En las últimas semanas hemos visto como el gobierno de Enrique Peña Nieto a través del aparato político del que dispone se mofa de la sociedad mexicana recurriendo a la memoria histórica del general Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera, adueñándose de una consigna que le es opositora ¡no a la privatización!, de la manera más fantoche expone la necesidad de modernizar PEMEX con la inversión de capital privado, encubriéndolo en los llamados contratos de utilidad compartida, que no es otra cosa que mutilar el artículo 27 constitucional, mientras este expone que todo recurso natural de México no se puede entregar a manos extranjeras lo que propone el Ejecutivo Federal en la estrategia nacional de energía es simular esa entrega de una manera muy sencilla: regalar a las transnacionales los recursos naturales en efectivo, es decir, no podrán llevarse el recurso pero si podrán quedarse con las ganancias.
Los argumentos para proponer tan cruel encrucijada son variados pero entre ellos se encuentra la modernización para el progreso. Pero ¿qué es el progreso? La idea de manejar un concepto tan positivo y liberal se remonta a los orígenes del capitalismo y la revolución industrial, concepción que se utilizo especialmente en México a partir del siglo XIX y que sumió al país en una severa crisis social, no porque la ingeniería fuera mala, sino porque la explotación de bienes nacionales enriquecían a una minoría en nombre del progreso mientras que el resto de la población se sumía en la pobreza y la explotación.
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Por ende una de las lógicas del progreso es la producción, sin embargo la historia ha demostrado que una producción desmedida y sin planificación no sólo genera un aniquilamiento de los recursos naturales, sino también propicia una especulación que en el peor de los casos deviene en una crisis económica. Por ejemplo: México produce 2.5 millones de barriles de petróleo diarios cuando el país solo necesita para su autoabastecimiento de 1.7 millones, es decir, tenemos una sobreproducción de petróleo que desgasta nuestras reservas, cuestión que no le interesó al gobierno de Felipe Calderón, el cual consumió la mitad de la reserva petrolera de la nación para vendérsela a Estados Unidos, país que incrementa sus reservas y su control sobre el mundo. Ahora el actual presidente propone producir 2 millones de barriles más, en la lógica de terminar con nuestro recurso y concluir en la triste realidad de ser un traspatio de Estados Unidos.
México parece estar condenado a un pensamiento de subdesarrollo idealizando la tecnología extranjera y desvalorizando la producción científica nacional. Debería recordarse que después del 18 de marzo de 1938, día de la expropiación petrolera, las grandes transnacionales sólo dejaron fierros viejos a PEMEX y se negaron a asesorar en tecnología, fueron los petroleros mexicanos junto a los ferrocarrileros quienes lograron levantar la industria petrolera a través de lo que ellos mismos denominaron “la guerra del parche”.
Por otro lado ¿cómo entender que el petróleo es nuestro? Dicen algunos que el petróleo no es de todos porque jamás han visto un peso en sus manos que venga de él. Pero se encuentran equivocados, las ganancias petroleras a pesar de la gran corrupción que impera en su administración, contribuye a programas de salud, educación, cultura, infraestructura etc. Es ahí donde PEMEX es de todos.
Entonces ahora que PEMEX está en riesgo de convertirse en una mega oficina que administre el saqueo del país perpetrado por las hermanas transnacionales (que los mismo intentan hacer en África central y Argentina) ¿cómo se invertirá en programas sociales que apoyen a la mayoría? Si un porcentaje elevado de las ganancias petroleras quedaran en manos de particulares extranjeros y la oligarquía política mexicana es decir; una minoría ¿quiénes pagaran la educación pública y gratuita y demás proyectos de suma importancia? La respuesta es sencilla, todos los mexicanos pagaremos cara la sangre del petróleo sino entendemos que la nacionalización de este es producto de un proyecto que transformó a México en todos sus ámbitos. Si no comprendemos que la masiva oleada de engaños responde a una estrategia de guerra donde los vencidos seremos la gran mayoría. Ya lo decía el estratega militar Sun Tzu “el arte de la guerra es el arte del engaño”.