La política exterior de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump ha revivido estrategias agresivas en América Latina, recordando intervenciones pasadas.
Un ejemplo claro es el caso de Nicolás Maduro en Venezuela, donde fuerzas estadounidenses lo capturaron, derrocando su régimen tras años de sanciones y apoyo a la oposición liderada por Juan Guaidó.
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Esta acción no solo cortó el flujo de petróleo venezolano subsidiado a aliados como Cuba, sino que también sirvió como advertencia regional, demostrando la disposición de Washington a intervenir directamente para restaurar la influencia estadounidense en el hemisferio.
Ahora, Trump ha dirigido su atención hacia Cuba, intensificando la presión sobre el gobierno comunista de Miguel Díaz-Canel. Tras el colapso venezolano, Trump declaró en su red social Truth Social que "no habrá más petróleo o dinero yendo a Cuba", exigiendo que La Habana "haga un acuerdo antes de que sea demasiado tarde".
Esta medida corta el principal sustento energético de la isla, que dependía de miles de barriles diarios de crudo venezolano a precios preferenciales. La Habana ha respondido, rechazando las acusaciones de Trump de que Cuba proporcionaba "servicios de seguridad" a Maduro a cambio de subsidios, y calificando las demandas como chantaje imperialista.
La escalada no se limita a sanciones económicas. Trump ha insinuado una posible intervención militar, afirmando que "Cuba parece lista para caer" y cuestionando si el régimen podrá resistir sin apoyo venezolano.
Se notan los paralelismos con Venezuela, un cambio de régimen respaldado por EE.UU., posiblemente apoyando a la oposición cubana o incluso una invasión limitada para "restaurar la democracia".
Además, Trump ha bromeado sobre nombrar a Marco Rubio, su secretario de Estado de origen cubano, como "presidente de Cuba". Al repostear un meme en redes sociales que sugería esto, Trump respondió: "¡Suena bien para mí!"
Rubio, es un crítico del castrismo, representa la voz dura contra La Habana, y esta "broma" subraya la visión de Trump de un liderazgo pro-estadounidense en la isla. Estas acciones forman parte de una implementación gradual de la Doctrina “Donroe” (como el mismo Trump rebautizó), revitalizada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 para afirmar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y contrarrestar influencias externas como China y Rusia.
Un ejemplo claro es el renovado interés de Trump en Groenlandia, donde ha ordenado planes de invasión o adquisición para controlar recursos árticos y rutas estratégicas, rechazando el control danés y advirtiendo contra vecinos no deseados.
Esta "Doctrina Donroe 2.0" no solo presiona a Cuba, sino que redefine el dominio de EE.UU. en su "esfera de influencia", potencialmente alterando el equilibrio geopolítico global.