Me detengo en lo que es el mundo común y mi diagnóstico es que la posverdad es esto, el fin del mundo común. Junto a Hannah Arendt defino esta idea del mundo común como aquello que nos conecta y nos separa a la vez. Nos conecta porque estamos todos en la misma realidad, pero al mismo tiempo nos separa porque cada uno la ve desde una perspectiva distinta. Arendt siempre habló de que la democracia tiene que velar para que exista ese mundo común. Que no se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo. La posverdad no es que el político mienta, ya que los políticos han mentido siempre. Lo que pasa ahora es que el político utiliza la verdad o la mentira como un arma de poder para construir una realidad alternativa, que es una ficción. Lo que ha desaparecido es que hemos dejado de habitar en el mismo mundo. Para que haya un mundo común tenemos que mirar todos a ese mundo y discutir sobre él.
Máriam Martínez-Bascuñán. Entrevista de Pedro Silverio. Ethic. 11 de noviembre de 2025.
He escrito mucho sobre los restos de la educación en los tiempos ególatras que vivimos hoy en el mundo, tiempos en los que se nos ha vendido y mucho hemos comprado, la idea de que somos el centro del universo y que todo debe girar en torno a nuestro proyecto individual de “felicidad” –así, entre comillas porque en el fondo se entiende felicidad como comodidad, alegría, ausencia de esfuerzo y dolor- por lo que necesitamos aprender a deshacernos de todo y de todos los que parezcan ser un obstáculo o poner límites a nuestros “sueños”.
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Estos tiempos ególatras son, desde mi punto de vista que también he expresado en este espacio, una especie de reacción pendular en contra de siglos de negación del sujeto individual, y de estructuras y culturas que negaban la libertad para construir proyectos de vida propios y pregonaban la aceptación del rol que le hubiese tocado a cada quien en sociedades altamente jerarquizadas, verticales y estáticas.
De manera que el surgimiento del sujeto individual fuerte a partir de la modernidad y la afirmación de la razón ilustrada y la libertad sin cortapisas como motores para el progreso y el logro de la utopía de una humanidad emancipada, libre de prejuicios y ataduras, más igualitaria y plural, trajeron sin duda como resultado avances en el estudio del ser humano y sus dinamismos internos, de nuevas formas de convivencia y declaraciones universales como la de los derechos humanos que ha ido evolucionando para dar protección, al menos en lo normativo, a cada persona individual, tratando de no dejar a nadie fuera de la humanidad.
Sin embargo esa reivindicación del sujeto individual a partir del ejercicio de la razón fue derivando en un racionalismo que absolutizaba este rasgo humano -la modernidad mató a Dios y puso a la razón en su lugar, dice Camus- y posteriormente, con el desarrollo del capitalismo y después de su fase global en la que el mundo se convirtió en un gran mercado como afirma Morin, fue también manipulándose con herramientas de mercadotecnia basadas en el conductismo y ahora también con los famosos algoritmos de la tecnología digital, hasta llegar a este momento en el que tenemos la ilusión de ser libres y racionales pero somos en buena medida esclavos de las visiones de felicidad y de realización que nos presentan los medios de comunicación y las redes sociales.
En el ámbito sociopolítico, el surgimiento y despliegue del sujeto individual racional y libre derivó en el desarrollo de las democracias tal como las conocimos en los dos siglos precedentes, especialmente en el siglo XX, pero la desilusión democrática derivada de gobiernos en los que imperó la corrupción y la impunidad, la búsqueda de intereses individuales o de partido sobre el bienestar general, ha derivado también en una desilusión que se manifiesta en la elección y alta aprobación popular de líderes mesiánicos populistas y autoritarios que prometen resolver mágicamente y a golpe de pura voluntad, todos los problemas sociales.
Un fenómeno relativamente reciente, surgido en este siglo, que cobra cada vez más relevancia es el de la llamada postverdad, que se define como dice el epígrafe de hoy, como la utilización de la mentira, de medias verdades o incluso de algo de verdad para construir realidades alternativas que no corresponden con el mundo existente ni con las situaciones que se viven en lo concreto y cotidiano.
Más allá de su utilización como instrumento de manipulación para la obtención y mantenimiento del poder por parte de los políticos, la postverdad conlleva el fin del mundo común como plantea la autora del libro que lleva este título y a quien cito hoy.
Ese mundo común que nos conecta y nos separa a la vez como dice la autora citando a Arendt. Nos conecta porque lo compartimos, nos separa porque tenemos distintas interpretaciones y comprensiones de él. Este mundo en común, como decía Arendt, es indispensable para que exista la democracia porque es la base para poder establecer el diálogo, la discusión, el debate. Para poder construir un modelo de sociedad al que aspiremos, un modelo que integre lo común y lo distinto, lo que plantean las mayorías y las minorías, que se constituya como dice Morin en la unión de la unión y la desunión, es necesario el mundo común sobre el cual se pueda concordar y discrepar.
Según esta autora, aunque no se trata de algo irreversible, el reinado de la postverdad ha ido destruyendo este mundo común y ahora ya no habitamos la misma realidad, hemos dejado de vivir en el mismo mundo, lo que explica la imposibilidad actual de debatir sobre él.
Leer estas ideas me ha hecho comprender las razones por las que hoy no existe opinión pública o discusión pública sino descalificaciones y cancelaciones mutuas entre los distintos grupos ideológicos o políticos. Centralmente se trata de que cada quien habla desde su propio mundo que es un constructo imaginario edificado sobre mentiras y medias verdades les ha sido inoculado con base en narrativas impactantes y sistemáticamente sostenidas y difundidas mediáticamente.
En muchas instituciones y ámbitos de la educación actual se habla de la urgente necesidad de educar agentes comprometidos con la construcción del bien común. Esta tarea resulta imposible si no existe como punto de partida la experiencia, comprensión, afirmación y deliberación de una realidad compartida, de ese mundo común del que habla Arendt y reafirma Martínez-Bascuñán.
Para construir otro mundo posible es imprescindible conocer y pisar el mundo actual realmente existente y hacerlo todos de forma compartida, como dice el epígrafe, no para pensar todos igual sino para discrepar sobre él y encontrar los puntos de convergencia para proyectar las transformaciones necesarias para volverlo más humanamente habitable.
Esto me lleva a volver a plantear la urgencia del desarrollo del pensamiento crítico que lleve a los educandos, a aprender a ser a través de la auto revisión permanente de sus proyectos de vida personales que no se dejen manipular por la dictadura de la falsa felicidad y a aprender a convivir desde la experiencia, el análisis, el conocimiento razonable y la deliberación ética responsable del mundo real común, más allá de los mundos construidos por el imperio de la postverdad.