Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Cuando el humanismo se queda solo en el discurso

Reflexión sobre las contradicciones en el discurso oficialista y cómo afectan a la sociedad

Marcos Castro Martínez

Politólogo (UNAM), maestro en Administración Pública (IAP) con diplomados en Análisis Político (IBERO) y en Economía Social (UDLAP). Funcionario en la Procuraduría Agraria y SEDESOL; director de Atención Ciudadana y regidor. Secretario General Estatal del PAN en tres ocasiones y actualmente diputado local, coordinador del Grupo Parlamentario.

Jueves, Abril 23, 2026

La política contemporánea está llena de cuestionamientos, pero pocos resultan tan increíbles como aquellos que se presentan cuando los discursos públicos de quienes hoy se ostentan como máximos exponentes del llamado humanismo mexicano, contrastan abiertamente con sus acciones.

Recordará que hace unos días se llevó a cabo en España una reunión donde diversos representantes gubernamentales se congregaron para hablar sobre la defensa de la democracia. Y el chiste se cuenta solo, pues es difícil de ignorar que algunos de estos gobiernos han sido señalados en múltiples ocasiones por prácticas que, lejos de fortalecer el ejercicio de una participación ciudadana y blindar la democracia, han debilitado instituciones democráticas en sus propios países.

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En México nos lo vendieron como un Plan B. Con acciones como estas el discurso se convierte en un ejercicio meramente retórico que parece estar más orientado a la legitimación internacional que a una verdadera autocrítica o compromiso con los valores que dicen defender.

Aún con esto, la participación de México también resulta por demás llamativa pues aunque el discurso oficial insiste en la austeridad como un principio rector de la administración pública y se esmeran en proyectar una imagen de cercanía con el pueblo, como lo muestra el hecho de que la presidenta viaje en clase turista a este tipo de eventos, su narrativa contrasta con la logística que esconde dichos traslados, como el acompañamiento de aeronaves de la Defensa Nacional.

La contradicción es evidente: por un lado, se promueve una imagen de sencillez y ahorro; por otro, se despliegan recursos que cuestionan la coherencia de ese mensaje. La observación no es sobre el uso de la seguridad disponible para la representante de nuestro país. Me explico: la crítica es al intento de vendernos sencillez y apertura cuando eventos como la manifestación reciente en San José Chiapa reflejan la verdadera actitud para con los ciudadanos reales.

Esta contradicción no es un caso aislado, sino parte de una tendencia más amplia en la política nacional que caracteriza a la 4T y aliados. En cuanto al panorama nacional, casos como el de un alto funcionario quien confesó haber usado recursos públicos para facilitar el hospedaje de su hijo en el extranjero generan dudas legítimas sobre la congruencia entre el discurso de combate a los privilegios y las prácticas reales dentro de la élite política, hoy encarnada en Morena.

Este tipo de situaciones alimenta la percepción de que la austeridad es más un instrumento discursivo que una política aplicada de manera uniforme. En Puebla se hizo viral el caso de la alcaldesa de Acatlán, a quien se conoce más por sus viajes y bolsos de diseñador que por las acciones en favor de su municipio, especialmente en seguridad pública.

Por otro lado, las recomendaciones dirigidas a la ciudadanía por parte de la Jefa de Gobierno de la capital, donde exhorta a limitar la movilidad y vida cotidiana durante el Mundial de Futbol, contrastan con sus discursos donde piden democratizar eventos de esta magnitud o bien donde se dicen orgullosos de la cultura mexicana, pues recordemos que ésta no sería lo que es sin nosotros, los mexicanos.

Estas medidas, aunque justificadas en términos de seguridad o logística, pueden percibirse como desconectadas de las necesidades y libertades cotidianas de la población.

Más preocupante aún es el efecto que estos discursos llenos de rencor han logrado en la división y polarización en el tejido social. La constante división entre “buenos” y “malos”, “Pueblos originarios” y “colonizadores”, “pueblo” y “fifis”, o “patriotas” y “traidores” contribuye a generar un clima de confrontación que trasciende mucho más allá del ámbito político y se instala en la mentalidad de la sociedad.

Este ambiente puede derivar en expresiones de violencia que, aunque no siempre estén directamente relacionadas con decisiones gubernamentales, sí encuentran un caldo de cultivo en la tensión y el odio social alimentado desde años atrás.

Tal es el lamentable caso del ataque en Teotihuacán, donde una visitante extranjera perdió la vida; esto pone en relieve la urgencia de reflexionar sobre las consecuencias de esta atmósfera de tensión y división.

En conjunto, estos elementos evidencian una problemática más profunda: la desconexión entre el discurso político y la realidad que viven los ciudadanos. La democracia no se fortalece únicamente con declaraciones idealistas en foros internacionales, fotos en clase turista, presunción de altos números de aceptación, ni exigencia de disculpas por actos realizados en la colonia, sino con prácticas coherentes, reales, transparencia en el uso de los recursos y un compromiso genuino con la inclusión y el respeto. Cuando las acciones contradicen las palabras, la confianza pública se erosiona, y con ella, la legitimidad de las instituciones.

La ironía, entonces, no es solo un recurso retórico, sino una señal de alerta. Debemos cuestionarnos, observar con mayor detenimiento y exigir congruencia. pues en una democracia sólida, los discursos no deberían ser máscaras ni intentos para conectar, sino reflejos fieles de la realidad que se construye desde el poder para con una sociedad más justa y que busque el bien común y el respeto a la dignidad humana, un verdadero humanismo.

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