Practico desde hace tiempo lo mismo que el fundador de Twitter, Jack Dorsey: usar el transporte público para moverme de un lado a otro y conectarme con las personas, aprender de ellas, conocer sus problemas y formas de pensar. Desde luego Dorsey para trabajar mejor en su estrategia empresarial, y yo, sólo por el placer de ser.
No sé las experiencias que Jack tiene en el día a día en esa aventura del transporte público cuando es una elección y no una necesidad. Pero recién tuve una experiencia interesante que me da la medida de muchas cosas de lo que somos.
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Cuando me incursiono en la vida en el Distrito Federal, uso tanto el Metro como todo lo que incluye el transporte público. Hace dos semanas que estuve allá, fui a cenar con una amiga y se me hizo un poco tarde para el regreso. Ya cansada y con los pies molidos por el caminar con zapatos de tacón alto, tomé el Metro y después un camión que me llevaría a mi destino final.
Cuando me subí al camión no había asiento disponible y lo resentí: “Pero ni modo, --me dije--, quién me manda traer zapatos de tacón alto”. Al pasar un poco más para atrás, como siempre nos mandan, noté que un joven sentado, tenía un bulto en el asiento de junto. Una señora mayor se encontraba parada al lado de los asientos y le pregunté que por qué no se sentaba. Y ella señaló el bulto. Yo más audaz, le pedí al joven permiso para pasar a sentarme y el joven con frescura me dijo que no podía porque estaba su bulto. Respondí con amabilidad que era un bulto, y él me dijo que había pagado doble pasaje para ocupar el asiento.
Quedé extrañada porque en los camiones urbanos, cuando alguien sube con bultos, no paga doble, y mucho menos, el bulto ocupa un asiento. Al ver mi intención de ir a preguntarle al chofer si el joven que había subido con su bulto había pagado doble, la señora mayor me miró con resignación y sin moverse, muy conforme, siguió de pie sin chistar. Emprendí mi camino hacia el lugar chofer cuando recordé que mi hijo, cuando me dirijo a hacer algo así, me dice que para qué si a las personas no les importa cambiar las cosas: es decir, en este caso, al chofer le vale madres si un joven pone o no su bulto en un asiento que una mujer mayor puede ocupar: si el joven le pagó doble, pues ya chingó. Y si no le pagó doble, ya nos chingamos todos, porque no va a detener el autobús para que el joven quite su bulto para que se siente la señora. Y la señora, acostumbrada a la descortesía y el abuso, pues se resigna y conforma, y en esos momentos sólo le importa llegar a su casa.
A medio camino para llegar al chofer, me detuve. Dudé de mi cometido. ¿Qué voy a ganar con preguntarle al chofer? Si me dice que el joven pagó doble, tiene derecho a ocupar el asiento. Si me dice que no pagó doble, le voy a tener que decir, con la pena, que al asiento tiene derecho la señora o yo, si la señora no quiere ocuparlo. Volteé a mirar a los pasajeros. A nadie le importaba que el joven ocupara el asiento con su bulto. Sólo a mí. Fui la única, en ese trayecto, que le pidió al joven el paso para ocupar el asiento. Nadie más lo hizo. Todos quienes espiaban el asiento, al ver el bulto, se quedaban sin hacer nada. Y el joven con la mirada perdida en el aire y una sonrisita cínica, sin hacer contacto con la gente a su alrededor, puso su barrera de “me-vale-madre”.
Dicen que la peor lucha es la que se tiene por dentro de una misma. Y así fue. No hice nada pero estaba emputada por no haberlo hecho. Cuando llegué a mi destino, mi familia me dijo: “Ahora sí te vieron tu lado pendejo; mientras tus piecitos ya no aguantaban, el bulto descansaba en su lecho y el joven se reía de ti bien sentado en sus nalguitas.” Aprendí que hay que ser como se es, no dejarse llevar por la inercia de la vida de otros, y ahí debí haber levantado al joven para que se diera cuenta que las personas son más importantes que las cosas.
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