Ver a niños que tenían ropa nueva o juguetes nunca fue prioridad, los vio como unos inútiles, unos torpes para no abrirse camino por ellos mismos; por la edad no pudo conseguir ni trabajo para limpiar una tienda, se juntó con niños que pedían dinero en las calles, había unos señores que los cuidaban y se llevaban la mitad del dinero.
Las niñas tenían otra suerte, se las llevaban, las pasaban a dejar cerca de sus casas con ropa nueva y nunca vieron algo extraño, pero algunas llegaban llorando, pero al día siguiente allí estaban nuevamente, ni para avisar a la policía, entre un limón, el inflar globos, el limpiar un carro siempre había una manera de pedir dinero, era de conectar con la mirada y suplicar.
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Al final no quedaba más que pedir para una tortilla y varios en ese instante los llevaban a comer, algunos ya no regresaban, siempre hay gente loca en las ciudades que se aprovecha de los niños y buscan medir sus fuerzas aprovechando el silencio, anonimato e indiferencia de policías por unos cuántos billetes.
Así estuvo hasta que lo contrataron en una obra, la paga era segura, no se corría peligro, los niños le enseñaron a hacer monas, a fumar, a tomar alcohol, y por supuesto que lo probó; al llegar a casa oliendo a cigarro y a cerveza, su abuelita le pegó con la escoba, le dijo que lo prefería fuera de esa casa que seguir reproduciendo vagos sin oficio ni beneficio.
Pasó la noche fuera de la casa, una vez que la abuelita se durmió, se levantó temprano, se bañó con la manguera, y fue a la escuela, le dijo que no se repetiría, le dio parte del dinero que había juntado durante la semana y en la noche cenaron los dos.