Ya casi se terminó un mes de muchos festejos en la sociedad mexicana, entre ellos el 15 de mayo dedicado a los maestros. Ahora la jornada incluye desde las ceremonias oficiales, días de descanso, hasta las rudas protestas por parte de la CNTE para exigir mejoras salariales y una jubilación digna.
Vale decir que hubo una época en la que ser maestro era una de las profesiones más respetadas en nuestra sociedad, en parte gracias a una revolución que puso especial acento en la educación del pueblo. Tuvieron que emprenderse muchas luchas para que se le diera su lugar al maestro, algo que se logró sobre todo en la época cardenista.
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Todavía en los años sesenta del siglo pasado, un maestro de primaria tenía un ingreso digno, además del reconocimiento de alumnos y padres de familia. Un maestro de secundaria o prepa alcanzaba todavía mayor estatus, manejaba su coche y tenía casa propia.
Pero con el tiempo algo o mucho de eso cambió. El país pasó de tener unos 40 millones de habitantes por esos años sesenta, a contar con más de 100 millones de personas al inicio del siglo XXI. Ese amplio sector estaba demandando una educación a la altura de los cambios que experimentaba la sociedad. Una educación que mantuviera una movilidad social que permitiera acceder a un mejor nivel de vida, o al menos mantener el estatus. Pero eso ya nunca llegó.
En el mundo universitario dominaban las profesiones clásicas, derecho, ingeniería civil, medicina; los maestros se ganaban un respeto porque combinaban las clases con su actividad profesional. Algunos de ellos vivían exclusivamente de su trabajo como catedráticos, pues ser profesores de la universidad, la nacional o de los principales estados, era un símbolo de estatus y lo respetaban alumnos y funcionarios menores.
Luego cambió el sistema universitario, se abrieron las carreras científicas y fue necesario contar con el grado de doctor para cumplir las funciones de docencia e investigación que se asignó a la universidad al final del siglo XX, y lo que llevamos del actual. Sin embargo, la crisis del petróleo de los años setenta y ochenta pulverizó el salario de los mexicanos dedicados a la investigación. Hubo quienes no soportaron esa disminución de calidad de vida y optaron por explorar otros países para su desarrollo profesional.
En ese tiempo el Estado mexicano todavía contaba con algunas mentes que pensaban en el país, y, sin ser la solución ideal se pensó en crear un sistema de investigadores que otorgara un estímulo económico por la actividad científica. Con todo eso se veía, al menos en el discurso, que la ciencia estaba llamada a jugar un papel importante en el desarrollo de nuestro país. Sin embargo, cabe decir que nunca hubo presupuesto suficiente para emprender proyectos científicos y tecnológicos que tuvieran un mayor impacto en la sociedad.
Luego llegó el tiempo de la 4T y cuando uno esperaba que por fin se diera ese impulso a la educación, algo que era necesario para transformar nuestro país y de ser maquilador llegara a ser productor de bienes industriales, otra vez nos tocó vivir con vacas flacas. Todavía peor: tuvimos que enfrentar un discurso mesiánico de corte stalinista, que nos señaló como beneficiarios de privilegios que se debían cortar.
Así pues, se puede decir que estamos viviendo ya no vacas flacas, sino en el desierto. Tampoco hay un proyecto nacional universitario, no hay claridad para decidir cuál es el rol de la universidad y que se espera de los maestros en este sistema.
Se podrá debatir sobre el grado de descuido o destrucción del aparato científico, y contrastarlo con los beneficios sociales de contar con pensiones para adultos mayores, o jóvenes o madres solteras. Aunque para muchos puede parecer un acto de mínima justicia, cuidar que los ancianos tengan un ingreso mínimo que palie la ausencia de un sistema de jubilación para toda la sociedad, eso es insuficiente para considerar que ha habido un cambio verdadero en nuestro país.
La ausencia de una reforma fiscal que realmente provea de recursos al Estado para emprender proyectos ambiciosos, nos dice que poco se ha cambiado en el fondo. Contar con mayores recursos permitiría no solo mejorar los salarios, sino también cuidar la infraestructura de las escuelas, el equipamiento de laboratorios y equipo de cómputo.
Para muchos profesores del sistema de educación superior parece que sobrevivir es la palabra, tratar de llegar al final de la quincena con lo suficiente para mantener un nivel de vida decoroso, contar con un mínimo de recursos para una emergencia.
Nos toca cuidar el patrimonio que se pudo adquirir en años previos, sobre todo cuidar la salud, algo que justamente en los años finales de una carrera docente es lo que más falla. Para muchos es un martirio tratar de usar los sistemas de salud que están saturados, con pocos medicamentos, y cada vez menos médicos especialistas. Una situación que no hace abrigar muchas esperanzas para contar con una atención adecuada.
Con todo eso, gracias al optimismo que se resiste a desaparecer, le deseamos un feliz día a las maestras y maestros de nuestro país.