A los trece años, su abuela se sintió mal, le llevó al médico, compró sus medicinas, trabajaba en sus ratos libres después de la secundaria de chalán de albañil -ella no se va a curar, pero ya no tendrá dolores- de inmediato fue a ver a los vecinos a preguntar sobre las palabras del médico y le dijeron que debía llevarla con un especialista, la llevó al hospital.
-Ya fue todo de mí, sólo déjame terminar en paz, esa tranquilidad que me da el verte llegar a casa, esa paz al saber que llevas dinero a casa, esa seguridad de saber que estás a mi lado desde hace ya diez años, has hecho que esta vieja se sienta feliz- le dijo al tomar su mano, cerró los ojos.
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Hasta ese día se enteró que los vecinos eran sus inquilinos, pero que no pagaban renta desde hace años, por apoyarles, las tierras de cultivo eran de ella y que las ocupaba un señor que luego les tapaba el paso; los hijos se fueron y dejaron a la señora sola, su deseo era apropiarse de ellas, junto con un sobrino que era abogado que le dijo que, si era posible, solo era cuestión de tiempo, el cual nunca llegó.
Esos hijos llegaron al anochecer entre discusiones, uno llevó a un abogado y a un posible comprador que de inmediato dio el dinero y los compromisos fueron firmados para llevarlos a la notaría al día siguiente, lo vieron con desprecio al chico y le dijeron que por ser nieto nada le tocaba y que su mamá por no estar nada le pertenecía.
Partió en la mañana, las cercas nuevas quitaron a los vecinos y al agricultor que por más que le gritó a su sobrino, dijo que nada se podía hacer… paz mortuoria.