de Puebla. A.C.

Martes, Abril 22, 2014

El Papa Juan, fue uno de los protagonistas del siglo XX. Gobernó la Iglesia en un periodo de grandes amenazas para la humanidad.

Eran los tiempos de la Guerra Fría. Habían disputas entre pueblos, naciones y religiones. También opresión, regímenes autoritarios, pobreza, hambre, desolación.

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Buena parte del alto clero vivía envuelto entre glorias medievales y fastuosidades.

Juan XXIII, el “Papa Bueno”, como lo llamaban, un hombre de origen campesino, diplomático significado entendía que la Iglesia necesitaba un “aggiornamento”.

Tenía 77 años de edad cuando fue elegido Papa, había nacido el 25 de noviembre de 1881.

El legado de este hombre santo puede resumirse en tres grandes aportaciones: su doctrina sobre la paz y la colaboración entre los hombres y los pueblos, el Concilio Vaticano II y el Testimonio Personal de Santidad.   

Publicó ocho encíclicas, entre estas la Mater et Magistra y la Pacem in Terris.

En esta afirmó: “La paz entre todos los pueblos ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”.

“El progreso científico y los adelantes técnicos demuestran la grandeza infinita de Dios, creador del hombre y el universo”.

“El hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que son universales e inviolables.  No pueden violarse por ningún motivo”.

“Tiene derecho a la existencia y un decoroso nivel de vida…derecho a la propiedad privada; de reunión y asociación; a la residencia y emigración; a intervenir en la vida pública; a la seguridad jurídica”.

“El hombre debe respetar los derechos ajenos, colaborar con los demás; actuar con sentido de responsabilidad”.

El Papa también afirmó:

A los trabajadores no se les debe considerar objetos carentes de razón y libertad. Los hombres son ciudadanos independientes. Son, por dignidad, iguales entre sí.

La autoridad está obligada a consagrar su actividad al bien común, sin preferencias o privilegios. Mandar según la recta razón. Una ley injusta no tiene carácter de ley.

Juan XXIII recuerda las palabras de San Agustín: “Si se abandona la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios?”.

El Concilio Vaticano II, que se inauguró el 11 de octubre de 1962, fue la apertura de la Iglesia para ponerse al día y a tono con el Evangelio y con la humanidad.

Buena parte del alto clero no estaba de acuerdo con la realización del concilio porque lo consideraban una amenaza para sus privilegios y costumbres añejas. Su alto status estaba en “riesgo”.

Participaron en el concilio alrededor de 2500 obispos y asesores. Fue un acontecimiento que tuvo consecuencias, fundamentalmente positivas para la Iglesia.

Por cierto, en ninguno de los documentos emitidos se hace alusión al socialismo y al comunismo porque Juan XXIII tuvo la atingencia de enviar a su secretario de estado a concertar con el secretario general del partido comunista de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, para que conforme a los principios sustentados por el Papa prevalecieran la paz y la concordia.

El tercer legado fue su Testimonio Personal de Santidad. A propósito le comparto su decálogo de la serenidad.

Sólo por hoy:

Trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver los problemas de mi vida todo de una vez.

Tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé  criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

Seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en éste también.

Me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

Dedicaré diez minutos a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

Haré una buena acción y no lo diré a nadie.

Haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

Me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

Creeré firmemente –aunque las circunstancias demuestren lo contrario– que la buena Providencia de Dios se ocupa de mí, como si nadie más existiera en el mundo.

No tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Aquí también le comparto el testimonio de Juan XXIII, acerca del primer arzobispo de Puebla:

“¡Oh Puebla…! Yo conocí a Monseñor Ibarra, Arzobispo de Puebla. Sí, lo recuerdo muy bien…Tan piadoso, tan lleno de unción, tan bueno.

Hicimos juntos una peregrinación a Tierra Santa en 1906.

Íbamos en tren de Jaifa a Jerusalén. Yo era entonces el Secretario particular del Obispo de Bérgamo, Mons, Radini Tedeschi. Tenía yo pocos años de sacerdote.

Y la figura de Monseñor Ibarra se me quedó muy grabada.

Por cierto que ya no había nada qué comer en el tren, más que una canasta de sencillas frutas y recuerdo cómo, con toda sencillez, Mons. Ibarra y yo nos pusimos a comer.

Sí, lo recuerdo muy bien. Parece que después Monseñor Ibarra sufrió mucho en los últimos años de su vida. Eran tiempos de persecución religiosa en México.” 

El Papa Juan, murió el 3 de junio de 1963 por un cáncer de estomago. No pudo concluir el concilio. Lo termino su sucesor Pablo VI.

Mis correos:

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vicereparvo45@hotmail.com

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