Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El pueblo abstracto y la ciudadanía concreta

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Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 24, 2014

Por decreto presidencial el pueblo no existe.
El pueblo es útil para hablar en banquetes:
“Brindo por el pueblo de México”,
“Brindo por el pueblo de Estados Unidos”.

También sirve el pueblo para otros menesteres literarios:
escribir el cuento de la democracia,
publicar la revista de la revolución,
hacer la crónica de los grandes ideales.

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El pueblo es una entidad pluscuamperfecta
generosamente abstracta e infinita.
Sirve también para que jóvenes idiotas
aumenten el área de los panteones
o embaracen las cárceles
o aprendan a ser ricos….”

Jaime Sabines. Diario Oficial

Cuando uno maneja su automóvil temprano en la mañana o en el rayo del sol en medio del caos provocado por obras viales ejecutadas sin ninguna planeación, sin señalamientos que eviten tener que llegar a toparse con el embotellamiento en el lugar donde ya no se puede variar la ruta, sin la presencia de agentes de tránsito que agilicen o al menos pongan un poco de orden a la circulación, recuerda y entiende que el pueblo sólo es útil para hablar en banquetes, para llenar mítines en busca de votos, para hacer comerciales de autoelogio y precampañas anticipadísimas.

En el momento que uno platica con quienes usan diariamente el transporte público regido únicamente por la ley de la selva y tienen que esperar horas para que pase un autobús o un microbús atestado en el que se trasladarán de pie, arriesgando literalmente la vida para llegar a su trabajo o regresar a casa por la noche, revive en su mente este poema y se convence de que efectivamente, el pueblo es una entidad generosamente abstracta e infinita, un concepto en la mente de los políticos de todos los partidos, una idea sin carne ni hueso, sin historia ni necesidades, un medio para hacerse del poder, conservar el poder, perpetuarse en el poder.

Cada vez que uno se entera –en Puebla esto es cada vez más frecuente aunque se siga diciendo que tenemos una ciudad segura- de que a un vecino lo asaltaron en la calle, de que una vecina o un familiar llegó a su casa y encontró que ya se habían metido a llevarse los objetos que le costaron años de trabajo o aún peor, que a otra vecina la mataron cuando entraron a robar a su domicilio, experimenta con amargura esta realidad del pueblo abstracto que se usa solamente para dar realce a los brindis y decorar los informes de gobierno, para escribir el cuento de la democracia o publicar la revista de la revolución.

Cuando uno tiene un hermano, hermana, primo, amigo o conocida que se ha quedado sin empleo y que empeña semanas y semanas para buscar trabajo en un entorno que no solamente no crea nuevos puestos sino que sigue atascado en la dinámica de recortes de personal en instituciones públicas y empresas privadas y de precarización del empleo en las cada vez más reducidas plazas que se conservan, comprueba en carne propia que el pueblo, esa entidad abstracta, es lo que menos importa a los que tienen el poder y el dinero en una sociedad cada vez más excluyente y desigual.

¿Existe salida de este estado de invisibilidad y uso interesado del pueblo para el beneficio y lucimiento de los gobernantes? ¿Es posible cambiar este estado de cosas en la sociedad poblana y mexicana de nuestros días? ¿Se puede construir un sistema, una organización social y política en la que la gente empiece a contar?

La respuesta afirmativa a esta urgente exigencia de gobiernos y clases empresariales que tomen en cuenta las necesidades reales de las personas concretas más allá del uso pragmático y perverso del pueblo abstracto como pretexto que encubre las verdaderas intenciones y acciones, tiene que venir del empoderamiento de la sociedad que promueva una transición profunda que obligue a una nueva consciencia de quienes tienen el poder.

Esta transición es la que va del concepto del pueblo abstracto a la realidad de la ciudadanía concreta, es decir, de esa entidad “pluscuamperfecta, generosamente abstracta e infinita” a una colectividad real, concreta y acotada en el tiempo y el espacio que exige sus derechos porque cumple con sus obligaciones.

En efecto, el gobierno y los grupos de poder empezarán a respetar a las personas cuando dejen de verlas como esa entidad abstracta que sirve para los brindis y los banquetes o las campañas y empiecen a percibirlas como verdaderos sujetos de derechos que se plantan enfrente asumiéndose como interlocutores válidos para un diálogo constante que busque lo que realmente beneficie a nuestra ciudad, a nuestro estado y a nuestro país por encima de los intereses personales, grupales, partidistas o gremiales.

De ahí que sea hoy más que nunca necesaria la construcción de procesos y dispositivos de formación ciudadana en escuelas y universidades. Procesos de formación de ciudadanía activa, inteligente, responsable y crítica, capaz de organizarse y plantear protesta con propuesta para resolver los problemas acuciantes de trabajo, salud, seguridad, empleo, nutrición, educación, etc.

Porque en la mirada del pueblo abstracto están implicados tanto los gobernantes como los gobernados, tanto los empleadores como los empleados, tanto los que ignoran a la sociedad como la sociedad que permite ser ignorada y se resigna a ser un adorno en los discursos, un personaje con el que se escribe el cuento de la democracia todos los días.

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