« Je garde les aspirations de la jeunesse, sans ses illusions. Je garde la curiosité de l’enfance ».
Edgar Morin
Cuando llegué a París, unos de mis grandes sueños era conocer la tumba de Olympe de Gouges, Montesquieu, Voltaire, de Sartre, de Simone de Beauvoir, de Edith Piaf; y conocer en persona a Edgar Morin, volver a ver a Alain Touraine, Nancy Green, Gerard Noiriel, Patrick Boucheron, Catherine Wihtol o Dominique Schnapper.
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La vida ha sido muy generosa conmigo. Hoy, uno más ha partido de esta tierra dejando un gran legado detrás de él. Pero estas líneas no son para repetir lo que seguramente otros más harán en las próximas horas, en los próximos días, sus múltiples libros (que ni conocen), los premios recibidos.
Lo que sí puedo decir es que Edgar Morin es y será uno de los grandes humanistas que Francia ha dado al mundo.
Recientemente en mi seminario magistral sobre desafíos políticos contemporáneos en la Nouvelle Sorbonne, compartí con mis alumnos uno de sus últimos libros Réveillons-nous!, una obra que más allá de ser un texto realista y duro por momentos, rescata lo más importante en el pensador: el humanismo que profundamente difundió y que llevó como bandera en su largo trayecto de vida. Su momento literario es cuando pone en jaque “la pensée” al señalar que está en crisis, como lo está la humanidad, la civilización.
Sinceramente pocas eran mis esperanzas de que mis alumnos se animaran a leerlo, o incluso que pudieran recuperar algunas de sus ideas. Es terrible luchar desde la academia contra la falta de lectura, pero hay que tener fe en esos “oasis de fraternidad”, como fue para sorpresa mía, una de las lecturas más utilizadas en las exposiciones, por lo que debo decir, que tengo pruebas de que entendieron el mensaje de Edgar Morin.
Intuyo que una de las formas más espectaculares de rendirle homenaje es sembrar en los jóvenes sus ideas, sus manuscritos que fueron concebidos al alba en Francia, “pays de lumières”, y entender que de la historia tenemos que aprender mucho, sobre todo de la “humanidad”.
Recuerdo que le conocí en la Maison de l’Amérique Latine, allá en el boulevard Saint Germain de Près. También fue un honor y un agasajo verlo junto a Michel Wieviorka en la filarmónica aquí en París.
Que digan que viví en los tiempos de Morin, de Isabel Allende, de Irene Vallejo.
Hasta siempre Monsieur au petit foulard!