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OPINIÓN

El Rincón de Zalacaín: La Reina de la Cocina

Sartén para freír, "La reina de la cocina" según “El Alfabeto de Marlene Dietrich”…

Jesús Manuel Hernández

Periodista en activo desde 1974. Ha dirigido, conducido y colaborado en diversos medios de comunicación escritos, radiofónicos y televisivos. Actualmente dirige el portal losperiodistas.com.mx y escribe Por Soleares, espacio de análisis político. Autor del libro Orígenes de la Cocina Poblana.

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Un artículo publicado en 1992 le trajo a Zalacaín muchos recuerdos de la historia de la cocina, sus utensilios y por supuesto se colaron algunas poesías.

“Bambi” era el pseudónimo de Ana Cecilia Treviño, una reportera del diario Excélsior, encargada de la Sección B de Sociales, había publicado un artículo sobre Marlene Dietrich basado en el libro “El alfabeto de Marlene Dietrich” donde aparecían algunas definiciones interesantes.

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Dos de ellas le habían despertado curiosidad al aventurero:

“Delantal.- Me encantan los grandes delantales blancos con bolsas cuadradas. Dan ganas de besar a una mujer que lleva un delantal así. Dejado descuidadamente en el respaldo de una silla resulta una maravillosa naturaleza muerta. Y las bolsas guardan dulces, papeles arrugados, anuncios de periódico, monedas, un calcetinito, un tapón de corcho, como las bolsitas del pantalón de un niño”.

Zalacaín se acordó de esa colección de delantales de la abuela y sus hermanas, de su madre misma, con telas de cuadritos, de colores vivos y ciertamente con enormes bolsas y olanes sobre las bolsas y los hombros.

Era impensable entrar a la cocina y no ver a las tías vestidas formalmente, pero cubriendo sus ropas con los delantales. Incluso había un perchero especial para colgarlos.

La otra definición era sobre un utensilio de cocina, imprescindible:

Sartén para freír.- La reina de la cocina. Trátela con dulzura, no le arranque su tersura interior con estropajos de fibra metálica ni detergentes agresivos. Después de usarla limpie el exceso de grasa con servilletas de papel y enjuague mucho con agua hirviente. Quedará limpia y nada se pegará”.

La sartén ha sido considerada, reflexionaba el aventurero Zalacaín, ciertamente como “la reina de la cocina”, sin ella sería imposible, asar, freír, y su aparición en la historia de la cocina está íntimamente ligada al surgimiento del “fuego” en la técnica de preparar, cocer, los alimentos.

Los expertos calculan en unos 2 mil años el nacimiento de la sartén, primero de barro y luego de bronce, en el Imperio Romano, y de hierro fundido, quizá los mejores, en China donde el metal se moldeaba con martillos. La forma actual, la más común data del siglo XVI y los materiales de su confección han ido evolucionando.

Pero, decía Zalacaín, los viejos sartenes, de hierro forjado o los más nuevos de acero inoxidable, son sin duda los artefactos más importantes para cocinar.

Decía una de las tías abuelas: "Mucho sartén para tan pocos huevos" al referirse a situaciones donde la mujer era mucho más inteligente, culta y capaz frente a un pretendiente. El dicho siempre soltaba las risas.

Un poema le vino a la cabeza al aventurero, lo había leído hacía un par de décadas y desconocía al autor:

“Entre el fuego, la sal y el acero,
se despierta el alma del cocinero.
Danza el cuchillo sobre la tabla,
mientras la sartén su secreto habla.

El arte comienza con un suspiro,
buscando el punto exacto y el giro.
Un poco de hierba, un toque de vino,
trazando en el plato nuestro destino.

Hierve el agua, la magia se enciende,
el aroma abraza y se desprende.
Colores que bailan, texturas que suman,
sabores intensos que se consuman.

No es solo nutrir el cuerpo cansado,
es dar un poema en un bocado.
Amor en el tiempo, arte en la mesa,
donde cada bocado es una promesa”.

La recomendación de Marlene Dietrich sobre cómo limpiar la sartén, no estaba lejos de las prácticas antiguas, donde la “costra” sobre el hierro forjado era una especie de pátina, señal de la edad, del tiempo sobre los fogones.

Unos huevos fritos, estrellados, sabían muy diferentes si se hacían a la manera antigua y tradicional con un poco de aceite bien caliente en la sartén de hierro, fuerte, pesado, con resistencia al fuego, pero también con capacidad de freír de una forma diferente al efecto provocado cuando con una sartén moderna, con aleaciones y recubierta de teflón, los huevos no sabían, decía Zalacaín.

Y recordó una viñeta española donde una abuela le enseñaba a su nieto la forma de hacer una tortilla de patatas. Empezaba con las cantidades, tantos huevos tantas patatas y después venía un diálogo:

“El nieto pregunta a la abuela en la lumbre,
sobre la sartén y el secreto del fuego.
—¿Cuánto aceite le pongo?, pregunta con duda.
—Lo que te pida la sartén, le responde la abuela sabia.
Y es que el buen arte no se mide en gramos,
se aprende mirando cómo baila el aceite,
cómo chisporrotea el alma del guiso,
cuando el metal negro se vuelve palabra”

Honores a “La Reina de la Cocina”, la sartén, dijo Zalacaín y se dispuso a hacer los huevos fritos, a la antigua usanza, pero esa, esa es otra historia.

Archivo de crónicas en:
https://www.youtube.com/channel/UCrWrikGwbfoYIzQFXOwxgWg

www.losperiodistas.com.mx
YouTube El Rincón de Zalacaín
elrincondezalacain@gmail.com

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