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OPINIÓN

El balón que desobedece al poder

Mientras los anfitriones presumen integración, el balón sigue hablando un idioma universal

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Julio 1, 2026

La política y los negocios multimillonarios se empeñan en apropiarse del Mundial a toda costa. Pero un balón redondo - y no deforme como otros- rueda por todos lados y a donde quiere, sin considerar política, finanzas, religiones, razas o geografía. Desde luego es un cliché, pero que maravilla que, por un breve tiempo, pueda unir a la humanidad y en nuestro caso a los mexicanos, más allá de los designios de los gobernantes, que se empeñan en lo opuesto.

La FIFA y los gobiernos anfitriones convierten al Mundial en un negocio planetario, el futbol nos sigue recordando que más allá de ello y de otras vicisitudes mundialistas, en la cancha el poder y el dinero no siempre triunfan y se salen con la suya, como acostumbran regularmente.

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Mientras los gobiernos utilizan el Mundial para proyectar prestigio, las empresas para vender marcas y los políticos para fotografiarse -o esconderse según convenga el caso- con las estrellas del futbol y del deporte, el balón conserva lo que ningún otro fenómeno global ha logrado construir: el balón conserva la “divina proporción” DaVinciana, una armonía que no reconoce jerarquías y que sigue siendo redonda.

La verdadera esencia del futbol casi nunca está en el palco y muchos menos en esta ocasión con los elevados precios de las entradas, que alejaron del estadio al verdadero aficionado, dejándoles el reducto de los Fan Fest, de sus familias y de sus amigos.  Pero lo importante, sigue estando en el césped y en ese caso por lo vivido hasta ahora, el futbol ha logrado triunfar por sí mismo.

A la pelota le resulta desconocido el tamaño del PIB, el gasto armamentista, las ideologías o el peso geopolítico de un país. Incluso al balón le resulta ajeno la perfección tecnológica y los materiales con que está diseñado. Por eso presenciamos como Marruecos pudo eliminar a la poderosa Holanda y lo festinamos más allá de nacionalidades o preferencias políticas e ideológicas, porque a final de cuentas triunfo del buen futbol y el esfuerzo humano de un equipo. Tuvimos que recordar que “no era penal”, lo que pesó más que el gobernador neoleonés que se enfundó oportunistamente de “oranje” y a contracorriente de los aficionados mexicanos que abuchearon a la selección de Países Bajos.

Y Cabo Verde, una pequeña nación africana de poco más de medio millón de habitantes, escribió una de las hazañas más sorprendentes del campeonato al clasificarse para la fase de dieciseisavos de final para enfrentar a la privilegiada Argentina el viernes próximo. En el futbol todavía existe un espacio donde “los pequeños” pueden derrotar a los grandes sin autorización de nada, ni de nadie, es casi anárquico. Imperfecto. Y, precisamente por eso, bello.

Esa igualdad, sin embargo, dura exactamente lo que dura un partido. Fuera de la cancha reaparece la insidiosa política. La selección de Irán compitió dignamente cargando el peso de las tensiones internacionales que rodean a su país. Estados Unidos con la complacencia de FIFA, incomodó hasta el último momento su excelente participación en las canchas. Así resulta complicado hablar de neutralidad y equidad en la contienda deportiva a menos de que el árbitro se asemeje a autoridades electorales que no detectan ni con VAR los anticipados actos de campaña en la cancha.

Gianni Infantino insiste en vender la imagen de un deporte “neutral” mientras cada decisión arbitral polémica, cada criterio disciplinario discutible y cada acomodo del calendario alimentan sospechas sobre el enorme poder de los intereses comerciales que paradójicamente atentan contra la naturaleza propia del futbol. Cuando Lionel Messi – me confieso abierto messista- evitó una expulsión que algunos consideraban inobjetable, la conversación dejó de ser futbolística y se trasladó, otra vez, en un debate sobre el peso económico de las grandes figuras y las selecciones más rentables.

No hace falta creer en conspiraciones o complots para admitir la realidad de que el futbol moderno mueve demasiados intereses para escapar por completo de la política y del negocio, para dejar simplemente que el balón ruede por donde quiera.

El propio Mundial parece confirmarlo. Nunca se había organizado una Copa del Mundo repartida entre tres países. La FIFA presenta la decisión como un símbolo de integración continental, pero las naciones organizadoras se empeñan en caminar por rumbos separados y hasta encontrados. En ese empeño divisorio no podemos sino reconocer que estamos frente a una distopia. 

Nada más irónico que mientras las sedes celebran la integración de América del Norte a través del futbol, Donald Trump anuncia -según la agencia Reuters- que preferiría dejar morir el T-MEC y abrir el camino para su desaparición al concluir un periodo de 10 años. Es difícil imaginar una contradicción mayor. El máximo evento deportivo del continente pretende vender la imagen de una región unida justo cuando la principal potencia económica cuestiona el principal instrumento de integración comercial de esa misma región. Nadie dudaría que, en las negociaciones tripartitas, Washington tiene el sartén por el mango y que difícilmente México y Canadá, llegarán a cuartos de final en ese torneo.

El balón, afortunadamente, no entiende de tratados. No sabe de aranceles, de disputas comerciales y jamás ha leído declaraciones presidenciales. Sigue obedeciendo únicamente a las leyes del juego. Quizá por eso el futbol continúa siendo el deporte que mueve a más personas en el mundo. Durante noventa minutos desaparecen las fronteras y únicamente quedan dos porterías, un árbitro y la posibilidad siempre latente de que el débil venza al poderoso. Las selecciones africanas han dado las mejores notas mundialistas y revitalizado al futbol.

Tal vez esa sea la lección que el Mundial vuelve a ofrecer a una clase política acostumbrada a medir el poder en votos, preferencias populares, ejércitos o mercados. El futbol también habla de poder, pero de uno muy distinto: el que nace del talento, la disciplina, el trabajo colectivo y la incertidumbre por la que rueda siempre el redondo balón.

Los gobiernos organizan los mundiales. Las empresas los financian. La FIFA los administra. Los políticos intentan apropiarse de ellos. Pero, para su mala fortuna, ninguno de ellos puede controlar el siguiente pase, el próximo gol o el inesperado triunfo de un país pequeño sobre una potencia. Eso de nuevo confirma lo que ocurrió con Alemania que fue derrotada por el espíritu y tozudes de la ejemplar selección paraguaya. Alemania no lo tuvo y abandono su histórico ADN.

El balón seguirá uniendo a la gente por unas semanas más lo que la política y el dinero parece empeñada en separar. Y aquí no hay tiempo de hidratación. Mientras el balón siga siendo redondo, el poder nunca terminará por domesticar al futbol.

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