Cultura
El gato y el camaleón
El camaleón de Victoria disimula la pesadilla de Mulay, la cucaracha de Kafka simula la pesadilla de Gregorio Samsa.
Miguel Ángel Pérez Maldonado
Uno de los grandes inicios en la literatura universal es aquel donde “Gregorio Samsa, tras un sueño intranquilo, despertó una mañana convertido en un gigantesco insecto”. Desde la primera línea, la novela de Kafka atrapa al lector, lo mata una duda: ¿Por qué demonios Gregorio Samsa se convirtió en una cucaracha? La novela, o nouvelle, de Victoria, inicia también con una metamorfosis, la de Mulay, el héroe de la novela, quien tras padecer el encierro carcelario y una enfermedad hidropática, se transmuta en un camaleón, desde el principio Victoria escribe el motivo de esta transformación: “Y me transformo, es la única posibilidad de salir de esta pesadilla”. De nuevo, como en la novela de Kafka, a uno lo invade la curiosidad, la de saber ¿por qué demonios este hombre padece un sacrificio tan demoledor que ha tenido que huir de sí, transustanciarse en un camaleón? La novela, desde el principio, nos instala en el misterio, y ya nos jodimos, nos han enganchado al mismísimo estilo que lo hizo Gregorio Samsa. Victoria, con la bola de estambre del camaleón, convierte a los lectores en gatos curiosos; en el primer capítulo, Victoria nos vuelve, a todos, unos gatos.
El camaleón de Victoria disimula la pesadilla de Mulay, la cucaracha de Kafka simula la pesadilla de Gregorio Samsa. Ambos llevan una vida pesadillesca, de hecho todos hemos vivido una pesadilla, la diferencia es que ni ustedes ni yo nos hemos convertido en insectos o reptiles para salvarnos de la pesadilla; ya dijimos que en gatos sí, pero sólo cuando leemos inicios tan alevosos como éste en que nos meten listón para sacar gato. Convertirse en camaleón convierte a la novela en una novela fantástica, entramos desde el principio a un mundo oleaginoso, las cosas se vuelven indeterminadas, el mundo adquiere entonces su dimensión mágica, que Mulay se convierta en camaleón significa que hay magia, incluso en la desesperación, o gracias a ella, que ante la prosa de estar en prisión se alza la poesía que hay en cambiar el color de piel según la corteza de los días y los años. Gracias al camaleón, hay dos torrentes en la novela: la prosa, que es la épica de Mulay, hombre de ambiciones de poder y dinero; y la poesía, que es Zhora, la hermana de Mulay, quien cree que el mundo tiene una dimensión mística a pesar de la prosa de su hermano y sus pequeñas ambiciones. Mulay es todos nosotros, o al menos yo, un hombre pedestre con ambiciones no menos pedestres; y Zhora es aquello que a veces hemos presentido: que la vida es una forma de comunión con el espíritu, con una fuerza superior.
Cuando Borges escribía sobre la historia universal de la infamia, cada uno de nosotros escribía su infamia personal, y Victoria escribía sobre la infamia individual que azoró a Mulay, encarcelado por su hermano de leche, envenenado del alma tras cuatro años de encierro y deseando vengarse de su suerte, todos nosotros hemos sufrido una infamia y hemos deseado vengar esa ignominia, nos hemos envenenado hasta ser serpientes, hemos deseado el poder y la gloria y nos hemos vuelto grandes zorros para conquistarlo con diversas audacias. La infamia de Mulay podría ser la misma que nos ha ulcerado el alma, sin embargo la infamia de Mulay, por muy parecida a la de todos los hombres, se sufre desde el Marruecos de la primera mitad del siglo pasado, los años veintes del siglo veinte en un Marruecos morisco y mahometano, donde las horas se organizan en torno a una dimensión de Dios y del hombre, en donde la sed se mide en el número de oasis y la sangre se debate entre las montañas, entre los intereses mezquinos de europeos y lugareños, en donde una mujer, Zhora, muestra que lo divino, la dimensión divina, contiene una fuerza poética y que el sentimiento religioso también es una manera de la poesía, pero también es una manera de padecer el paso de las horas, a la espera de la muerte. Y aquí una vez más los gatos, osea nosotros los lectores, nos volvemos a asombrar: la profundidad con que Victoria narra la vida en el desierto y las montañas, hace que podamos casi olfatear la arena, sentir en mano propia las cuentas para orar de Zhora, imaginamos que Victoria husmeaba ella misma desde niña esos mundos, y sabemos que nos los trajo intactos, olfativos, táctiles, fáciles para nuestros bigotes, asibles para nuestras garras.
Cuando le dije a Victoria que su novela me había parecido una bella sorpresa, me quizás yo la creía una tonta, lo vuelvo a decir, este gato se asombró de la novela porque hay episodios verdaderamente poéticos, con metáforas demasiado afortunadas, con descripciones precisas y exactas, momentos poéticos cuando Mulay está arrinconado o cuando Zhora habla de su amor pospuesto, poesía que no me esperaba de Victoria, quien tiene esa piel de poeta, un cambio de piel que no le conocía, lo cual la vuelve a ella misma un verdadero camaleón.