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Opinión



Lo que sí dijo Ocejo

Miércoles, Octubre 2, 2013 - 17:42
 
 
   

El pasado día sábado 28 de septiembre el Comité Directivo Estatal del Partido Acción Nacional, a través de su Presidente, convocó a la militancia de todo el Estado a conmemorar el 74º aniversario de la fundación del partido. Con tal motivo, se invitó al Ing. Jorge Ocejo Moreno, Presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América –ODCA-, miembro del Comité Ejecutivo Nacional, exsenador de la República, exdiputado federal, exsecretario general del mismo Comité, Consejero Estatal y Nacional, a dar un mensaje.

Este discurso ha dado lugar a que se desate una serie de interpretaciones en los medios de comunicación y a que se infiera motivaciones políticas al respecto. Por ello, me parece que antes de abonar a dicha polémica, es necesario conocerlo a detalle. Me perimito transcribirlo literalmente. No tiene desperdicio.

“Llegamos a este aniversario para festejar y también reconocer a quienes fundaron instancias partidarias, desarrollaron su liderazgo y hoy se mantienen firmes. Pero también la fecha se presta para hacer reflexiones y expresar algunos extrañamientos.

Me conocen ustedes, porque hablo en positivo. Y no he sido nunca una voz que condena, ni un militante que cuestiona sin razones. Pero hay veces y hay cosas que uno tiene que reconocer y poner sobre la mesa. El debate serio, es parte de nuestra vida política y nos permite confrontar posiciones y tomar las mejores decisiones.

Durante setenta años fuimos oposición, no solamente porque el sistema era fuerte y nosotros no habíamos ganado a la mayoría. Nunca porque el sistema tuviera razón al imponerse o negar la participación de nuestra propuesta, sino porque nunca nos planteamos ganar a la mayoría sobre la base del engaño, del efectismo de la propaganda o de la oferta más llamativa y superficial. Menos aún por la compra del voto.

No tuvimos antes el poder porque no aceptamos cualquier camino para llegar a él, porque no creímos que el fin del poder justificaba cualquier medio para alcanzarlo, sino porque nuestra convicción era llegar a él cuando los principios de la democracia que estuvimos promoviendo y exigiendo, fueran comprendidos y asimilados por una nueva mayoría, que al hacerlos suyos nos elevaran hasta el pináculo de las instituciones.

En lo personal como militante de esta tradición he convalidado y defendido lo que nuestro partido va acordando de manera democrática. Y también como hombre de principios y valores, me he opuesto en la discusión interna a las decisiones que no considero apegadas a lo que históricamente ha sido el PAN.

Este, el nuestro, fue el partido que cuestionó todos los procesos electorales que se sucedieron en México desde los años veinte y hasta que se nos empezaron a reconocer los triunfos.

Este fue un partido que escogía a sus miembros, pero que luego decidió afiliarlos por internet, sin siquiera haberlos visto. Pero esta modernidad y la tercera ola convierten a las instituciones en tierras de cualquier navegante, de cualquier bandera, sin principios ni compromiso.

Podemos decir con orgullo que el Partido Acción Nacional ha sido un gran contribuyente a la democracia de México. Muchos años hemos vivido bajo una ideología de un Estado en el que todo lo público era bueno, todo lo privado condenable.

Pero repasando la historia del PAN me he preguntado si algunos cambios que hoy observamos tienen que ver con nuestra identidad.

Cierto es que, cuando un instituto político pasa de ser oposición o minoritario, a ser responsable de la administración se le presentan nuevos retos, nuevas necesidades y caminos inéditos.

Esto desde luego resultó más difícil que ser oposición y tener un discurso puro, impoluto, que solo contenía nuestras inconformidades y nuestra perspectiva. Eso fue inédito en México y es un mérito enorme del Partido Acción Nacional. Pero no parece formar parte de la herencia adquirida que hoy nos distinga.

Tiene tal importancia que en aquellos días decíamos que la política implica la determinación, la voluntad de confrontar y aprender a ceder ante el interés de otros, para conseguir una nueva unidad.

Y esto significaba que esperábamos la misma actitud en nuestros aliados, es decir, el que todos cedíamos ante los argumentos y representatividad de los aliados, y al hacerlo juntos conseguíamos un nuevo discurso que nos incluía a todos. Eso es muy distinto de la práctica hoy extendida de cambiar un apoyo por otro.

La política que busca consensos, y que nos enseña a ceder para ampliar la representación, me parece un principio correcto, porque es el camino a la inclusión y a la unidad de lo diverso. Pero la política que sin consensos y por encima de principios avanza en las posiciones de poder, negociando solamente intereses con otras fuerzas políticas, sin duda degrada el ejercicio de la política y termina por perjudicar a la mayoría.

No era parte del ser o la usanza del Partido Acción Nacional ganar una elección a como fuera, o con cualquier candidato. Muchas veces escogimos al candidato que mejor representaba lo que somos y lo que proponíamos, aunque ello fuera a conducirnos a no lograr el triunfo electoral. Pero mantuvimos la esencia que luego nos dio triunfos, triunfos nuestros, de Acción Nacional.

Me preocupa hondamente el que algunas veces hayamos aceptado caprichos del poder o concesiones a quien más dinero ofrece en los procesos electorales. Eso no es parte de la herencia, ni lo que va a darnos un lugar de honor en el futuro político de México.

Y me pregunto si algunos compañeros solo aspiran hoy a militar en un partido de intereses; donde el poder lo es todo, y el servicio y el compromiso y los principios, pasan a ser cuestiones secundarias.

El patrimonio del PAN está anclado en una moralidad y en una ética. Lo que no debe cambiar o no se puede sustituirse es la moral y los principios. Guardo en mente la imagen de Maquío, que antes que nada era un demócrata. La imagen de Carlos Castillo, que antes que nada era un filósofo que militaba desde la moral. Pienso en los fundadores, que encontraron motivos en la corrupción gubernamental de los caudillos de aquel tiempo, para emprender la ruta que nos ha traído hasta aquí.

Pero parece prudente subrayar cuál es el camino. Cuál es el camino que ya recorrimos. Y cuál es el camino que nos queda adelante.

Haciendo recuento de lo que ha conseguido el PAN en estos tres cuartos de siglo podríamos decir que en el camino que dejamos atrás como huella están:

1  La rectitud y consecuencia. Una rectitud republicana que respetó la ley. Pero que nunca la acomodó para su conveniencia.

2 La transparencia política. Una transparencia que expuso con claridad lo que perseguíamos y que nunca recurrió a la simulación para ganar consensos.

3  El privilegio del fondo, del contenido, de los grandes objetivos, sobre cualquier interés parcial o inconfesable.

4   El principio de subsidiariedad, que parte de la noción de tanta sociedad como sea posible y solo tanto estado como sea necesario y

5   El respeto por la identidad, tanto del partido como de la Nación, que tiene en su más íntima naturaleza, la solidaridad entre los mexicanos.

Mi percepción es que en aras de fortalecer el poder, fuímos débiles en la defensa de los principios e inconsecuentes en la aplicación de sus dictados. Estamos en un momento de definiciones. El partido vive una época con peligros latentes. Hoy tenemos a los que en el lugar de los principios y el ejemplo de Maquío, de Gómez Morín o de González Luna, nos quieren contaminar sin respetar nuestra esencia.

Ese poder no es el que necesita Acción Nacional si quiere volver a conducir este país durante el presente siglo. Mal haríamos en continuar por la vía del poder por el poder, o de optar por  las ofertas de alianzas sin principios.

El país no nos lo perdonará.

Los militantes que defendemos y practicamos los principios del PAN, queremos ver este aniversario como un momento de sincera confirmación de nuestros valores y como efectivo retorno a la sobriedad. Yo no creo, como algunos otros, que llegar al poder justifique el empleo de aquello que ha destruido a las instituciones o corrompido a los políticos.

Yo sigo creyendo en la defensa de los principios sobre la base de los cuales, un día el pueblo nos llevó al poder cansado de trampas, corrupción e intereses opuestos a los de la mayoría. Creo y defiendo el ejercicio de la política y la aspiración del poder como algo que ennoblece y no como un ejercicio que denigra, que corrompe o que nos vuelva cínicos.

Estoy seguro de que el pueblo aspira a encontrar en la imagen y en la oferta de los candidatos nuestros, el arquetipo de las mujeres y los hombres sobrios, sanos, sinceros, que sean ejemplo de conducta, confirmación de transparencia y fuente de confianza.

Es mi convicción que se equivocan quienes están decididos a poner los principios que nos hicieron históricamente fuertes, por debajo de lo que puede darnos triunfos efímeros basados en el efectismo, pero carentes de moral y de legitimidad.

Los que gobernarán en el futuro este país, deben ser los que rescaten lo mejor de las tradiciones mexicanas y tengan el valor de generalizarlas. No los que se apoyen en las prácticas de la manipulación y cultiven la corrupción generalizada. Creo en la democracia, no en la manipulación y el pan y circo. Creo en el esfuerzo y el camino largo que nos trajo hasta donde hemos llegado. 

Y sobre todo, confío en el pueblo, que puede tener la debilidad de aplaudir hoy al más sonriente y más simpático, pero que sólo extenderá su mano al que junto con él haga el esfuerzo de levantar, con dignidad y con convicción, una sociedad participativa, empeñada en dar solución real a sus necesidades.

He peleado contra el liberalismo extremo, ese que nos obstruyó el ejercicio legislativo y mantuvo la continuidad de una economía que confunde la prosperidad y el desarrollo humano con el simple crecimiento y que en lugar de constatar el bienestar de los ciudadanos se contenta con el control de las variables macroeconómicas.

Me he opuesto a ese liberalismo porque creo en la urgencia de fortalecer la producción para el mercado interno, y en que el papel del Estado debe refrendar su responsabilidad promover la inversión y el fomento de la economía.

El Partido Acción Nacional está emplazado. Está emplazado a orientar a la ciudadanía en la conservación de los espacios democráticos que hemos conquistado. Está emplazado a orientar a los mexicanos en la defensa del interés Nacional.

Así se llama el Partido, Acción Nacional. Está emplazado a ser un partido de acción y no de contemplaciones. Pero está sobre todo emplazado a ser un partido de verdad, que defienda lo que los ciudadanos saben, lo que las mayorías dicen y lo que los hombres honrados defienden.

Felicidades a todos los que en el contexto de esta celebración, han sido precisamente reconocidos por ser la fuerza y vida de nuestro gran Partido.

Larga vida al Partido Acción Nacional.

Viva México.”

 

La siguiente semana me permitiré hacer algunos comentarios.

 

Juan Carlos Espina von Roehrich


Semblanza

Juan Carlos Espina

Regidor del Ayuntamiento de Puebla, preside la Comisión de Asuntos Metropolitanos (2014, a la fecha). Fue Diputado de la LVIII Legislatura en el Congreso del Estado de Puebla donde presidió la Comisión de Gobernación y Puntos Constitucionales. (2010–2013). Fue delegado Estatal del Instituto Mexicano del Seguro Social en Tlaxcala (2006-2010). Fungió como asesor del Secretario de Gobernación Federal (2004-2005). Ha sido Diputado Federal en la LVII Legislatura (1997-2000). Ocupó el cargo de Presidente del Comité Directivo Estatal en Puebla  (1994 y 2001-2004). Es catedrático de Derecho Parlamentario en  la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (2012 a la fecha). Impartió la cátedra de Derecho y Geopolítica Electoral en  la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (2010-2011). Juan Carlos Espina Von Roehrich es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Cursó un diplomado en Doctrina Social. CISAV Querétaro 2013 y un diplomado de Organización de un Partido Político Moderno, en la Fundación Konrad Adenauer. Bonn, Alemania (1995).

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