Confundimos sinceridad con grosería como quien confunde libertad con falta de educación. Lo que muchas veces se esconde tras la bandera de la honestidad es, a veces ego puro y duro. Un «yo lo suelto y si te molesta es cosa tuya». Y ahí está la trampa: convertir la franqueza en un escudo para no tener que hacerse responsable de las consecuencias de lo que suelta por la boca.
Pero ser sincero no significa que puedas soltar lo que quieras, cuando quieras, como quieras y a quien quieras. Significa que eliges decir la verdad, sí, pero teniendo en cuenta a quién tienes delante, el momento, el contexto y, sobre todo, con qué intención lo haces.
Luis Miguel Real Kotbani. Ahórrese su franqueza. No sea grosero. Ethic. 25 de junio de 2025.
En los tiempos ególatras en que vivimos que se caracterizan por exaltar a cada individuo al grado de ponerlo en el centro del universo, como si no hubiera ningún límite que respetar más que la propia voluntad, la opinión personal -que se confunde con la verdad absoluta- y los sueños propios, es muy común escuchar a personas decir que lo que más odian en el mundo es la hipocresía y que ellos o ellas son siempre sinceros y dicen lo que piensan y sienten sin ningún filtro social.
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Derivada de esta deformación de la sinceridad que, como dice el epígrafe de hoy, se confunde con grosería así como se confunde la libertad con la falta de educación o la solidaridad con los necesitados con la caridad mal entendida que mira desde arriba a los vulnerables y les arroja migajas para alimentar la propia imagen, seguramente conocemos personas en nuestros ámbitos sociales, laborales y ciudadanos que viven “soltando lo que se les ocurre” sin importar si molesta o incluso lastima a los demás.
Se trata de una falsa sinceridad que en el fondo responde a la cultura de estos tiempos de individualismo exacerbado porque en el fondo, como dice la cita, no es más que ego “puro y duro”, porque en realidad lo que menos importa a estas personas que se envuelven en la bandera de la honestidad es el efecto que tengan sus palabras o acciones en los demás y su contribución a la construcción de comunidades incluyentes y seguras. Lo que motiva en el fondo este tipo de actitudes y comportamientos es la necesidad de autoafirmación, de brillar por encima de los demás, de ser visto por los demás.
En el ámbito educativo conozco un buen número de docentes o de tutores de procesos de investigación doctoral que se ufanan y presumen de ser muy sinceros, de decir siempre a los estudiantes o doctorandos “la verdad” por más cruda que pueda sonar, aunque muchas veces la verdad no sea más que la opinión o interpretación personal de su desempeño en las clases o de sus avances de investigación, en el mejor de los casos con fundamento, pero en muchos otros basadas en filias o fobias personales.
Decía con razón Mathew Lipman, el creador de Filosofía para niños (y niñas, o como ahora se le llame por la corrección política dominante) que el pensamiento crítico tiene como características básicas la autocorrección, la referencia a parámetros y la sensibilidad al contexto.
La sensibilidad al contexto tiene mucho que ver con la sinceridad bien entendida y enfocada, puesto que como dice también la cita inicial que encabeza el artículo, la sinceridad implica decir la verdad, pero teniendo siempre en cuenta a quién se le va a decir, en qué momento decirla, en qué contexto y sobre todo, con qué intención.
El elemento de autocorrección tiene también mucha influencia para construir una sinceridad auténtica, puesto que los que van por la vida presumiendo de sinceros y honestos y de decir las cosas tal como les vienen a la cabeza, por lo general asumen que todo lo que dicen es verdadero y son muy poco propensos a la revisión autocrítica de sus propias opiniones, ideas o comentarios.
Un elemento fundamental que he dejado al final es el de la pregunta por la intención con la que se dice la verdad cuando se es auténticamente sincero. Generalmente, quienes confunden la honestidad o la sinceridad con la grosería son profesores, directivos o tutores que no están motivados por el crecimiento del otro o la otra -sus estudiantes, sus colegas, sus tesistas, su comunidad escolar, la sociedad- sino por un insano deseo de destacar por encima de los demás, de mostrar una supuesta superioridad intelectual o moral sobre aquéllos con quienes interactúan y muchas veces, como en el caso de los educadores con sus estudiantes o tesistas o los directores con sus docentes, tienen influencia y poder.
Cuando trabajo en cursos con docentes muchas veces les invito a reflexionar sobre la motivación profunda de sus prácticas y formas de relación pedagógica. Porque en un buen número de ocasiones podemos darnos cuenta de que la que consideramos nuestra mejor clase no fue aquella en la que más aprendieron los educandos sino en la que demostramos el gran dominio que tenemos sobre un tema o lo brillantes que somos. Lo mismo habría que preguntar si dirigimos una tesis: ¿En mis asesorías o espacios de evaluación y retroalimentación me mueve el genuino interés porque el investigador en formación aprenda, mejore, de desarrolle o más bien quiero demostrar mi gran acervo de conocimientos, experiencia y solvencia como investigador o investigadora?
En un discurso sobre Educación y valores, Peter Hans Kolvenbach planteaba en el ya lejano 1990 que los educadores deberían preguntarse seriamente: cuando enseño o investigo ¿Dónde y con quién está mi corazón? Creo que esta pregunta resulta crucial si queremos realmente mejorar como educadores y ser auténtica y constructivamente sinceros y no groseros -en su significado más directo que implica falta de delicadeza o de cortesía-. Se trata de trabajar para lograr el equilibrio entre sinceridad y compasión: ser compasivamente sinceros y sinceramente compasivos.
Porque daña igual o más ser grosero con el pretexto de ser sincero y honesto que ser falso y no decir lo que consideramos verdadero y que puede contribuir a mejorar a las personas, a las organizaciones y sus procesos. De modo que como dice también el autor del artículo citado al inicio, no se trata de censurarte sino de cuidar, es decir, hay que desarrollar la habilidad y la actitud para decir la verdad, pero cuidando del otro y buscando siempre el efecto constructivo y ético de la verdad que se dice.
Se trata de un equilibrio muy frágil y difícil de lograr puesto que estamos en una cultura de hipersensibilidad en la que cualquier cosa que digamos a las personas que tenemos la responsabilidad de educar puede generar una sobre-reacción en ellas de manera que se sientan ofendidas o lastimadas, ante lo cual, muchas veces los docentes, directores y tutores optamos por evitar problemas y caemos en la falsedad o la hipocresía.
Pero del otro lado está el extremo de la falsa sinceridad que encubre más bien la lucha de egos que se da entre los distintos actores del proceso educativo. Para evitar caer en esta falsa sinceridad que no educa sino agrede, sigamos el consejo del autor del artículo citado: “…la próxima vez que estés a punto de soltar tu «sinceridad» como si fueras una metralleta emocional, hazte un favor (y haznos uno a los demás): respira. Piensa. Y si lo que vas a decir no ayuda, no construye y no cuida… ahórratelo”.