En el marco del ciclo “funciones especiales” y como parte del programa Puebla en Movimiento, a través de la alianza CONACULTA en los Estados; el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, presentó en el Teatro Principal al Ballet Independiente Raúl Flores Canelo A. C., para celebrar su 48 aniversario de creación e interpretación coreográfica.
Bajo la dirección general de Magnolia Flores y con la directriz artística de José Rivera Moya -ambos miembros de la Sociedad Mexicana de Coreógrafos S. G. P. de IP-, la compañía de bailarines integrantes del ballet independiente, compartieron con una numerosa audiencia, joven en su mayoría, dos obras en sumo iluminadas, y no sólo en lo que a la parafernalia escénica se refiere, sino que, la vivacidad, la fluctuación energética, la frescura gestual, la fuerza y la precisión del trazo y la ejecución del diseño coreográfico; le dieron un toque de añoranza a esta función. Pues, predominó un estilo moderno de moverse, con formas propias de la harto aplaudida “danza nacionalista”. Combinaciones de secuenciación neoclásica con gestos típicos de la danza moderna, más guiños con las tendencias desarticuladoras y acrobáticas de la danza ecléctica de nuestros días.
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De 1987 y con la reposición y arreglos de Rivera Moya, el grupo de comprometidos bailarines interpretaron la coreografía Auras del fundador de la compañía, el maestro Raúl Flores Canelo. Estridente en su coloratura y en su musicalización, demandante en su entramado técnico – estético, esta obra, de principio, sedujo al público. Hubo quien aplaudió entre una sección y la transición para la siguiente. Tal vez, la atractiva contrastación del color de los vestuarios, o quizá la entrega de los bailarines a su danza. Lo que es un hecho, es que en esta compañía, ni hay ejecutantes de “relleno”, ni burócratas del arte de danzar; ni mucho menos, diletantes, como sí los hay en otros colectivos.
José Rivera, nos trajo una puesta cuya tonalidad pasaba por la farsa como por la melosa melancolía, del melodrama al tributo simbólico, que es Bailemos a Mozart por los ángeles que se han ido. Esta bella obra, que fue tejiéndose entre el 2001 y el 2006, logró silenciar a una audiencia conmovida por el sentido, delicioso manejo de los significantes espectaculares. El rojo de los claveles, la teatralidad jocosa, sensual y agradable de los vestuarios; ora nos recordó a Pina Bausch, luego nos remitió al ballet del trocadero; sin que estas referencias le quitaran gradiente alguno, al ameno y depurado constructo coreográfico de esta significativa obra. El rojo ¿es la pasión o la sangre derramada?, ¿es vida o es muerte?, ¿es la salud o es la enfermedad?, ¿es el odio o es el amor?, ¿qué es el rojo, es la filia o es la fobia? Después, su contrapunto con el blanco. ¿El blanco la mortaja, lo inmaculado, la pureza o, la nada? Ramos de flores como alas de las sílfides ausentes. Remembranzas de ideales difuminados. ¿Ángeles idos de pronto? ¿Amores arrebatados por la pulsión que mata? Ángeles danzados en una ofrenda coreográfica…