Mis recuerdos más nítidos de un mundial de futbol se remontan a Francia 1998. En aquellos años cursaba el tercer grado de primaria y como seguramente a todas las infancias, ver los partidos nos parecía algo relativamente sencillo; bastaba con prender la televisión y esperar al silbatazo inicial. Incluso, como vivía cerca de la escuela, me tocaba llevar la televisión para ver los partidos de México.
Con el tiempo aprendí que, si uno quería ver todos los partidos requería de una suscripción, en esos tiempos, vía televisión de paga. Hoy la historia es un poco distinta. Casi treinta años después, ver el Mundial más grande de la historia, con 48 equipos y 104 partidos, casi el doble de los que se jugaron en Francia, pareciera ser más accesible con la llegada de internet. Pero, ¿qué tan fácil resulta verlo?
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Aunque algunos encuentros pudieron verse por televisión abierta, para seguir la totalidad de partidos hubo que recurrir a plataformas de paga y contratar servicios adicionales. Ya no basta con tener un televisor; ahora también hay que tener internet (de banda ancha de preferencia), un dispositivo compatible (Smart TV, Tablet o smartphone) y, por supuesto, la posibilidad económica de pagar una suscripción.
Y aquí aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos. ¿El hecho de que exista una transmisión significa que todas las personas realmente pueden acceder a ella?
En México, de acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) del INEGI, alrededor de 105 millones de personas utilizamos internet, pero eso no significa que todas tengamos la misma experiencia.
Esto me lleva a un par de anécdotas que me dejó este Mundial y que seguramente le pasó a más de uno. La primera: partido México contra Corea del Sur. Estando en casa de amigas y amigos sintonizábamos la transmisión de TV Azteca vía la aplicación en Roku TV. Al minuto 16, recordarán, Edson Álvarez salvó de chilena lo que representaba el primer gol del equipo surcoreano, pero de aquella jugada no me enteraría por la transmisión, sino por un mensaje que me envió mi hermano por WhatsApp; desconcertado, entendería el “cerca we” casi dos minutos después que finalmente la escena pasó en la pantalla.
Buen dispositivo, buena señal; el problema, la famosa latencia, es decir, el retraso “natural” que existe entre la señal original y la transmisión por internet. Dependiendo de la plataforma y de la calidad de la conexión, ese retraso puede ir desde unos cuantos segundos hasta más de medio minuto. En tiempos de redes sociales y dispositivos inteligentes, eso significa que muchas veces el gol llega primero por una notificación que por la propia transmisión; por eso nos tocó escuchar más de una vez un grito de gol, incluso segundos antes de verlo en la pantalla.
Segunda anécdota: partido Argentina contra Suiza. Este partido me tocó sintonizarlo en un lugar de la Mixteca poblana. De nuevo, teníamos un buen dispositivo, teníamos una suscripción, pero un ventarrón poco ayudó para que la calidad de la señal nos permitiera ver el partido de forma seguida o en alta calidad (HD).
Y es que, mientras en las ciudades predominan las conexiones de fibra óptica, en muchas zonas rurales la conectividad sigue siendo limitada o inestable. Para miles de personas, ver un partido por streaming puede convertirse en una sucesión de pausas, baja resolución o desconexiones.
Otro de los cambios más interesantes, con el paso de los años, está en quién cuenta el partido. Durante décadas, las televisoras tenían prácticamente el monopolio de la conversación. Hoy, ante las dificultades para acceder a los pases mundialistas, las transmisiones oficiales comparten ese espacio con una generación de creadores de contenido que analiza, reacciona y comenta los encuentros desde YouTube, Twitch, TikTok o Instagram.
A diferencia del primer mundial que me tocó vivir, donde todo empezaba y acababa casi con la transmisión; hoy los partidos se desdoblan en redes sociales a través del humor, interacción, estadísticas, memes o análisis en tiempo real. El Mundial ya no se vive solamente en una transmisión, se vive en múltiples pantallas y en conversaciones paralelas que construyen sus propias narrativas.
Este Mundial, por ejemplo, nos deja casos como Tim Payne, el pato Merlín o el ya famoso ¿y si sí? acompañado de estrofas de Juan Gabriel o Caifanes, representando un cambio profundo en términos de comunicación.
Al final, el Mundial nos deja una reflexión que va mucho más allá del deporte: vivimos en una época en la que nunca habíamos tenido tantas opciones para consumir información y entretenimiento. Sin embargo, también dependemos más que nunca de plataformas, algoritmos, suscripciones y conexiones de internet para acceder a ellos, esto nos permite tener una mirada sobre el acceso a la información, el cual no depende únicamente de que el contenido exista, sino también de que las personas tengan las condiciones materiales para recibirlo.