…y el ángel me dijo: esas cabezas que le ves a la Bestia son dictadores
y sus cuernos son líderes revolucionarios que aún no son dictadores
pero lo serán después…
Me dijo: Las naciones del mundo están divididas en 2 bloques
-Gog y Magog-
pero los 2 bloques son en realidad un solo bloque…
y caerá fuego del cielo y los devorará
Y vi en la biología de la Tierra una nueva Evolución
Era como si hubiera surgido en el espacio un Planeta Nuevo
La muerte y el infierno fueron arrojados en el mar del fuego nuclear
las masas ya no existían más
y vi una especie nueva que había producido la Evolución
la especie no estaba compuesta de individuos
sino que era un solo organismo
compuesto de hombres en vez de células
y todos los biólogos estaba asombrados
Pero los hombres eran libres y esa unión de hombres era una Persona
-y no una Máquina-
y los sociólogos estaban pasmados
y los hombres que no formaron parte de esta especie
quedaron hechos fósiles
y el Organismo recubría toda la redondez del planeta
y era redondo como una célula (pero sus dimensiones eran planetarias)…
…y había un Cántico Nuevo
y todos los demás planetas habitados oyeron cantar a la Tierra
y era un canto de amor.
Ernesto Cardenal. Apocalipsis.
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Como en aquellas célebres tiras de Mafalda en las que Felipe soñaba en una catástrofe que hiciera desaparecer a la escuela para librarse de la obligación de asistir a clases, este inicio de año tal vez como pocos en el pasado nos está dando motivos suficientes para pensar que esa catástrofe se ha materializado o al menos para preguntarnos si tiene sentido volver a las aulas en el estado actual del mundo en el que cada vez se ve más claramente y con mayor cercanía el fin de una época y la amenazante incertidumbre sobre la viabilidad de que en su lugar inicie una nueva era en la historia de la humanidad o estemos más bien en la antesala -que no será de corto plazo sino como todo en la Historia con mayúsculas, lento y gradual- de la autodestrucción de esta especie a la que pertenecemos.
El espectro de la muerte planea sobre la humanidad tal como lo afirma Edgar Morin en su libro Cambiemos de vía y en estas pocas semanas en las que supuestamente el mundo hace una pausa para reflexionar sobre la necesidad de la paz y del amor como pilares para la construcción de una vida que pueda llamarse humana hemos sido testigos de hechos terribles que echan por tierra todos los buenos deseos y bombardean seriamente toda esperanza de que los seres humanos podamos vivir en armonía desde la justicia y la inclusión de todos y todas a partir del reconocimiento de la dignidad humana y del valor sagrado de la vida.
Desde la falta de soluciones definitivas y justas en el conflicto entre Israel y Palestina que ha estado marcado por un auténtico genocidio en la Franja de Gaza o de la invasión de Rusia a territorio ucraniano con todas las muertes que ha dejado esta guerra, pasando por la represión violenta del gobierno iraní a las protestas multitudinarias contra el régimen que han encabezado notablemente las mujeres y muchos otros conflictos que se mantienen activos como bombas que siguen estallando cada día y generando víctimas, estamos siendo testigos de la caída del derecho internacional y las instancias multinacionales creadas para mediar y buscar la resolución pacífica y dialogada de los conflictos.
Mención aparte merece la inaceptable incursión militar del ejército estadounidense para aprehender y sacar del país al dictador ilegítimo y sanguinario de Nicolás Maduro. Dicha operación estuvo motivada por el capricho de otro líder autocrático como es Donald Trump que al planear y ordenar esta acción violó tanto las leyes e instituciones democráticas del país que gobierna y del que juró respetar su Constitución Política como las más elementales normas del derecho internacional.
Como bien dice Sergio del Molino, ante esta acción violenta: “…Quienes no estamos dispuestos a elegir entre tiranos buenos y tiranos malos vivimos estos días con desazón e impotencia. Ante el poder de la fuerza bruta y la disolución de cualquier puesta en escena civilizada y democrática, quienes no tenemos más bandera que los derechos humanos, la democracia y la paz vivimos a la deriva…” En el ámbito de este país latinoamericano, coincido con este articulista al sentir que “toda palabra que no sea de cariño hacia el tristísimo pueblo venezolano es vana…”
Pero desde una perspectiva más amplia, este sentimiento de desazón e impotencia, esta percepción de vivir a la deriva se agrava al constatar que lo ocurrido en Venezuela no ha tenido ni siquiera el pretexto discursivo históricamente usado por los gobiernos intervencionistas estadounidenses para justificar su injerencia en Latinoamérica y otras regiones del mundo que era la supuesta defensa de la libertad y la democracia.
Según han dejado muy claro tanto el presidente como el vicepresidente de ese país, el interés es el petróleo venezolano y el dominio geopolítico y geoeconómico de los Estados Unidos en la región. Esta acción exitosa para ellos les ha infundido aún más soberbia y ambición que ha derivado en declaraciones de sus deseos de anexar a Groenlandia al territorio estadounidense y la amenaza de intervención en otros países, incluyendo a México según han mencionado.
Nos encontramos ante una amenaza global en la que los organismos multinacionales creados a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial para la resolución racional y pacífica de los conflictos, el derecho internacional, la diplomacia y todo lo que constituyó el mundo civilizado de la era de las aspiraciones democráticas se ha derrumbado, dando paso nuevamente a la ley del más fuerte, al dominio totalmente discrecional de quienes tienen mayor poder sobre el resto de los países del orbe.
Como dice el poema de Cardenal, las cabezas de la bestia son hoy los dictadores y sus cuernos, los revolucionarios que se convierten en dictadores en cuanto asumen el poder. No cabe duda que estamos, más allá de la retórica o lo que podría haber parecido romántico del término “cambio de época”, en el fin de un período histórico que trae consigo una incertidumbre cada vez más grande y un temor creciente por lo que pueda venir.
¿Tiene sentido seguir empeñados en educar en estas condiciones casi apocalípticas? ¿Podemos seguir ejerciendo la profesión de la esperanza en un mundo desesperanzado? Creo que hoy más que nunca, educar no es un proyecto planeado y controlado sino una apuesta: la apuesta por el surgimiento de una nueva evolución, de un planeta nuevo y de una humanidad renovada que sea como ese organismo que recubra toda la redondez del planeta y entone un cántico nuevo, un canto de amor.
Feliz 2026 a mis cinco lectores y a todos los profesionales de la esperanza.