En un país donde el trabajo ha sido sinónimo de sacrificio eterno, el anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum representa un faro de esperanza. Como se vio en el anuncio la mandataria, donde detalla con orgullo el incremento del 13 % al salario mínimo para 2026, lo que cubriría dos canastas básicas y un 154 % de ganancia en poder adquisitivo real, y la reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 40 horas durante el sexenio, México da un paso histórico hacia la justicia social.
De la mano de un consenso tripartito con empresarios y sindicatos, esta reforma no es un capricho, sino la culminación de siete años de transformación que priorizan a los olvidados: los millones de trabajadores que sostienen la nación.
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Desde la llegada de la López Obrador en 2018, los incrementos al salario mínimo han sido una ayuda real. En el anterior sexenio, el salario diario pasó de 88.36 pesos a 248.93 en 2024, un alza nominal superior al 180 % y del 151 % en términos reales, algo inédito en cuatro décadas.
Anualmente: en 2019 a 102.68 pesos, en 2020 123.22, en 2021 141.70, en 2022 172.87, en 2023 207.44 y más en 2024. Estos no fueron ajustes, recuperaron el salario mínimo del último lugar en Latinoamérica al sexto, impulsando la salida de 13 millones de personas de la pobreza extrema y elevando el consumo interno.
Familias enteras, de vendedores ambulantes a obreros fabriles, han sentido el alivio: más acceso a alimentos, educación y salud. Sheinbaum hereda este legado y lo amplifica con el 13 % para 2026, alineado al compromiso de alcanzar 2.5 canastas básicas en 2030.
Pero el verdadero cambio es la jornada de 40 horas, que se implementará paulatina y equitativamente, dos horas menos por año desde 2027, lo que presentará 46 horas, hasta llegar a 40 en 2030, sin recortes salariales ni prestaciones.
Respaldada por la OIT, esta medida no solo alivia la fatiga crónica, sino que multiplica beneficios: mayor salud mental y física, tiempo para la familia y el ocio, y un equilibrio que fortalece la cohesión social. Estudios internacionales, como los de la OCDE, muestran que jornadas más cortas elevan la productividad hasta un 20 %, al reducir el burnout (estrés extremo) y fomentar la innovación.
En México, donde el 60 % de los trabajadores excede las 48 horas, esto significa fines de semana recuperados, menos estrés para madres y padres, y una economía más humana.
Una vez más se desmitifica el mito neoliberal de que subir salarios o acortar jornadas "frena el crecimiento", al contrario, impulsan un México próspero e incluyente. Confiamos en que más empresarios se sumen a la aplicación de la reducción de la jornada laboral de manera paulatina y seguir desmitificando los paradigmas que tenían empobrecida a la clase trabajadora.