Jueves, 28 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La República a ras de suelo

La tragicomedia nacional que se pisa, se entierra y se pule en público

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Jueves, Febrero 12, 2026

En México, la política suele andar más sobre símbolos que sobre tangibles y resultados. Y si uno mira con la debida atención hacia abajo —literalmente hacia abajo— encontrará en los zapatos una metáfora que se actualiza recurrentemente, incómoda y reveladora del carácter y perfil ético del poder en años recientes. El par de zapatos prometidos, los zapatos abandonados y polvosos y los zapatos embetunados, dicen más de nuestra realidad nacional que la narrativa gubernamental machacada a diario.

Primero fueron los zapatos que se volvieron consigna de campaña. AMLO repitió durante años la frase de que él tenía “solo un par de zapatos” cuando comenzó su lucha, construyendo su imagen del político austero que venía “de abajo”, que conocía el polvo del terregal y las suelas gastadas de la precariedad, como millones de mexicanos hoy en día. El zapato trató de convertirse en emblema de honestidad y cercanía con el pueblo.

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En un país donde la desigualdad sigue siendo un problema irresuelto, esa narrativa tuvo potencia moral y enorme éxito para convencer a muchos: quien ha caminado descalzo nunca pisoteará al ciudadano, al pueblo, como gustaba predicar. Sin embargo, el paso del tiempo mostró que la austeridad discursiva podría convivir, sin tapujos, con personajes de Morena que gustan de calzar y presumir, en toda ocasión, finos zapatos italianos. Los zapatos humildes, casi franciscanos, que se institucionalizaron en el discurso, se volvieron marca política, pero no necesariamente transformaron las prácticas anteriores. La metáfora se esfumó a paso acelerado: el zapato del “pueblo” terminó pisando las mismas alfombras que antes detestaba.

Luego vinieron los zapatos que nunca encontraron su dueño, solo cuerpos inertes perdidos en algún purgatorio. Un cuento aterrador de Cenicienta a la mexicana. En Teuchitlán, Jalisco, el hallazgo de fosas clandestinas —como otros en el país— dejó imágenes devastadoras: hileras de zapatos rescatados de la tierra, expuestos como mudos testigos de vidas de jóvenes arrebatadas.

Cada par representó una ausencia, una familia que busca, un Estado que nunca llegó y que parece no lo hará. Aquí el zapato dejó de ser propaganda y se convirtió en evidencia lacerante que nos duele a todos. No es metáfora construida desde la imaginación del grupo dominante, sino símbolo arrancado por la violencia y la impunidad.  Los zapatos teuchitlenses hablan de un país donde miles han sido desaparecidos, donde la tierra devuelve despojos, mientras las instituciones ofrecen sus cifras y promesas. Son el inventario material de una tragedia nacional que nos ha dejado inmunes al terror cotidiano. Frente a ellos, cualquier discurso triunfalista suena vacío… sin eco.

Para cerrar, nos encontramos con los zapatos embetunados listos para conmemorar un aniversario más de nuestra maltrecha Constitución. La escena del lustramiento de los zapatos del ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar —difundida en video y a todo color— provocó indignación a diestra y siniestra, por lo que representó. La persistencia de una cultura política reverencial, casi aristocrática y cortesana, en el más alto nivel del gobierno. No se trató sólo del acto físico de sacar brillo al calzado, sino de lo que encarnó: la normalización de la subordinación personal, la teatralización del poder, la idea de que la investidura justifica gestos que rozan la humillación y la ignominia.

En una Cuarta Transformación que se publicita igualitaria y que vela siempre por los más necesitados, la imagen de un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de origen indígena, siendo asistido de esa manera remite más a los resabios de Rey Sol y su Versalles que a una democracia madura. El zapato lustroso reflejó no sólo el rostro del ministro, sino la vieja tentación autoritaria de confundir encomienda con superioridad moral.

Tres escenas, protagonizadas por múltiples zapatos de todos los colores: los que prometen humildad, los que denuncian horror y los que exhiben vanidad y abyección. Juntos dibujan una parábola nunca antes vista en nuestra historia reciente. El zapato, que debería servir para avanzar, para proteger, para conocer otras realidades, aparece como objeto estático: símbolo de un sistema que camina en círculos o que de plano retrocede décadas. La austeridad se vuelve mitología fundacional, la tragedia estadística a modo y la dignidad republicana – añadiría humana- protocolo degradante.

Hay en todo esto una ironía amarga. Los políticos hablan de “caminar con el pueblo”, pero el pueblo sigue buscando a sus muertos en la tierra. Se invoca la transformación moral del país mientras se toleran prácticas que contradicen esa épica. Se presume cercanía con los de abajo, pero se reproducen jerarquías que colocan a unos literalmente a los pies de otros.

Quizá por eso los zapatos funcionan muy bien como metáfora nacional. Están en contacto con el suelo, con la cruda realidad. Se ensucian, se desgastan, se descosen o se cubren de lodo. En México, el lodo no sólo es físico, es algo más profundo, ético. Y mientras no haya una limpieza a fondo —no de betún y cepillo, sino de instituciones y responsabilidades— seguiremos viendo desfilar pares de zapatos que cuentan otras historias - a ras de tierra- la narración de la podredumbre en la que nuestro calzado se encuentra empantanado.

Posdata. En nuestro inagotable talento para demoler símbolos, nada resulta más ejemplar que el caso del presidente municipal de Tequila, Diego Rivera. Difícil hazaña la suya: mancillar, de una sola pedrada, dos emblemas nacionales. Por un lado, mancillar el nombre del gran muralista mexicano —y, por extensión, el de su célebre compañera, Frida Kahlo— y por el otro, el elixir patrio por excelencia, el tequila. No cualquiera logra semejante proeza simbólica: convertir en parodia lo que es parte de nuestro orgullo cultural.

 

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