Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Un poco de caridad y un poco de tolerancia

Que nuestro propósito de mejora este fin de año incluya aprender un poco de caridad y de tolerancia

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Diciembre 8, 2025

Lo moral que quisiera transmitirles es muy simple: el amor es sabio, el odio es estúpido. En este mundo, que cada vez se vuelve más y más estrechamente interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos los unos a los otros, tenemos que aprender a aceptar el hecho de que alguien dirá cosas que no nos gusten. Es la única forma de vivir juntos. Si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos, debemos aprender un poco de caridad y un poco de tolerancia, que es absolutamente vital para la continuación de la vida humana en este planeta.
Bertrand Russel. Entrevista a Bertrand Russell. Por Mateus Bolson Ruzzarin-Mindshop

Como en un abrir y cerrar de ojos se acerca ya la época navideña y el fin de este año difícil y turbulento para nuestro país y para la humanidad. Tanto para mundo cristiano que celebra el inicio de un nuevo ciclo litúrgico como en el mundo secular que festeja el término de una vuelta al sol por parte de nuestro planeta y el comienzo de un nuevo período, estas fechas implican una nueva oportunidad para transformar lo que somos y las formas en que convivimos, para mejorar las condiciones difíciles y la emergencia en la que vive la humanidad en estos tiempos de crisis civilizatoria.

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Los humanos somos seres históricos, una especie que tiene consciencia del tiempo y lo mide, lo segmenta, lo divide en ciclos que se vuelven simbólicos porque implican aspiraciones de renovación, de reinicio, de superación de la rutina y la monotonía que implicaría una existencia plana, continua, sin pausas ni espacios que nos brinden oportunidades de hacer un alto en el vertiginoso ritmo del día a día.

También de buscar momentos de silencio para recuperar lo vivido en el corto, mediano y largo plazo, analizar lo positivo y lo negativo, reflexionar sobre nuestras formas de afrontar los momentos críticos y hacer propósitos de mejora como personas y como ciudadanos de un país y un mundo heridos.

En esta pausa de fin de año resulta urgente, desde mi punto de vista, poner atención y reflexionar muy seriamente sobre la intolerancia, el odio, la descalificación, la cancelación y la negación del otro que están minando nuestra capacidad de convivir como seres auténticamente humanos. Porque este mundo que nos ha tocado vivir se caracteriza cada vez más por la polarización que divide de forma simplista y maniquea a las personas, grupos, organizaciones, gobiernos y países en buenos y malos, puros e impuros; entre los que están del “lado correcto de la historia” y los que están del lado equivocado.

Como docente e investigador educativo en temas de ética y educación en valores me parece que resulta indispensable, reiterar la relevancia de formar y formarnos en actitudes y valores incluyentes, en formas de ser y convivir que como dice Morin citando a Antelme, no dejen fuera a nadie de la humanidad.

Por ello me llamó la atención este fragmento de una excelente entrevista a Bertrand Russel -que me encontré citada en un artículo de opinión publicado ayer- quien desde una perspectiva estrictamente filosófica, producto de su larga trayectoria y trabajo de pensamiento profundo sobre lo humano, nos regala con sabiduría este mensaje que todos deberíamos leer, considerar, pensar y tratar de apropiar y vivir.

Ante la pregunta de qué le gustaría transmitir a las generaciones futuras que supieran de su vida y obra, el filósofo, matemático, lógico y escritor británico plantea dos campos relevantes en los que quisiera dejar su aprendizaje: el de lo intelectual y el de lo moral. Tomo en este artículo solamente el aspecto moral, por las razones que ya he expuesto líneas arriba.

El amor es sabio y el odio es estúpido, dice Russell. Sin embargo, vivimos en un mundo marcado por los discursos, los actos, las estructuras y la cultura de odio. Un mundo que sin duda podríamos calificar de estúpido porque ha globalizado y entronizado el odio, la división y la exclusión entre nosotros. El odio se respira en el ambiente y los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, los futuros ciudadanos de este país que siembra cuerpos y cosecha impunidad y degradación desmoralizantes, van aprendiendo que esta es la única forma de vivir juntos: defendiéndonos de los demás en el mejor de los casos, agrediéndolos y violentándolos si es necesario para imponer nuestras opiniones, nuestras cegueras ideológicas, nuestras costumbres y formas de vida.

En este contexto es todo un desafío para los educadores y educadoras -padres, madres, docentes, medios de comunicación, políticos, líderes sociales, influencers, etcétera- hacer una apuesta y generar estrategias viables y eficaces para que las nuevas generaciones que viven en este mundo cada vez más interconectado aprendan a tolerarse unos a otros y aceptar -yo diría incluso acoger y celebrar- el hecho de que siempre habrá alguien que diga cosas que no nos gusten o con las que no estemos de acuerdo. Porque como dice Russell, esta es la única forma de poder vivir juntos.

Promover el aprendizaje de la caridad tiene como punto de partida la superación de la egolatría y la falta de empatía hacia los demás, principalmente hacia los que sufren las consecuencias de este mundo injusto y desigual. El mundo pide hoy pensar en uno mismo, priorizar la propia felicidad -entendida como comodidad y evasión del dolor- por encima de todo. Ante ello es indispensable educar en la sensibilidad y la solidaridad que parten de la constatación de que somos seres intersubjetivos, sociales, necesitados de los demás. Seres que nunca podrán ser felices si buscan la felicidad a costa del sufrimiento de otros.

Educar la caridad también supone una comprensión adecuada de lo que significa esta virtud que a veces se confunde con una sensiblería ocasional y carente de compromiso que se sustenta en una relación vertical en la que quienes tenemos todo, regalemos un poco de lo que nos sobra a quienes no tienen nada para sentirnos buenos.

La auténtica caridad parte del amor a los demás y a la humanidad, de un amor que bien entendido no es solamente una emoción momentánea sino un sentimiento de respuesta a la aprehensión del valor de los demás desde el reconocimiento de su dignidad como seres humanos iguales a nosotros.

Por otra parte, educar en la tolerancia, promover la formación de personas tolerantes requiere la superación de los dogmatismos ideológicos, políticos o religiosos que llevan a asumir que se posee la verdad absoluta sobre lo que conviene para la construcción del bien común y que todas las formas de pensar y actuar distintas son rechazables.

Pero promover el aprendizaje de la tolerancia requiere superar la idea de que tolerar es una especie de generosa concesión para permitir la existencia de los diferentes aunque sean inferiores o estén equivocados. El aprendizaje de la tolerancia implica una comprensión profunda del valor de la diversidad y una actitud comprometida con el impulso del diálogo entre los distintos puntos de vista, valorando que quienes piensan o viven de forma distinta tienen derecho a expresarse y pueden aportar elementos valiosos a la construcción de una convivencia equitativa, armónica, justa y pacífica.

Para enseñarlo hay que vivirlo. Por ello en este fin de año, ojalá nuestra reflexión y propósito de mejora incluyan como elemento esencial aprender un poco de caridad y un poco de tolerancia.  

 

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