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Anécdotas sobre el poder | Xavier Gutiérrez
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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Anécdotas sobre el poder

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Lunes, Octubre 14, 2013

La anécdota, madre de la historia, con frecuencia retrata mejor que un currículo la verdadera personalidad o la dimensión real  del ser humano. Es bueno, por tanto, conocerlas, analizarlas, porque a veces es como mirar con lupa a los seres humanos. Son como pequeños retratos psicológicos de las personas.

He aquí algunas. Acaso no con la fidelidad precisa del cuándo y dónde, pero sin duda ciertas.

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El ingeniero Luis Rivera Terrazas recién había concluido su rectorado al frente de la Universidad Autónoma de Puebla. Controvertido el hombre. Líder de multitudes en esos años candentes de luchas ideológicas en Puebla, con la UAP como eje de muchos movimientos.

A la semana siguiente de dejar la rectoría se incorporó a su modus vivendi durante tanto tiempo: dar clases. Salía del salón de clases cargando con una mano un  pesado  portafolios  o mochila lleno de libros. Un joven ex colaborador suyo lo encontró y luego del saludo se acomidió a ayudarlo con la carga. Cortésmente, el ingeniero no aceptó y sólo caminaron juntos unos pasos hasta el coche del ex rector.

Ahí, el ingeniero Rivera Terrazas abordó su “Opel” de modelo pasado y se marchó. Este cochecito era una reposición de otro igual que había sido destruido por un bombazo frente a su casa, en la colonia Bella Vista.  Cosas del tiempo: años después, los rectores de la UAP se movían durante y después de su rectorado como  auténticos Cresos, con una cauda de guardaespaldas, ujieres y serrallos por doquier.

Otra. También de rectores. Hace algunas semanas vino a Puebla el rector de la UNAM, doctor José Narro. Venía para asistir como invitado especial a una ceremonia en el Complejo Cultural de la BUAP. Llegó a bordo de una camioneta conducida por su chofer y únicamente acompañado por un amigo suyo.  Así llegó y así se fue. Apenas se advirtió su presencia. Otra vez, ajeno al ostentoso y con frecuencia insolente aparato de seguridad de sus colegas poblanos.

Otra más. Recuerdo haber visto, en la contraportada del periódico “Intolerancia”, hace algunos años, una fotografía francamente de colección acerca del uso y abuso del poder a la poblana. El rectorado del doctor Enrique Dóger vivía su momento cumbre. Ese diario (¿o fue “Cambio”?) publicó  una foto en la que estaba de pié y con la cabeza hacia abajo el doctor Dóger. A sus pies, un ayudante suyo en cuclillas o con una rodilla hincada le ataba las cintas de un zapato.

El abogado Carlos Trujillo Pérez fue un poderosísimo secretario general de gobierno con el gobernador Alfredo Toxqui.  El tenía facultades plenas para resolver mil asuntos con su criterio y voluntad. Eran los tiempos de partido único. El periodo clásico del priismo.  El poder tras el trono, se decía.  ¡Y vaya que lo ejercía con dureza!. Los cuerpos de seguridad estaban bajo sus órdenes.

Hombre de poder absoluto, don Carlos, hasta el último día del doctor Toxqui.  Al día siguiente, tras rendir protesta como nuevo gobernador el licenciado Guillermo Jiménez Morales, una multitud se concentró  para el tradicional besamanos frente al  antiguo palacio de gobierno, en Reforma 711. El gentío, bajo el rayo del sol de las 13 horas se arremolinaba  a las puertas del palacio. Ahí, a un metro de la puerta principal del edificio custodiado severamente por policías uniformados, ahí estaba don Carlos, apiñado, como uno más del montón queriendo entrar, perlada de  sudor la frente y mojado igualmente el cuello de la camisa. Un rifle de un policía casi le apretujaba el cuello conteniendo los embates  de la multitud de atrás.

Él, don Carlos Trujillo, que el día anterior era el segundo hombre más poderoso del estado.

El General Lázaro Cárdenas, presidente de la república, cuentan sus biógrafos,  en algunas de sus giras por el país, de pronto se apartaba un poco de la comitiva, y fuera de programa, o rompiendo todas las reglas, se ponía a platicar bajo la sombra de un árbol con un pequeño grupo formado por ocho o diez campesinos. El encuentro podía durar una o dos o más horas. Sentados en vetustas sillas o en el suelo.

¿Qué tanto hablaba con esos hombres? “Demagogia”, decían después sus críticos. Lo cierto es que al paso de los años, su nombre e imagen perdura como huella en el tiempo de uno de los presidentes más respetados y respetables del país.

Mahatma Gandhi  puso a temblar al imperio inglés, sin armas. Unos espejuelos redondos, un sayo y la fuerza de la razón en su verbo era todo lo que acompañaba a su esquelética y diminuta figura. ¿Requiere más armas la razón y la dignidad?  Él, “Alma Grande”, demostró que no.

El  poder es así, fugaz, temporal, engañoso, vulnerable. Bien empleado tiene la fuerza de un ejército indomable, que se le usa igual para construir que para destruir.  Mal empleado es coraza de sinvergüenzas, pedestal de enanos que lo son y seguirán siendo a pesar de que se suban a la punta del Everest.

El poder igual que el alcohol no transforma  ni trastorna a los hombres, lo hace ver en su auténtica dimensión. Los revela como son realmente. La magia del poder ciega a la mayoría de quienes lo ejercen. Cuando despiertan aquél se ha ido, se volatilizó. Dura unos minutos en la relación infinita del tiempo, y hay quienes piensan que dura siglos. Hitler habló de su imperio de mil años, y al poco tiempo estaba convertido en ceniza.

El poder es humo…

xgt49@yahoo.com.mx

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