Dice un proverbio chino: “Si quieres acabar con los moscos primero seca el pantano”.
La milenaria cultura de ese pueblo, nos indica que para atacar un problema hay que ir a la raíz, la causa, para suprimir los efectos. Tal precepto es aplicable a Michoacán. En esa región como en otras del país, es inevitable mirar hacia atrás para entender el presente.
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La sola operación quirúrgica no funciona. El conflicto es la consecuencia de una montaña de rezagos, problemas no resueltos y, en el subsuelo, factores que no se pueden eliminar sólo con el fusil: la pobreza y la injusticia. Se dirá que esto no es privativo de Michoacán. Y es cierto. Pero ahí se ha dado un caldo de cultivo multifactorial propicio para el polvorín que hoy vemos.
La intervención de la federación en auxilio del gobierno estatal tendría que ser a fondo y con un plazo amplio. No concebirlo así es quedarse en los apagafuegos de Felipe Calderón, fórmulas repetidas de la fuerza y el fracaso, pantallas para la fuga de miles de millones de pesos para sus burocracias del área de seguridad y no se duda que él mismo.
Hoy vemos el impacto mediático del aparato policiaco y militar, una respuesta necesaria ciertamente. Apropiada por la capacidad de fuego que han alcanzado los grupos del narco. Pero la fuerza de la contraparte, las autodefensas, merece otro tratamiento. Ahí hace falta la política, no desligada de la estrategia de fuerza. Pero este tan solo es otro escalón hacia el fondo real.
Las bandas prosperaron por contar con un terreno fértil (la geopolítica incluida: 270 kilómetros de costa y vías accesibles a los EU) para sus negocios. Pero atrás de de este escenario hay, siempre la ha habido, una terrible pobreza. Michoacán siempre ha sido un gran expulsor de migrantes a los Estados Unidos.
Es, paradójicamente, una entidad también muy rica, con una clase empresarial exitosa e importantes exportadores, lo cual la convierte, por otra parte, en una atractiva fuente de recursos ilícitos para la delincuencia organizada. Todo esto junto es Michoacán. Territorio invadido por el corrosivo cáncer del narcotráfico, con alcaldes y policías a su servicio, o bajo su control.
Los gobiernos municipales y estatales sucesivos desarticulados, engullidos o rebasados.
Los gobiernos federales dejaron crecer el problema igualmente. La atención ha sido, como en el caso de Chiapas en su momento, volviendo la vista a lo urgente y dejando para después lo importante. Y lo importante subsiste. La ausencia de justicia en lo micro y en lo macro no podría engendrar otra cosa que un monstruo diabólico como el que hoy vemos.
La tarea tendrá que ser profunda y duradera. Pensar en la presencia de las fuerzas federales de modo temporal es intentar apagar el incendio de un bosque con cubetas de agua. La estrategia tendría que ser un modelo integral sui géneris, acorde a las circunstancias. Que comprenda el empleo, los apoyos y estímulos a la producción y al comercio, a la educación y a la democracia.
Todo, desde luego, con una indispensable capa de protección y seguridad sostenida, que pasará, de modo indispensable, por el saneamiento y justo trato (salarios, prestaciones, adiestramiento, equipo, etc.) a los cuerpos de seguridad locales. Sin una poderosa y bien capacitada, profesional, coraza de seguridad local, no vendrá la paz a esa zona. Pero esto va vinculado con lo de fondo.
Parece adecuada la intervención federal en la proporción que hoy vemos, porque no había otra salida. Aún así, el riesgo de un conflicto con características de una guerra civil localizada no es descartable, pero será inevitable si el tratamiento se queda únicamente en medidas de fuerza sin un programa de profundo contenido social, educativo, político y productivo.
Hasta ahora sólo hemos visto la razón de la fuerza. Es indispensable y urgente conocer las razones atrás de la fuerza.