Hay discursos universitarios que inauguran cursos y otros que intentan responder una pregunta mucho más profunda: ¿para qué existe una universidad? La Primera Cátedra pronunciada por el Dr. Jorge Medina Delgadillo, rector de la UPAEP, pertenece claramente al segundo grupo.
Frente a los estudiantes que comienzan un nuevo ciclo académico, Medina formuló desde el inicio una afirmación que resume buena parte de su propuesta: “ustedes no vienen aquí solamente a recibir. Vienen a responder”.
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La frase cuestiona una manera habitual de entender la educación superior. Estudiamos para adquirir conocimientos, desarrollar competencias, obtener un título y mejorar nuestras posibilidades profesionales. Todo ello es legítimo. Pero el rector introduce una pregunta adicional: ¿qué responsabilidad adquiere una persona precisamente porque ha tenido la oportunidad de estudiar?
El talento también es responsabilidad
Medina parte de una antigua palabra: talento. Antes de significar una capacidad especial, el talento fue una unidad de peso y posteriormente una medida de valor económico. Desde ahí recupera el significado de la parábola evangélica de los talentos: aquello que una persona recibe no está destinado simplemente a conservarse, sino a producir frutos.
De ahí una de las ideas centrales de la cátedra: “el talento es dado, pero también cultivado; es don, pero también fruto del esfuerzo”. La universidad recibe personas con capacidades, historias y circunstancias distintas. Su tarea consiste en ayudarles a descubrir aquello que poseen, desarrollarlo mediante el conocimiento y convertirlo en capacidad para transformar la realidad.
El estudiante universitario dispone, además, de oportunidades extraordinarias: profesores, bibliotecas, laboratorios, investigación, intercambios y acceso a cantidades de información que generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado. Pero esas oportunidades no constituyen solamente privilegios. También generan responsabilidades. El título de la cátedra recupera precisamente esta idea: “aumentando los dones, crecen también las responsabilidades”.
La educación superior adquiere así una dimensión ética. Un médico, un ingeniero, un abogado, un científico o un servidor público poseen conocimientos y capacidades que otros no tienen. Por eso la pregunta deja de ser solamente “¿qué puedo conseguir con lo que sé?” y se convierte también en “¿qué debo hacer porque sé lo que sé?”.
Titularse no siempre significa formarse
Uno de los pasajes más provocadores del discurso aparece cuando Medina explica que también es posible “enterrar” los talentos dentro de una universidad. No hace falta abandonar los estudios. Puede ocurrir cuando la carrera se convierte en trámite, cuando preocupa más aprobar que aprender o cuando interesa más saber qué aparecerá en el examen que comprender si algo es verdadero.
El Rector lo sintetiza en una frase particularmente incisiva: “un estudiante puede titularse sin haberse formado”. La advertencia toca uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea. Podemos tener instituciones muy eficientes para producir egresados y, al mismo tiempo, fracasar en la formación de personas capaces de pensar críticamente, asumir responsabilidades y utilizar sus conocimientos para transformar su entorno.
Una universidad auténtica no debería limitarse a entregar títulos. Debería producir transformación.
Cuando ChatGPT entra al aula
La Primera Cátedra adquiere especial actualidad al abordar la inteligencia artificial. Medina no propone rechazar la tecnología. Su planteamiento consiste en distinguir entre utilizarla para ampliar nuestras capacidades y emplearla para sustituir precisamente el esfuerzo que debía desarrollarlas.
Nunca había sido tan sencillo producir un ensayo, resumir un libro, resolver determinados ejercicios o estructurar una investigación. La inteligencia artificial generativa puede realizar en segundos tareas que antes requerían horas.
Pero la pregunta educativa fundamental no es si una máquina puede hacerlas, sino qué ocurre con la persona cuando deja de realizar aquello que necesitaba hacer para aprender.
Medina advierte sobre el peligro de encargar “a una máquina la parte del trabajo que servía para hacernos crecer”. Su propuesta puede resumirse en una recomendación sencilla: “Úsenlas para llegar más lejos”. Ahí se encuentra una posible regla para la alfabetización en inteligencia artificial: utilizar la tecnología para potenciar la inteligencia humana, no para atrofiarla.
El verdadero desafío educativo ya no consiste simplemente en decidir si los estudiantes deben usar ChatGPT. Consiste en determinar qué podemos delegar a la máquina y qué necesitamos continuar haciendo nosotros porque hacerlo desarrolla nuestras capacidades.
El conocimiento debe convertirse en servicio
La argumentación alcanza su sentido completo cuando aparece una palabra que atraviesa toda la cátedra: servicio. El conocimiento universitario no debería terminar en quien lo adquiere. Debe circular y generar nuevas oportunidades.
Medina utiliza el ejemplo del cineasta mexicano Guillermo del Toro para mostrar que desarrollar el propio talento constituye solamente una primera etapa. La siguiente consiste en ayudar a que otros puedan desarrollar el suyo.
La universidad se convierte entonces en una plataforma de multiplicación. El estudiante recibe conocimientos acumulados durante generaciones, los desarrolla y finalmente los devuelve a la sociedad convertidos en medicina, tecnología, empresas, investigación, arte, educación, justicia o solidaridad.
Por eso Medina propone una definición especialmente ambiciosa del éxito universitario: “que salgan de aquí sabiendo más de lo que les enseñamos”. El profesor deja así de ser únicamente quien proporciona respuestas. Su mayor logro aparece cuando el estudiante adquiere la capacidad de descubrir aquello que nadie llegó a enseñarle.
Educar personas capaces de responder
La reflexión resulta especialmente pertinente cuando las universidades enfrentan preguntas profundas sobre su identidad. ¿Qué significa aprender cuando una inteligencia artificial puede responder casi cualquier pregunta? ¿Cuál es el valor del profesor cuando un estudiante dispone permanentemente de asistentes digitales? ¿Para qué acudir a una universidad cuando enormes cantidades de información están disponibles en internet?
La respuesta que emerge de la Primera Cátedra es clara: la universidad no puede reducir su misión a transmitir información. Debe enseñar a comprender, discernir, investigar, dialogar, equivocarse, crear, colaborar y servir. Sobre todo, debe formar personas capaces de responder ante el conocimiento recibido, las oportunidades disponibles, los problemas de su tiempo y quienes tuvieron menos posibilidades.
Quizá el verdadero fracaso educativo no sea simplemente ignorar algo. Puede ser algo más grave: saber, tener la capacidad de actuar y decidir no hacerlo. Por eso la imagen del talento enterrado conserva plena actualidad. Podemos enterrarlo detrás de una calificación, un título, una pantalla, una inteligencia artificial o incluso una carrera profesional exitosa.
Una universidad verdaderamente transformadora debería conseguir exactamente lo contrario: que el conocimiento salga de las aulas, produzca frutos y alcance a otros. Al final, la Primera Cátedra deja una pregunta que trasciende a los estudiantes y alcanza también a profesores, profesionistas y universidades: ¿Qué estamos haciendo con aquello que hemos recibido?
Porque educarse no significa solamente adquirir más. Significa comprender que, precisamente porque hemos recibido más, también tenemos una mayor responsabilidad de ponerlo al servicio de los demás.
Te invitamos a ver el video de “Laicos en la Vida Pública” sobre el tema:
Referencias
Medina, Jorge Dr. (2026, 17 de agosto) Primera Catedra del Rector de la UPAEP.
Aumentando los dones, crecen las responsabilidades | UPRESS