¿Cómo se recuerda a los gobernadores poblanos? Es una pregunta que se hace con frecuencia respecto a algún gobernador en particular. Es importante recordar lo obvio: la memoria es parcial, sesgada y por tanto puede ser injusta. Pero algo dice.
Empecemos por Alfredo Toxqui. Es recordado por su bonhomía y mesura. Su idea de que todo político debe tener una bolsa de hielo en la cabeza es una metáfora de uno de los principios básicos de la inteligencia emocional: “no engancharse”, se dice ahora. “Saber separar la chispa de la flama”, escribió el destacado psicólogo Paul Ekman.
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Toxqui devolvió al estado la estabilidad que había perdido. Quizá no fue un gobernador que se vio mucho, pero que sí se sintió: creó las condiciones para que la vida en la entidad siguiera su curso. Atendió a ciudadanos y problemas diversos.
Mariano Piña Olaya será recordado, creo, por su frivolidad. Como que no tomó muy en serio el ser gobernador. Ya como ex, lo recuerdo en una reunión con estudiantes. Una alumna le preguntó por qué Puebla era el estado en el que había más mujeres indígenas en la cárcel. Piña le respondió en náhuatl.
La mayoría, sorprendidos, no entendimos nada. Pero alguien que sí entendió nos lo aclaró después de la reunión: lo que dijo el exgobernador son unos versitos que vienen en algún libro de texto, y dicen algo así como “qué bonitos son tus ojos, quiero que solo me miren a mí”. Un coqueteo frívolo frente a una pregunta tan seria. Sin comentarios.
Manuel Barttlet llegó a gobernador de Puebla después de haber estado cerca de ser candidato a la presidencia. Y quería serlo en el 2000. No se le puede considerar un político carismático, pero sí serio y comprometido. Presenció la peor derrota de su partido en Puebla en 1995. Y realizó lo necesario para que el PRI poblano se recuperara en 1997 y 1998. Quizá no cosechó muchas simpatías, pero tampoco muchos reproches. Y construyó el periférico.
Melquiades Morales ganó ampliamente la elección en 1998, uno de los peores momentos para su partido el PRI, que perdería por primera vez la presidencia de la República en el 2000. Su bonhomía y mesura recuerdan a Toxqui. Un hecho parcial y sesgado, pero que algo dice: es de los pocos exgobernadores que pueden caminar por las calles, comer en los restaurantes, y ser reconocido con respeto y simpatía.
El caso de Marín es quizá el más triste. Ganó con facilidad la candidatura de su partido y la elección. Pero, en un caso típico, perdió el piso. Como favor a un amigo detuvo a una periodista. Y la historia sigue hasta ahora, él en prisión.
Moreno Valle rompe los esquemas previos. Recién llegado a la política, mostró pasión y ambición que le dieron presencia en el ámbito nacional. Lastimó a varios de sus más cercanos, pero tejió una red que apuntaba a la presidencia de la República. Hasta que falleció con su esposa Martha Erika, siendo ella gobernadora constitucional.
Luis Miguel Barbosa superó todas las frivolidades anteriores. Ahí están algunas anécdotas de quienes lo trataron de cerca. No parece haber dejado un dato positivo de su gobierno. Tengo mi sesgo, ciertamente, pues su gobierno secuestró el campus de mi universidad por ocho meses, y se escudó en lo que Ricardo Raphael tituló como “un laberinto de mentiras”. ¿Por qué mienten con tanta facilidad algunos políticos?
Con Sergio Salomón Céspedes volvió la mesura. Y una obra pública que resalta en una zona metropolitana donde la movilidad urbana es una pesadilla para quienes carecen de automóvil: el Metrobús del periférico.
La historia sigue, y está siendo escrita.