Hay murallas que no aparecen en los mapas. No están hechas de piedra, pero separan personas, destruyen comunidades y parecen, a veces, imposibles de derribar. Se llaman violencia, pobreza, corrupción, desigualdad, polarización, soledad, indiferencia o desesperanza.
Frente a ellas, la antigua historia bíblica de Jericó puede adquirir una sorprendente actualidad. El libro de Josué relata cómo el pueblo de Israel rodeó durante siete días aquella ciudad fortificada hasta que finalmente cayeron sus murallas (Jos 6,1-20). Leído hoy desde el Evangelio, el relato no puede convertirse en una invitación a derrotar personas. Nuestros adversarios no son quienes piensan diferente. Los nuevos muros de Jericó son las realidades que impiden vivir con dignidad, justicia, fraternidad y paz.
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Esta interpretación permite también mirar de otra manera una práctica conocida por numerosos católicos como el Sitio de Jericó: jornadas prolongadas de oración, adoración y perseverancia ante situaciones que parecen humanamente insuperables. Pero hay una pregunta incómoda que merece plantearse: ¿basta con rezar para que caigan las murallas?
Cuando una sociedad pierde el miedo
La historia contemporánea ofrece un episodio revelador. Cuando Juan Pablo II regresó a Polonia en junio de 1979, encontró una nación gobernada por un régimen comunista que durante décadas había intentado controlar la vida pública y relegar la religión al ámbito privado.
El Papa no llegó acompañado por soldados. Tampoco convocó a una revolución violenta. Hizo algo aparentemente más sencillo, pero extraordinariamente poderoso: ayudó a millones de personas a recordar quiénes eran. Las multitudes que participaron en aquella peregrinación descubrieron que no estaban solas. La fe que parecía reducida a iglesias y hogares apareció públicamente como una enorme fuerza comunitaria.
Antes de cambiar las instituciones comenzó a cambiar la conciencia. Antes de caer determinadas estructuras políticas comenzó a derrumbarse otra muralla: el miedo. Ahí encontramos una enseñanza que trasciende la experiencia polaca. Las transformaciones sociales no comienzan solamente con leyes, elecciones o cambios de gobierno. También empiezan cuando las personas recuperan la conciencia de su dignidad y descubren que pueden intervenir responsablemente en la historia.
El primer Jericó puede estar dentro de nosotros
Esta dimensión interior adquiere particular relevancia en el reciente magisterio de León XIV. El Papa ha insistido en la relación entre la transformación del corazón y la construcción de la paz: “Donde los corazones se renuevan, comienzan a abrirse nuevas posibilidades” (León XIV, 2026).
La idea resulta sencilla, pero exigente. Queremos acabar con la corrupción, pero debemos preguntarnos por nuestra propia honestidad. Nos preocupa la polarización, pero quizá nosotros mismos hemos dejado de escuchar a quien piensa diferente. Rechazamos la violencia, pero podemos alimentar resentimientos. Denunciamos la indiferencia social, mientras corremos el riesgo de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.
Por eso la oración tiene una función social que frecuentemente olvidamos: antes de pedir que Dios cambie las circunstancias, permite que cambie quien debe enfrentarlas. Pero allí no puede terminar todo.
Rezar y después salir
Una espiritualidad que permanezca encerrada en el templo resulta insuficiente ante los problemas sociales. Orar no sustituye trabajar. La fe no sustituye la política. La Providencia no elimina nuestra responsabilidad.
Francisco lo expresó claramente en Fratelli tutti: cuando las personas se unen para desarrollar procesos sociales de fraternidad y justicia entran en “el campo de la más amplia caridad, la caridad política” (Francisco, 2020, n. 180). León XIV ha continuado esta línea al presentar la fraternidad no solamente como una aspiración espiritual, sino como una realidad que debe traducirse en decisiones y procesos compartidos.
Esto cambia radicalmente la manera de comprender un Sitio de Jericó. Podemos rezar por la paz, pero después debemos trabajar para disminuir la violencia. Podemos pedir por los pobres, pero tendremos que preguntarnos qué condiciones perpetúan su pobreza. Podemos pedir mejores gobiernos, pero también debemos ejercer responsablemente nuestra ciudadanía. Podemos pedir justicia, pero tendremos que construir instituciones capaces de hacerla efectiva. La oración madura cuando se convierte en misión.
Las murallas también son estructurales
La Doctrina Social de la Iglesia aporta aquí una distinción fundamental: no basta con ayudar individualmente a quien sufre; también debemos transformar las condiciones que producen sufrimiento. Francisco propone crear “instituciones más sanas, regulaciones más justas, estructuras más solidarias” (Fratelli tutti, 2020, n. 186).
La diferencia es enorme. Dar alimento a quien tiene hambre es caridad. Trabajar para que pueda vivir dignamente de su trabajo también lo es. Acompañar a una víctima es indispensable. Construir instituciones que eviten nuevas víctimas también. Ayudar a una familia excluida es solidaridad. Modificar las condiciones que perpetúan su exclusión es justicia social.
Esta puede ser una de las actualizaciones más profundas de la imagen de Jericó: no basta con lamentarnos frente a las murallas; debemos transformar las condiciones que continuamente vuelven a levantarlas.
Nuevos muros, también digitales
A los problemas tradicionales se suman ahora otros. La revolución tecnológica y la inteligencia artificial pueden crear oportunidades extraordinarias, pero también nuevas formas de desigualdad, manipulación y exclusión. El reciente magisterio de León XIV ha planteado precisamente el discernimiento tecnológico desde una pregunta esencial: si el progreso ayuda realmente a crecer “en humanidad y fraternidad” (León XIV, 2026).
Porque también existen murallas digitales. Surgen cuando las personas quedan reducidas a datos; cuando los algoritmos discriminan; cuando las redes sociales premian la confrontación; cuando la tecnología concentra poder en pocas manos o cuando sustituimos relaciones humanas por conexiones incapaces de producir verdadera comunidad. La cuestión ya no es solamente cuánto puede hacer la tecnología, sino al servicio de quién está aquello que somos capaces de hacer.
Derribar muros sin destruir personas
Existe otra enseñanza indispensable. Combatir una injusticia no significa convertir en enemigo a quien consideramos responsable de ella. Podemos enfrentar la corrupción sin odiar al corrupto. Defender nuestras convicciones sin humillar a quien piensa diferente. Exigir justicia sin buscar venganza.
Por eso León XIV ha señalado entre los auténticos instrumentos para construir la paz “la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor” (León XIV, 2026). Estas podrían ser las nuevas trompetas de Jericó. No destruyen personas. Derriban aquello que impide reconocernos como hermanos.
¿Qué muro queremos derribar?
Cada persona tiene algún Jericó. También cada familia, comunidad y nación. Pero quizá estamos formulando incompletamente la pregunta cuando decimos: ¿qué muro queremos que Dios derribe? Podríamos añadir otra: ¿En qué personas necesitamos convertirnos mientras caminamos alrededor de ese muro?
Porque quizá después de siete días el problema siga existiendo, pero nosotros tengamos más fortaleza, humildad, paciencia, capacidad de perdonar y valentía para actuar. La oración cristiana no pretende alejarnos de la historia. Nos prepara para entrar responsablemente en ella.
Ese puede ser el Sitio de Jericó que necesita nuestro tiempo: orar para no perder la esperanza, actuar para no caer en la resignación y convertir la fe en fraternidad, justicia y compromiso con el bien común. Porque derribar los muros nunca será suficiente. Después habrá que construir puentes.
Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:
Referencias
Francisco. (2020, 3 de octubre). Fratelli tutti: Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. Santa Sede. Fratelli tutti (3 de octubre de 2020)
Juan Pablo II. (1979, junio). Peregrinación apostólica a Polonia. Santa Sede. Viaje apostólico a Polonia (2-10 de junio de 1979)
León XIV. (2026a, 15 de mayo). Magnifica humanitas: Carta encíclica. Santa Sede. Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026)
León XIV. (2026c). Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz 2026: La paz esté con todos ustedes: hacia una paz «desarmada y desarmante». Santa Sede. Mensaje del Santo Padre León XIV para la LIX Jornada Mundial de la Paz 2026: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz «desarmada y desarmante»».
León XIV. (2026d, 15 de agosto). Mensaje con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Santa Sede. Mensaje del Santo Padre con ocasión de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación [1 de septiembre de 2026] (15 de agosto de 2026)