La relación entre México y Estados Unidos ha entrado en un nivel de tensión poco recomendable e impropio de aliados. Esta escalada no puede explicarse sólo por la seguridad o la política exterior, sino por el cruce de ambas con un tercer factor: el comercio. En ese punto de fricción, Donald Trump y Claudia Sheinbaum representan no sólo estilos distintos, sino lógicas de poder enfrentadas.
Reducir el análisis a la seguridad sería un error estratégico. La presión coincide con dos elementos clave: la revisión del T-MEC y el Mundial de Futbol.
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Washington revela una secuela y todo parece indicar que nuestro país se encuentra en el tercer acto de una política de sitiamiento y asedio sistemático. Primero fue Venezuela, se avanza aceleradamente en Cuba y se prepara el terreno para actuar en México. En esta incómoda hipótesis, nuestro país no sería el problema de origen, sino el objetivo más relevante. Algo así como pasar del ensayo general a la función principal.
En esta lógica, la política exterior mexicana también pesa. La defensa de gobiernos como el de Miguel Díaz-Canel por parte de Andrés Manuel López Obrador se interpreta en Washington como parte de un alineamiento político más amplio. Aunque se pretende esconder la mano de Sheinbaum, es claro que es parte de un posicionamiento de la 4T que representa. En geopolítica, las percepciones cuentan tanto como los hechos.
Aunque esta lectura puede parecer excesiva, encuentra respaldo en la evolución del discurso: señalamientos sobre control territorial del crimen, amenazas de intervención y la designación de cárteles como organizaciones terroristas apuntan a una narrativa que justifica mayor presión e intervención. La relación bilateral ya no se define sólo por la interdependencia económica, sino por la seguridad, donde las asimetrías pesan en demasía.
Fentanilo y presión política
El eje visible es el fentanilo. Desde Washington, México ha sido señalado como “epicentro” del problema. Más que una descripción precisa, es una etiqueta útil: convierte a un socio en problema y abre espacio para medidas más duras.
Al afirmar que los cárteles “dominan México” Trump no sólo expresa preocupación, emite una sentencia inapelable. Y en la lógica de Donald Trump, toda conclusión tiende a traducirse en acción y no solo en amenaza permanente.
La respuesta de Claudia Sheinbaum ha sido firme: “La soberanía no está en negociación” y “seguimos diciendo que no” a propuestas intrusivas. La firmeza es necesaria, pero también evidencia que la conversación bilateral ya transita por terrenos incómodos, lejos de los cánones diplomáticos tradicionales. Porque, como suele ocurrir, lo que se niega con vehemencia es precisamente lo que ya fue planteado.
Aquí es donde la narrativa interna mexicana se convierte en un factor externo. La percepción —alimentada por reportajes, filtraciones y señalamientos— de debilidad institucional frente al crimen organizado fortalece la posición de Washington. No importa tanto si cada acusación es plenamente comprobable, basta con que resulte creíble.
T-MEC y el método de presión
El factor decisivo es la revisión del T-MEC. Estados Unidos llegará a esa negociación buscando maximizar ventajas, y la seguridad funciona como punta de lanza. No es nuevo: en el paso del TLCAN al T-MEC, la estrategia fue generar incertidumbre y presionar hasta obtener concesiones.
Hoy, el narcotráfico sustituye a los aranceles como herramienta de presión. El patrón es claro: antes de negociar, se eleva la tensión; durante, se administra; después, se redefine el equilibrio. México no sólo negocia comercio, sino márgenes de soberanía.
El Mundial: contención estratégica
El Mundial, organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, representa una vitrina global. En ese contexto, una escalada abierta —y más aún cualquier acción unilateral— tendría costos políticos y reputacionales para todos los involucrados. Pero tampoco es un periodo de distensión. Más bien, el escenario previo al Mundial apunta a una presión progresiva: endurecimiento del discurso, construcción de narrativa y acumulación de agravios políticos. Una tensión administrada, suficiente para acorralar, pero no para desbordarse. Dicho de forma simple: no es el mejor momento para incendiar la casa… cuando se es anfitrión.
El fondo del problema
México enfrenta así una ecuación compleja: presión en seguridad, negociación comercial en puerta y un calendario internacional que obliga a contener sin ceder. A esto se suman decisiones internas que, vistas desde Washington, alimentan la percepción de falta de voluntad en el combate al crimen.
La pregunta no es si la presión aumentará antes o después del Mundial, sino cuánto de esa presión es parte del problema… y cuánto es parte de una estrategia. La tercera llamada está en curso.
Posdata. ¿Cómo será interpretada en Estados Unidos la postura fijada por la Fiscalía General de la República, de hacer caso omiso y desechar las evidencias periodísticas relativas a las narconóminas encontradas en la casa de El Mencho en Tapalpa? Más allá del gravísimo reconocimiento de su tardía intervención e imperdonable descuido, llama la atención que al parecer se pretende no proceder contra diversas autoridades involucradas en esquemas de protección criminal.