En solidaridad con Rodolfo Ruiz Rodríguez ante el nuevo embate del autoritarismo gubernamental.
Arendt fue precursora del fact checking, la verificación de los hechos, hoy tan común ante la proliferación de noticias falsas. Para la filósofa lo espantoso no es la mentira en sí, sino que esta sea creída: «Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia quiere escuchar». Alentar un contenido que no verificamos es, también, banalidad del mal… «La indolencia hecha normalidad es el mal. El que muere en la banalidad del mal y cree vivir jamás entendió la dignidad intrínseca de las personas, y ahí reside su esclavitud y peligrosidad: no saben, no quieren saber, hacen sin conciencia, pero con eficacia de autómata», explica el filósofo Álex Tarantino.
Esther Peñas. El rostro contemporáneo de la banalidad del mal. Ethic. 1 de abril de 2024.
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Efectivamente las mentiras resultan mucho más plausibles y atractivas que la realidad. Por eso en este México herido hasta lo más hondo por la violencia, la corrupción, la impunidad fruto de la soberbia, la soberbia producida por la impunidad, las ofensivas desigualdades y exclusiones, la falta de crecimiento económico y la destrucción de las instituciones democráticas se ha instalado y crece cada vez con mayor fuerza el reino de la mentira.
Sin duda para muchos compatriotas resulta más agradable o al menos cómodo vivir en ese país de fantasía que recrean cada mañana desde el centro del poder político a partir solamente de palabras ingeniosas, invención de enemigos inexistentes, victimización ante supuestos complots internacionales y ahora también de una inverosímil pero romántica reinvención de la historia nacional que asumir la dolorosa y muy preocupante realidad que se constata simplemente al asomar la cara a las calles de cualquier ciudad o poblado de nuestro territorio.
En la construcción de este país de fantasía que lleva a tantos a afrontar la vida cotidiana evadiendo los enormes problemas que aquejan a nuestra sociedad, como si con eso mágicamente se resolvieran. Los que tienen la sartén por el mango mienten a diario con la ventaja, como decía Hannah Arendt, de que saben de antemano lo que la audiencia quiere escuchar: que ya no hay corrupción, que se acabó la impunidad, que somos el país más democrático del mundo, que hay libertad de expresión, que ya no hay acarreos, que en todo el mundo voltean a vernos con admiración, etc.
De manera que en un círculo cerrado a los hechos coexisten quienes mienten con toda intención y clara conciencia del mal que hacen por convenir a sus intereses y ambiciones personales, familiares, partidistas e ideológicas y por el otro un buen porcentaje de los ciudadanos que piden a gritos que les oculten la verdad porque prefieren vivir pensando que todo va muy bien y que el paraíso terrenal está próximo a aparecer en esta suave patria a la que cantó el poeta.
En este círculo todos viven tranquilos y sin ningún remordimiento de conciencia. Los que mienten porque como afirmaba reiteradamente Eichman en el célebre juicio que dio origen al planteamiento de Arendt sobre la banalidad del mal, su único lenguaje es el burocrático y desde ese esquema mental el único mal consiste en contravenir las reglas del sistema y no cumplir con el deber que les toca cumplir con lealtad absoluta. Los que optan por creer en las mentiras porque tampoco tienen conciencia del mal que les rodea puesto que han elegido vivir en la indolencia. Ni a unos ni a otros les interesa pensar.
Sin embargo, como plantea la autora del artículo del que tomo el epígrafe de hoy: “…Alentar un contenido que no verificamos es, también, banalidad del mal…” y asumir decisiones indolentes respecto a los demás, como si fueran objetos o cosas y olvidando el principio ético fundamental de que cualquier ser humano merece respeto, implica también una forma banalidad del mal que es indigna para la condición humana.
Convertirnos en simples consumidores de imágenes que no se detienen a pensar en el significado de lo que están presenciando, como dice Susan Sontag -citada en el mismo artículo- en lugar de ser espectadores capaces de interpretar y evaluar lo que reciben, es también una forma de banalidad del mal. De manera que la indolencia y la pasividad son rostros contemporáneos de esa banalidad del mal.
Dice el filósofo Jorge Freire, según el artículo de Peñas, que resulta necesario tomar conciencia de lo que ocurre en el mundo para poder comprometernos a transformarlo construyendo el bien común. Pero ese bien que se busca construir al transformar el mundo es “…susceptible de convertirse en mal al banalizarse…” y una forma de hacerlo es adoptando la indolencia como actitud existencial.
Ojalá este fin de año nos hagamos un espacio para reflexionar sobre la indolencia colectiva que está llevando a nuestra sociedad a la banalización del mal con las consecuencias desastrosas que están ahí a la vista de todos, aunque sean tantos los que optan por no verlas beneficiando a esas minorías poderosas que siguen avanzando a diario en la construcción del castillo de naipes de las mentiras.
Para quienes nos dedicamos a la educación, hay un reto gigante en la formación de los futuros ciudadanos tan expuestos al bombardeo de imágenes y mentiras en sus dispositivos que ocupan su atención la mayor parte del tiempo. ¿Cómo lograr que se formen como espectadores inteligentes y críticos de la información que consumen en lugar de volverse meros consumidores incapaces de interpretar y evaluar lo que reciben? ¿Cómo formar éticamente para no renunciar a pensar sobre el bien y el mal de sus acciones y del sistema y la cultura en que viven? ¿Cómo buscar creativamente estrategias educativas que eviten que caigan en la indolencia convirtiéndose en cómplices de la banalización del mal que nos invade?
El reto está en formar gente valiente en el decir, según afirma el filósofo Alex Tarantino: “¿Quién puede ser valiente en el decir? Solo el ser que se abisma y siente vértigo, solo el que comprende lo trascendente del bien, y lo grita, y lo escribe…».
Este es mi último artículo del año 2025. Me reencontraré con mis cinco lectores a partir del 18 de enero de 2026. Felices fiestas.