Escribo mi memorial como simple lector que no sabe distinguir entre los diversos géneros literarios y que únicamente responde al sentimiento básico del me gusta o no.
Por lo tanto suelo clasificar mis lecturas con la simplicidad con la que, nuestro querido y recordado musicólogo, Álvaro Soriano y Bueno, lo hacía con la música refiriéndola como buena o mala.
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Así que como sacrílego lector, con gustos muy personales, suelo leer lo que me atrae dejando de lado lo académico y rebuscado, para evitar caer en la tentación de tener alardes innecesarios que pretendan demostrar que se es más culto que el otro, lo cual me parece sería una inútil pedantería.
Refiero esto, porque la obra de Gabo es tan vivencial y experimental en mí, que suele despertar el recuerdo de exclusivos asuntos familiares produciendo el efecto "mágico" que solían tener las historias contadas por nuestros "viejos".
Ese sabor tan rico, tan casero, tan de nosotros los latinoamericanos, en especial los mexicanos, que nos identifica con los Rulfo, con los Fuentes, con los Traven pero que nacen de la cultura del pueblo, especialmente el pueblo pobre, considerado ignorante por muchos, pero con una riqueza sorprendente en sabiduría y tradición.
Solo puedo decir que difícilmente habrá para mí un libro como el de Cien años de soledad, el cual en cuanto llegó a mis manos no pude dejar de leerlo de página a página por lo fascinante de su contenido y la forma tan apasionante como fue escrito, en especial el pasaje del padre de Aureliano llevándolo a conocer el hielo.
¿Cuento?; ¿narrativa?, ¿novela?, ¿prosa?, ¿poesía? ¿Realismo? ¿Realismo mágico? no lo sé, lo único que puedo concluir es que cada personaje de Gabo es tan entrañable para mí como si fueran directamente parte de la familia.
Descansa Gabo.