Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Reflexiones sobre la reestructuración geopolítica

La competencia geopolítica no promueve naturalmente la cooperación internacional

José Pascual Urbano Carreto

Licenciado en Economía (BUAP) con estudios de Maestría y Doctorado en Economía (UNAM). Diplomado en Comercio Exterior (UDLAP). Docente en la BUAP. Secretario de Relaciones Exteriores del STAUAP y secretario General del SUNTUAP. Coordinador Administrativo del HU (BUAP). Miembro del Consejo General del Instituto Electoral del Estado de Puebla.

Domingo, Noviembre 30, 2025

En la situación de carácter geopolítico algunas de las variables están por definirse. El presidente de Estados Unidos pensó que podía reestructurar las relaciones con el resto del mundo, con el afán legítimo de rescatar la grandeza de su país, y en un contexto que corresponde con una realidad muy próxima a la que se presentó después de la Segunda Guerra Mundial, su poderío económico y militar en ese momento era indiscutiblemente superior al resto de los países aliados.

Sin embargo, la situación actual es distinta. Ahora hay nuevos y poderosos protagonistas que llevan a pensar que una estrategia como la que ya está aplicando Donald Trump es equivocada e insuficiente para poder lograr el objetivo que se ha trazado. En la nueva realidad existe una alianza comercial trilateral por medio del T-MEC, lo cual es fundamental por los logros para sus integrantes que ello ha representado.

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Uno se pregunta: ¿Por qué ir solo si tiene una alianza que es muy exitosa? Del mismo modo no se puede menospreciar lo que política y económicamente significan las alianzas europeas, la Unión Europea, las alianzas en el sudeste asiático y todos los países que se han organizado y relacionado con los países americanos como los BRICS. En síntesis, la realidad es muy compleja y requiere de un tratamiento inteligente, prudente y respetuoso.

Es de resaltar que el presidente de EE. UU., aunque tarde, ya se percató que la actitud hostil y excluyente no tiene mucho futuro. A pesar de ello persiste en generar incertidumbre, pese a que ya reconsideró su conducta hacia sus aliados integrantes del T-MEC, pues replanteó el asunto de los aranceles.

Solo falta que Estados Unidos cambie de actitud frente al tema de migración y al combate al tráfico de armas, drogas y los materiales energéticos, aunque también allí se percibe una nueva actitud, más sincera y efectiva. Las respuestas que perfilan las distintas grandes potencias se orientan a consolidar lo que en lo político, económico y militar conviene a los bloques de países actuantes pero cada vez queda más claro que el rumbo de cualquier estrategia pasa por consolidar a los aliados más cercanos y leales al futuro de su consolidación.

Se están dando acciones de reacomodo en la constitución de los bloques y en sus relaciones México y Canadá han comenzado a perfilar relaciones que flexibilicen la actual e intensa relación comercial con Estados Unidos, pues han iniciado pláticas con la Unión Europea y con los países asiáticos, así como con bloques constituidos como los BRICS que incorporan países asiáticos y americanos.

Debo insistir que el presidente Donal Trump tiene razón al haber prometido a los estadounidenses recuperar la grandeza y fortaleza de su país, solo que se equivoca en lo que eso significa en contexto del tercer milenio.

El mundo ahora es más complejo y requiere de una estrategia adecuada para poder abordar los distintos asuntos propios de la nueva realidad en lo económico y lo político, y en retos para superar los urgentes problemas de salud de tipo climático y de los conflictos que generan a nivel individual, de manera colectiva, y en las relaciones que se generan en las vinculaciones políticas entre naciones y entre los bloques de naciones.

Es decir, se tiene que generar un nuevo orden internacional que permita abordar las situaciones climáticas, los fenómenos como la migración, la violencia generada por diferencias entre naciones, las situaciones que genera en la salud de los habitantes de las naciones, especialmente en los jóvenes, y un conjunto de tareas a resolver para la organización de los estados y de las organizaciones privadas.

¿Pueden las naciones adversarias trabajar juntas por el bien común? Es natural ser pesimistas ante las perspectivas de cooperación internacional dado el estado del orden mundial. La competencia geopolítica está poniendo a prueba el sistema multilateral, que ha ayudado a mantener la estabilidad global desde la Guerra Fría.

Las naciones más poderosas no parecen ponerse de acuerdo sobre cómo resolver los problemas globales urgentes, desde la crisis climática hasta la gobernanza de la competencia económica y el comercio internacional, pasando por la regulación de la inteligencia artificial.

La competencia geopolítica no promueve naturalmente la cooperación internacional. El historiador económico Charles Kindleberger demostró cómo la falta de liderazgo global y de cooperación internacional prolongó la Gran Depresión. Sin embargo, en otras ocasiones, la competencia geopolítica ha impulsado, paradójicamente, la cooperación internacional.

Durante la Guerra Fría, por ejemplo, los presidentes Dwight Eisenhower y John Kennedy impulsaron el liderazgo de Estados Unidos en mercados abiertos, libre comercio y otros bienes públicos globales para contrarrestar la influencia de los sistemas alternativos

El multilateralismo se está fragmentando hoy en día, no solo por la competencia geopolítica, sino porque es un bien público global costoso. Beneficia a toda la humanidad, pero distribuye los costos de manera desigual entre las naciones.

Incluso en el mundo polarizado de hoy, los rivales geopolíticos aún pueden ponerse de acuerdo en objetivos comunes: el planeta debe ser hospitalario para los seres humanos, la próxima pandemia debe controlarse y confinarse mediante salvaguardias de salud pública sensatas, la política económica global debe generar prosperidad para todos.

Las naciones podrían discrepar sobre cómo lograr estos objetivos, argumentando que un enfoque u otro beneficia injustamente a un rival, o podrían acusar a otros de aprovecharse al no contribuir a la solución de un problema común.

El carbono, por ejemplo, se ha estado acumulando en la atmósfera durante siglos. ¿Cómo deberíamos dividir la carga de abordar el cambio climático entre los emisores pasados ​​y presentes? ¿O cómo deberíamos compartir la responsabilidad de proporcionar estabilidad financiera y restaurar el crecimiento global? Una economía avanzada podría gastar considerables recursos para garantizar el crecimiento y la estabilidad, mientras que otros no se comportan con prudencia.

Si las grandes potencias se niegan a apoyar el sistema internacional, ¿podrán otras ocupar su lugar? Los bienes públicos globales son costosos de proveer. Las economías pequeñas y pobres no tienen los recursos para patrullar los mares y garantizar la seguridad de las rutas marítimas para el comercio internacional, ni para inyectar billones en la economía mundial cuando los mercados fallan.

Pero las potencias medias —aquellas con suficiente capacidad económica y financiera— podrían ser candidatas a asumir el papel de las grandes potencias. Y las potencias medias que no están en la primera línea de las grandes rivalidades y que están comprometidas con un orden basado en normas, de hecho, desempeñan un papel cada vez más trascendental.

Sin el liderazgo continuo de Estados Unidos, ya han surgido acuerdos de libre comercio basados ​​en reglas. Consideremos el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), el pacto de libre comercio de doce miembros que se implementó después de que Estados Unidos no ratificara su precursor, el Acuerdo Transpacífico (TPP). Este nuevo acuerdo incluye al Reino Unido, que no es una nación del Pacífico: las economías abiertas aprecian los acuerdos basados ​​en un sistema predecible y basado en reglas.

Las potencias medias pueden permitirse proporcionar bienes públicos globales con mayor facilidad que los estados pequeños. Pero son tan propensas como las grandes potencias a dejarse influir por incentivos decrecientes y son tan poco propensas a defender el multilateralismo si no ven un beneficio neto. El apoyo al multilateralismo debe alinearse con su propio interés. Sus acciones deben, en otras palabras, ser compatibles con los incentivos.

Si el sistema internacional ha de perdurar, debe tener algo más que el liderazgo de las grandes o medianas potencias. La compatibilidad de incentivos debe reemplazar la idea de que el tamaño importa y contribuirá más a la resiliencia del sistema internacional que los acuerdos de colaboración contractuales explícitos. Todas las naciones deben contribuir de una manera que genere beneficios visibles para todos, bajo estas consideraciones se puede proponer:

En primer lugar, los responsables políticos deben buscar oportunidades de cooperación inadvertida. La cooperación surge de forma natural cuando los países se ponen de acuerdo en una solución común a un problema y pueden establecer artículos explícitos de colaboración. Sin embargo, la cooperación inadvertida significa que los países cooperan incluso cuando no están de acuerdo: se trata de hacer lo correcto, aunque sea por la razón equivocada.

La cooperación inadvertida es más evidente cuando hay beneficios indirectos positivos. Durante la pandemia de COVID-19, las naciones compitieron por encontrar una vacuna. El desarrollo más rápido de la vacuna fue posible gracias a una combinación de la tecnología y la competencia entre empresas de diferentes países. El proceso significó aprovechar lo que otros habían descubierto, pero la competencia produjo vacunas que beneficiaron a todos.

Consideremos la transición energética. Si un país considera que un competidor está subsidiando injustamente la producción de vehículos eléctricos, podría subsidiar su propia producción en lugar de imponer aranceles a su adversario. Dichos subsidios son una fuerte respuesta a su adversario, pero también aumentan la oferta de vehículos de energía limpia asequibles, lo que reduce las emisiones de carbono. Es un buen resultado para todos, aunque todos actúen por las razones equivocadas.

Así planteado el panorama tiene que corresponder con un proyecto alternativo de organización, se tendrá que considerar la posibilidad de reestructurar el modelo de las alianzas, es un hecho indiscutible que las actividades productivas, la dinámica del funcionamiento financiero y de las inversiones ahora es más compleja y que los intercambios comerciales son más grandes y con una dinámica más veloz y compleja, del mismo modo las actividades sociales y culturales en el ámbito nacional y mundial son más intensas y complejas.

Lo mismo se puede encontrar en los problemas que se han generado en lo climático en las relaciones internacionales y en la expansión de las actividades de las bandas delincuenciales. Para enfrenar lo mencionado se requiere de un nuevo modelo de organización mundial y por ello de una reingeniería de las estructuras de los estados nación y de las tendencias integracionistas, llegar a concluir que las tendencias aislacionistas no son opción, seguir ese camino solo abonaría a fortalecer el poder de los grupos oligárquicos que sí tienen una conformación globalizada, ellos se encuentran desarrollados en el terreno de la producción de las finanzas de la comunicación y por si eso fuera poco en el terreno de los grupos internacionales de la delincuencia organizada.

Visto así el panorama, es necesario dejar claro que la vía es marchar por el rumbo de la globalización pero se debe plantear que esa globalización se reestructure para permitir que esta se de en un terreno más equitativo y justo pensar que lo adecuado sería que los países más desarrollados pudieran admitir la posibilidad de diseñar un modelo que se acerque  a constituir mercados comunes como forma de alianza en un primer nivel de integración lo que implicaría, además de reconocer la soberanía nacional de cada nación.

El compromiso de procurar medidas solidarias para que los países menos desarrollados accedan a los recursos económicos, tecnológicos; después se puede pensar en uniones como podría ser la Unión Americana.

En el rumbo expuesto se podría pensar en instancias para discutir los problemas que se comparten entre los miembros de las alianzas. En ese espacio se podría pensar en un plan de desarrollo para la alianza que posibilitaría un mejor rumbo para discutir, diseñar y aplicar soluciones a los retos que tienen que enfrentar los Estados Unidos, México y Canadá.

Ello permitiría diseñar soluciones a las relaciones comerciales con otros países de manera individual o en bloques. Se podría discutir un camino de solución a las migraciones y de manera particular se podría diseñar un conjunto de políticas para enfrentar a las organizaciones delincuenciales nacionales e internacionales y, de paso, considerar si para resolver los problemas de salud pública generadas por las adicciones, el camino es la prohibición o si podría ser aconsejable orientarse por la regulación, es posible que en esa vía pudiéramos arribar a una situación de convertir el problema del tráfico en un negocio que sería más proclive a campañas mercadotécnicas para ganar mercado y menos partícipe de la violencia, de ese modo  se extirparía el asunto de la violencia como forma de ganar plazas o mercados.    

 

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