En el mismo mes que arranca la justa mundialista de futbol, se da también la patada inicial a un inusitado vendaval político tanto en Estados Unidos como en México, que agita con estrépito las aguas cada vez más turbias a ambos lados del Río Bravo. Los últimos movimientos protagonizados allá y acá presagian una ruta de choque que, por el momento, parece inevitable.
El 1 de junio Katherine Polk Failla, jueza federal del Distrito Sur de Nueva York, presidió la audiencia de estatus del general retirado Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública en la Sinaloa gobernada por Rubén Rocha.
Más artículos del autor
Las crónicas destacan que Polk Failla esbozó escasas declaraciones sustantivas sobre el caso del militar que se entregó voluntariamente, pero las contadas palabras que pronunció fueron políticamente dinamita pura.
De acuerdo con la jueza neoyorquina, la evidencia reunida por la fiscalía estadounidense contra el general Mérida Sánchez es "abundante". Explicó que el volumen de pruebas es tan amplio que el gobierno necesitará sesenta días para procesarlas y entregarlas a la defensa.
Remató señalando que hay muchos acusados y “están llegando en olas”, lo que anticipa que estamos frente a un maxi proceso complejo que involucra a numerosos imputados que están compareciendo de manera escalonada ante la justicia estadounidense. En pocas palabras, adelantó que la investigación sigue abierta y tendría nuevas etapas procesales que obviamente no se agotan con el general Mérida Sánchez. Fijó la próxima audiencia para el 4 de agosto, ya concluido el Mundial, para tranquilidad de los aficionados mexicanos.
Sin embargo, las olas a las que se refirió la jueza no parecen limitarse al ámbito judicial norteamericano. Cada nueva comparecencia en Nueva York genera réplicas simultáneas en México. Mientras el gobierno intenta reagruparse en torno de una narrativa extraviada de soberanía nacional, la oposición busca anclarse en diversos casos como muestras de persecución política. Son distintos frentes, pero que están entreverados con el caso Rocha.
Lo dicho por ella contradice la narrativa presidencial y de algunos actores políticos mexicanos que han sostenido que Washington carece de pruebas. La jueza no evaluó la calidad de éstas, ni la culpabilidad del acusado, pero sí confirmó la existencia de un expediente voluminoso. Puede haber paja, pero las pruebas están allá y el gobierno mexicano las conocerá conforme avance el proceso o se deslicen filtraciones, lo que dejaría trastabillando aún más a nuestra mandataria y al país.
Por otra parte, las diversas reseñas difundidas por enviados nacionales han sido prolijas en la descripción de las circunstancias -francamente lamentables- para cualquier persona, pero más para un militar de tan elevado rango. El general Mérida Sánchez ingresó al juzgado por la puerta principal, increíblemente encadenado de pies, manos y cintura, con la cabeza gacha y uniforme caqui. Parece francamente imposible, más allá de las negociaciones que entable Mérida Sánchez, que el militar corra la misma suerte que el general y exsecretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos.
Cienfuegos, detenido en Estados Unidos en octubre de 2020, fue enviado a México a solicitud del gobierno de AMLO —sin proceso de extradición, por cierto—, donde la FGR de Gertz Manero se comprometió a investigarlo para posteriormente absolverlo vía fast track. Actualmente se encuentra libre tras ser acusado en Estados Unidos de delitos equiparables a los de Mérida Sánchez.
La imagen del general en Nueva York es muy fuerte y representa un oprobio para una institución como las Fuerzas Armadas mexicanas. Un militar caído, pero no en acciones de guerra, sino acusado de proteger al cártel de Sinaloa, ni más ni menos.
El discurso incendiario de la presidenta Claudia Sheinbaum del domingo pasado contra Estados Unidos, que más que un festejo y celebración de aniversario de su triunfo electoral, pareció un evento beligerante, partidista y de campaña adelantada. El embajador de ese país en México, Ronald Johnson, respondió a su enojo, con un mensaje de moderación ponderando la cooperación bilateral en materia de narcotráfico. Un mensaje prudente para solicitarle sutilmente que extradite a “El Rocha” y sus nueve allegados, si se quiere avanzar. Un gesto de cortesía, de diplomacia. Una invitación más.
Aunque al día siguiente —quizá percatándose de su exceso retórico— la Presidenta le bajó dos rayitas al volumen y trató de no involucrar a Donald Trump en las supuestas acciones injerencistas de la ultraderecha contra México, sin mencionar quiénes sí lo hacen. Después de todo, queda claro que la Presidenta está tratando de recuperar la narrativa, de asumirse como jefa de campaña y definir anticipadamente a los enemigos en su estrategia electoral para 2027: Estados Unidos y los mexicanos traidores a la patria.
Parece que la fórmula que presumía se transformó en lo opuesto: “cabeza caliente, corazón frío”. Porque en la defensa de la soberanía, ataca y deja de lado a un amplio sector de mexicanos que no votaron y que no se sumarán a su causa. Sin ellos y sin aquellos que muestran cada vez más dudas en su proyecto “transformador” es imposible convocar a la unidad nacional.
Si el oficialismo ha decidido construir su principal bandera política alrededor de la soberanía, la oposición también parece haber encontrado la suya: la denuncia de persecución política. Por ello, lo que ocurre en Nueva York y lo que sucede en Chihuahua forman parte de una disputa más amplia que apenas comienza a tomar forma.
Los tachados traidores a la patria se reunieron en Chihuahua capital para recomponerse y reunir a dos expresidentes, Vicente Fox y Felipe Calderón, que prácticamente no se hablaban, para sumarse en torno a la defensa de Maru Campos, gobernadora de esa entidad, que ha sido acosada en grado extremo por el actual gobierno.
Ha sido tal la persecución política y legal que hasta el solícito y volátil senador Javier Corral se atrevió a querer quedar bien con la presidenta y denunciar a Campos por intentar privarlo de su libertad. Su osadía quedó en un monumental ridículo cuando no compareció ante el juzgado que llevaba el caso. De ese tamaño su gesta heroica.
Parece ser que a él y a Morena les ha quedado claro que su andanada contra la chihuahuense la ha catapultado vertiginosamente al escenario político nacional y apuntalado al alicaído PAN.
Dos mujeres, Maru Campos en Chihuahua y Grecia Quiroz en Michoacán, han sido reposicionadas políticamente y asumido un rol significativo contra el grupo en el poder. Ante los escasos prospectos electorales de la oposición, Morena —emulando a Fox— parece haberse convertido en el principal jefe de las campañas de sus adversarias. Quizá ahí podríamos incluir a un outsider: el empresario Salinas Pliego que también padece de la misma enfermedad persecutoria.
Las olas descritas por la jueza Polk todavía parecen lejanas para buena parte de la clase política mexicana. Sin embargo, cuando un tribunal federal estadounidense habla de evidencia abundante y de acusados que siguen llegando, quizá convenga mirar más allá de la espuma. Los tsunamis rara vez comienzan como un mar de fondo. Empiezan con movimientos apenas perceptibles que muchos prefieren ignorar hasta que resulta demasiado tarde.