UNO. En los años que Morena ha ejercido el poder, la retórica creada para refrendar la legitimidad obtenida en las urnas ha sostenido que el objetivo de este gobierno es destruir el viejo régimen de privilegios y abuso de poder que el PRI construyó y el PAN refrendó.
Por su fuerza, basada en hechos reales, el discurso ha resultado convincente. En las dos últimas elecciones presidenciales, la mayoría de los electores no dudó en llevar al poder a quienes prometieron transformar un régimen decadente cuyas instituciones se fueron convirtiendo cada vez más en entramados de intereses opacos y negocios ilegales.
Más artículos del autor
Sin embargo, las virtudes requeridas para erradicar las malas prácticas y los vicios de los gobernantes de ese llamado “viejo régimen”, no han caracterizado a quienes llegaron al poder prometiendo no solamente una limpia, sino también la recomposición del rumbo del país. Numerosos escándalos de corrupción, que hacen palidecer a los de años anteriores, se han sucedido con frecuencia. Asimismo, la incapacidad e ineficiencia de un buen número de funcionarios de todos los niveles de gobierno ha quedado exhibida una y otra vez. Morena no ha cumplido. Hoy los políticos son más corruptos que antes y sus desempeños son peores.
Pero no hay razones para sorpresa. En primer lugar, porque un buen porcentaje de los políticos que militaron tanto en el PRI como en el PAN, especialmente en el primero, cambiaron sus colores e ideologías por conveniencia. Si antes fueron férreos defensores del neoliberalismo, no dudan ahora en encontrarlo como el peor y más destructivo sistema económico que haya podido existir. Todos hablan de transformación y están convencidos de que primero están los pobres. La metamorfosis les ha conferido, a cambio, una pureza que nunca han tenido.
En segundo lugar, porque el objetivo primordial de los gobiernos de la llamada cuarta transformación no es, en realidad, la superación del viejo régimen, cuanto su recuperación y fortalecimiento. Ese viejo régimen empezó a ser transformado desde adentro, debido a sus propias contradicciones. Diseñado para concentrar el poder y reproducir su control por la misma fuerza que lo construyó, el régimen creado por el PRI y reforzado posteriormente por el PAN, creó instituciones con el fin de generar crecimiento, atender algunas de las principales necesidades de la población, contener sus capacidades de conflicto y crear condiciones para que las relaciones sociales transcurrieran en paz. Gracias a esa apuesta y a las condiciones históricas en las que el régimen transcurrió, su hegemonía se sostuvo por largas décadas.
Surgió, así, una clase media ilustrada que, gracias a la buena educación que en algunas etapas el régimen se ocupó de proporcionar, consiguió la movilidad social y contribuyó a la transformación de las estructuras económicas y sociales del país. Parte de esa clase media se percató que la capacidad de desarrollo del país quedaba limitada, en buena medida, por el uso autocrático del poder. Toda fuerza política hegemónica que controla las piezas fundamentales del sistema y ejerce autocráticamente el poder, percibió ese grupo de ciudadanos, termina por corromperse, desempeñarse ineficientemente y coartar libertades.
Dos. Esa impronta cultural dio lugar a movimientos contestarios y formaciones sociales que se ocuparon de promover modificaciones importantes al aparato del estado. Si bien el sistema había tenido capacidad para cooptar las protestas obreras en décadas anteriores, la crítica de la clase media resultó de difícil contención. Provenía de grupos profesionales incrustados en diferentes áreas del sistema económico, no constituía una capa uniforme de fácil cooptación y, además, contaba con habilidades y poder para crear opinión pública.
Ese cúmulo de capital cultural ejerció tal presión sobre los gobiernos del régimen, que éste no pudo evitar lo que en su momento se llamó la “ciudadanización” de algunas instituciones que se ocuparon de vigilar la acción gubernamental y reducir su discrecionalidad. En las últimas cuatro décadas los ciudadanos crearon organismos como el hoy INE, el INAI, la Comisión de los Derechos Humanos, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, la Comisión Federal de Competencia Económica, la Fiscalía General de la República, así como consiguieron autonomía para el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social y el Banco de México. Por si fuera poco, consiguieron también una reforma tendiente a independizar el Poder Judicial.
Los resultados de todos esos esfuerzos por separar a la sociedad del Estado, empoderarla y convertirla en vigilante de la acción gubernamental han sido erosionados, cuando no destruidos en estos últimos años. Así, expriistas y expanistas le dan vuelo, ahora, a su desfachatez bajo las siglas de Morena. Ya no hay contrapesos que regulen su acción, ni instrumento que midan sus incapacidades e ineficiencias. Hoy, quienes claman no ser iguales, se manejan por la libre, dándose baños de pureza y autoproclamándose transformadores y creadores de una nueva realidad nacional.
Julio Scherer ha dado cuenta de esto en su reciente libro. Marx Arriaga, por su parte, representó el último, más vergonzoso y estridente de los espectáculos propios de una clase política que, sin frenos, ha confundido sus intereses con el servicio público.
callesantillana215@gmail.com
X: @JCallesS]
FB: Jorge Alberto Calles Santillana
Tik-Tok: @jorgecallessantillana