En la política existen errores que pueden corregirse con trabajo; sin embargo, hay actitudes que dejan al descubierto la falta de sensibilidad de quienes ocupan un cargo público.
Burlarse, mofarse, menospreciar o faltar al respeto a las personas adultas mayores constituye una ofensa no solo para quienes han entregado su vida al desarrollo de Puebla, sino para toda la sociedad.
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Mientras el gobernador Alejandro Armenta ha hecho de la atención a los adultos mayores una de las prioridades de su administración, impulsando programas y fortaleciendo espacios como la Casa del Abue —reconocida con un premio nacional—, donde cientos de poblanas y poblanos reciben atención, actividades y un trato digno, resulta inadmisible que dos legisladoras sean señaladas por conductas que muchos ciudadanos consideran una falta de respeto hacia ese mismo sector de la población.
Elvia Graciela Palomares Ramírez y Nayeli Salvatori Bojalil no pueden olvidar que ocupan un cargo gracias al voto de la ciudadanía, incluidos miles de adultos mayores que confiaron en ellas.
Ser diputada no es un privilegio para actuar con soberbia; es una responsabilidad que exige respeto, prudencia y altura política.
Las disculpas públicas no bastan. Cuando llegan después de la indignación ciudadana, difícilmente borran el agravio. La confianza se construye con hechos, no con declaraciones de último momento.
Los poblanos esperan representantes que legislen, dialoguen y dignifiquen el servicio público, no que protagonicen polémicas que dañen la imagen del Legislativo.
El Congreso del Estado y los partidos políticos tienen la obligación de analizar este tipo de conductas y actuar, conforme a sus atribuciones y al marco legal, cuando así corresponda. La representación popular exige congruencia, ética y respeto permanente hacia todos los sectores de la sociedad.
Los adultos mayores merecen reconocimiento, gratitud y políticas públicas que mejoren su calidad de vida, no expresiones o actitudes que puedan interpretarse como una burla. Quien no comprende ese principio difícilmente puede representar con dignidad a los ciudadanos.
Puebla merece tribunos que honren la palabra, respeten a la gente y estén a la altura de la institución que representan, no bufones que denigren el servicio público y la política.
La política debe ser sinónimo de servicio, no de descalificación. El respeto hacia quienes construyeron nuestro presente no es una concesión: es una obligación moral y un deber ineludible de todo servidor público.