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OPINIÓN

El imaginario deseado del futbol en México

El Mundial genera una cohesión emocional nacional momentánea que oculta tensiones sociales

María Teresa Galicia Cordero

Doctora en Educación. Consultora internacional en proyectos formativos, investigadora social, formadora de docentes e impulsora permanente de procesos de construcción de ciudadanía con organizaciones sociales. Diseñadora y asesora de cursos, talleres y diplomados presenciales y en línea. Articulista en diferentes medios.

Jueves, Julio 2, 2026

Cierto. Como mexicanos nos emocionamos cuando la selección de nuestro país gana, pero tampoco podemos dejar de reflexionar que esta fiesta del futbol tiene un trasfondo muy oscuro que, para muchos, pasa desapercibido, especialmente cuando este evento del Mundial es elitista y está controlado por actores que no están relacionados con el pueblo mexicano, como la Fédération Internationale de Football Association, que en español se traduce como Federación Internacional de Futbol Asociación FIFA.

Ellos dirigen y regulan el futbol mundial desde 21 de mayo de 1904 y organizan las competencias como la Copa Mundial de la FIFA. Esta federación poco a poco se ha ido convirtiendo en un meta estado, es decir, una estructura, que está “por encima” del Estado-nación y que afecta directamente a la soberanía de los Estados porque introduce niveles de decisión y regulación que están por encima del control nacional (Beck, 2005).

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Los países anfitriones invierten miles de millones en estadios e infraestructura y parte de ese gasto proviene de recursos públicos, mientras que las ganancias se concentran en organismos como la FIFA, patrocinadores y grandes empresas regulados también por ella.

El futbol mundial funciona como un poderoso dispositivo simbólico donde se entrelazan narrativas de identidad, poder y meritocracia que construye ciertos imaginarios sociales, entendidos como construcciones simbólicas colectivas que guían comportamientos, identidades, prácticas sociales y formas de pensar dentro de un contexto histórico y cultural que estructuran el mundo vivido y transmiten pautas de significado entre generaciones (Castoriadis, 1989).  

Los discursos oficiales y mediáticos sobre este deporte en específico, chocan de frente con la cruda realidad estructural de la actual sociedad mexicana. El espacio de la experiencia nos remite a un espacio común como constructo basado en los acontecimientos que se están experimentando y se vincula con pautas de civilidad y formación identitaria, las cuales se expresan en prácticas cotidianas que en un primer momento pueden parecer triviales, pero que en su análisis profundo revelan su trascendencia significativa (Kossellek, 1993). 

En la experiencia se fusionan tanto la elaboración racional como los modos inconscientes del comportamiento. Algo similar se puede decir con la expectativa: puede estar ligada a personas, pero también puede ser impersonal y constituye un futuro hecho presente. Esperanza y temor, deseo y voluntad, inquietud, pero también el análisis racional o la curiosidad forman parte de la expectativa (Kossellek, 1993).

En este Mundial, el espacio de la experiencia que se vive en la realidad cotidiana en nuestro país contrasta con el horizonte de expectativa que vende la FIFA y con la cual, miles de mexicanos se apasionan y hasta cometen tropelías, cada vez que gana la Selección Mexicana se realizan actos de vandalismo, de desorden público, de excesos con la justificación de que tienen que celebrar el triunfo, pero afectando a los demás. 

El imaginario colectivo presenta al futbol, como un igualador social donde el talento de cada persona le permite ascender en la escala social, es decir, dejar de ser pobre para ser rico, para lo cual utilizan personas como Messi o Ronaldo que representan ese imaginario deseado del futbol, sin embargo, es necesario detenerse a  reflexionar en un sistema que está profundamente mercantilizado priorizando el negocio y el control corporativo sobre el desarrollo social de las comunidades y de los seres humanos.

Se habla también de la fiesta de los pueblos, donde hay unión y fraternidad en los mundiales, pero en este Mundial en específico se ha utilizado como instrumento de poder y  nacionalismo excluyente, especialmente en  uno de los  países sede   considerado la cuna de la democracia, por el  trato otorgado a las diversas selecciones y especialmente a la de Irán, cuyas situaciones de guerra no debieran de influir en lo que se considera una justa deportiva y que evidencia las tensiones políticas alrededor de la organización de las Copas del Mundo.

Las autoridades, los medios de comunicación y las redes sociales construyen una romantización mediática, con discursos triunfalistas, con campañas publicitarias. En países como el nuestro con grandes desigualdades o necesidades básicas no cubiertas, se prioriza el espectáculo sobre problemas sociales urgentes y se proyecta una imagen “moderna” del país, pero a costa de los sectores populares.

México está dominado por marcas multinacionales, altos niveles de consumo (productos, apuestas, turismo), pero se minimizan o invisibilizan problemas como protestas, abusos o desigualdades y se construye una especie de “realidad paralela”, donde el Mundial aparece como un evento positivo sin matices y se reduce la atención sobre situaciones políticas o económicas porque se genera una cohesión emocional nacional momentánea que oculta tensiones sociales.

La mayoría de los mexicanos están respondiendo a ese imaginario deseado del futbol, pero hay que detenerse y reflexionar en que esa realidad paralela va a desaparecer y entonces… hay que seguir viviendo en este México nuestro.  

Referencias
Beck, U. (2005). Power in the global age: A new global political economy. Polity Press.
Castoriadis, C. (1989). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets.
Koselleck, R. (1993). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Madrid: Paidós.
Koselleck, R. (2001). Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia (Volumen 66). Ciudad de México: Grupo Planeta.

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